EL RECLAMO DE LOS GATOS

(CUENTO)

José Guadalupe Gutiérrez Rodríguez. G. 60 

HABLA UNO DE LOS GATOS DE MI CASA, EN EL BARRIO DEL TAJO DE SALAICES:

Todas las mañanas vemos a nuestro amo, don Esteban, entrar al corral de las vacas para ordeñarlas; primero saca al becerro del corralito para arrimarlo a su mamá a fin de que le mame y le baje la leche; después, con un trapo húmedo, el incansable campesino limpia las ubres del rumiante y procede a ordeñarla.

Los primeros chorros de leche los echa en un vaso que lleva a Maclovita, nuestra ama, para que lo tome. La leche va calientita y es bastante espumosa. Cuando regresa, prosigue la ordeña y llena otro vaso que se toma él. Mientras, en un rincón del corral, mi hermano y yo, aún adormilados, entumidos y temblorosos por el frío matinal, observamos al amo que continua con su labor, apretando sus manos en las tetas de la vaca y haciendo salir gruesos chorros blancos que al caer en el balde hacen un ruido muy peculiar.

Nosotros, mininos enteleridos, flacuchos y famélicos, queremos que aviente aunque sea un chisguete de leche hacia donde estamos, pues toda la noche hemos tenido frío y hambre. Para sentir un poco de calor nos metemos debajo de los cañajotes que las vacas han dejado después de comerse las banderillas. Son los restos del forraje que desde la noche anterior mi amo ha dejado a las vacas y a sus dos equinos: el macho llamado “El Pollo” y el caballo “El Cuadro”. Hace frío y las tripas nos gruñen, pero en ese momento afortunadamente el astro rey aparece en el horizonte y el clima comienza a cambiar favorablemente.9 Bonitos dibujos a lápiz gatos | Dibujos a lapiz

Después de observar al laborioso hombre, nos metemos a la casa para ver si Macolovita nos da algo de comer, pues ya la lombriz grande se está comiendo a la chica. Nos subimos a la ventanita de la cocina y comenzamos a maullar lastimeramente para conmover a nuestra dueña, que en ese momento retira de la estufa la leche hervida. Entonces vemos que  toma el plato descarapelado de peltre azul destinado a nosotros y vacía en él una buena cantidad del líquido lácteo extraído a la consorte del toro, mezclada con pedazos de tortilla. Bajamos de un salto y con avidez comenzamos a beber la leche y a tragar la tortilla, volteando de vez en cuando a ver, agradecidos, a nuestra querida ama.

Es poco usual que los felinos seamos agradecidos, a diferencia del otro cuadrúpedo que habita en las afueras de la casa, perteneciente a los cánidos y que le dicen Solovino; él menea la cola cada vez que quiere algo y la vuelve a menear cuando le dan de comer. Nosotros somos más rebeldes y pensamos que es obligación de nuestros amos alimentarnos, en agradecimiento a que de vez en cuando reducimos la población de roedores que viven en la troje.

Después de comer nos sentimos muy bien, como si nos volviera el alma al cuerpo. Ya satisfecha esta primera necesidad fisiológica, nos vamos a acostar debajo de la estufa de leña. Hay que dormir pues la desvelada ha estado dura debido al frío tremendo de la madrugada que nos ha calado hasta los huesos; la verdad es que somos casi puros huesos y pellejo.

El calorcito sabroso y agradable que sentimos ahora que estamos bajo la estufa nos sabe bien y vamos cerrando poco a poco los ojitos; sentimos la modorra y el sueño pesado y pensamos en los felices que somos aquí. Comenzamos a ronronear, pero el gusto nos dura muy poco pues nuestro pequeño amo, Héctor Luis, nos descubre y le informa a su mamá de nuestra presencia. La amita toma la escoba y nos despierta a escobazos y gritos. Ignoramos el motivo por el que la amita Covis nos quiere echar de la casa pues últimamente nos hemos portado muy bien. En ese momento del despertar repentino, si hubiéramos sido cardiacos ahí hubieran acabado, una por una, las siete vidas que tenemos.

Como la ventanita de la cocina ya está cerrada, nos vamos a esconder debajo de las camas y hasta allá nos sigue El Prieto, que así le dicen a nuestro amito, el más pequeño de la casa. Sin misericordia alguna el joven amo nos persigue; nos cambiamos de escondite y él nos sigue y mete la escoba por abajo, blandiéndola para todos lados como buscando que haga contacto con nuestros esqueléticos cuerpos.

Cuando se da cuenta de que el objeto que usa nos ha tocado, lo zarandea con mayor fuerza y nos obligaba a cambiarnos a otra recámara y hasta allá va con la escoba en ristre, como lo hacía don Quijote de la Mancha, montando su caballo Rocinante, cuando se enfrentó a los molinos de viento creyendo que eran gigantes o cuando vio venir a un chinchorro de ovejas con el ovejero y creyó que era un ejército enemigo con su general al frente, empezando a atacar a las pobres ovejas, hasta que el ovejero le lanzó una piedra con su honda de ramales que lo tumbó del caballo, desmayándolo.

Nosotros ya no hallamos qué hacer con tanto escobazo recibido en nuestros lomos, extremidades y cabezas y en un descuido nos salimos de la casa por la puerta principal, como almas que lleva el diablo. Hasta allá nos sigue El Prieto y para acabarla de amolar nos cusilea al Solovino que, amodorrado, se levanta de su costal y nos persigue enfurecido hasta el corral, hasta que nos metemos a él por el agujero que don Teban ha hecho en su base para sacar el agua que se acumula durante los aguaceros.

Por ahí entramos y esa es nuestra salvación. Nuestros pequeños corazones laten a mil por minuto; disminuimos el paso, volteamos a ver hacia atrás y maullamos con rencor; con paso cadencioso nos dirigimos hacia nuestro rincón ya calientito pues el sol está bastante alto; nos acostamos y nos quedamos dormidos, ronroneando.

Comienza un día más, tan azaroso como todos los vividos. Cuando abrimos los ojos, al amanecer, nuestro destino para este día es totalmente incierto. Hay comportamientos nuestros que agradan a los amos y otros que no. Uno de estos últimos –lo acabábamos de vivir- es acostarnos a dormir dentro de la casa. En nuestro rincón del corral, que nadie nos disputa, nos quedamos dormidos como angelitos.

Como gatos que somos, no tenemos ninguna obligación de trabajar ni de mantener a las madres de nuestros hijos, ni a estos últimos. Tampoco tenemos obligación de hacerles caricias a los amos o moverles la cola; somos bastante orgullosos. No somos como los perros, como ese Solovino que nos acaba de perseguir, tratando de ser agradable con los amos. Tanto el Solovino, como el Rin Tin Tin que persiguió una vez a mi amo Lupe, o como la perra doberman a la que llaman La India, propiedad de los Moreno Sáenz, tienen que hacerles fiestas a sus amos y amas; brincan y les mueven la cola en señal de agradecimiento.

Mi Perro Esta Flaco Y Come Mucho - Noticias del Perro

Ya que estamos hablando de La India, vimos cuando cierto día perseguía a Lupe y a otro muchacho que iban a traer leña. Recuerdo que las muchachas Moreno, Tere y Chacha, le gritaban: “India, India, ven acá…” pero la India no hacía caso.

Nosotros –a diferencia de los perros- somos soberbios, arrogantes, altivos y dicen que malagradecidos. Ellos, los humanos, son los que nos acarician sin que se los pidamos; nuestra única obligación en las casas es exterminar ratones y como esta tarea es nocturna, porque los roedores no salen de día, por favor déjenos dormir y no nos hagan ruido porque estamos muy desvelados, ¿entengan…?

Los gatos domésticos somos el resultado de las cruzas de muchas variedades o razas a través de los años. Aquí en el Tajo coexistimos gatos y gatas suficientes para garantizar la perpetuidad de nuestra especie; en todas las casas hay dos o más individuos, más uno que otro que se viene desde la Normal o desde la Hacienda a enamorar a nuestras bellas gatitas. Por cierto que cuando vemos a alguno de ellos lo echamos en corrida entre todos; las gatitas tajeñas son de nosotros nada más.

De todos los animales domésticos somos nosotros a los que más nos asocian con supersticiones y leyendas. En el antiguo Egipto consideraban a nuestros ancestros como animales sagrados y eran enterrados junto a los faraones.

Como ya decía, para lo único que servimos es para cazar ratones en las casas; lo hacemos en las noches ya que el iris de nuestros ojos se abre por completo, permitiendo ver en la oscuridad: Los roedores son nuestro platillo favorito, pero a veces nos da flojera corretearlos; eso sucede cuando nuestros amos nos tienen bien alimentados.

Vemos que las gallinas son muy apreciadas y cuidadas por las amas porque ponen huevos y las vacas también lo son porque dan leche; a ellas no les dan chicotazos, Ni tampoco a un animal gordo y ocioso que tienen encerrado en un trochil; a él le dan comida todos los días y a todas horas; le llevan el friego que debería ser para nosotros y eso nos da un poco de coraje; pero ese animal paga caro que lo tengan chiple, pues cuando se llega la navidad, viene don Florentino de la Hacienda con un cuchillo y le da muerte, para después freírlo en un cazo.

Dentro de la comunidad donde vivimos, mi hermanito y yo andamos siempre muy alertas pues está dura la lucha por la sobrevivencia.

Hay cosas que no entiendo. Si les estamos ayudando a exterminar la plaga de ratones, si les servimos a Lupe y a Héctor de diversión cuando nos avientan para arriba como si fuéramos pelotas, tan sólo para vernos en el aire voltearnos y caer sobre las cuatro patas y luego nos vuelven a aventar una y otra vez sólo para reírse de nosotros, sin pensar en que ya nos duelen las patitas de tanto que nos avientan, ¿por qué nos sacan a escobazos de la casa? ¡Qué volubles son los humanos…!

En otras ocasiones los niños de esta casa juegan competencias para ver cuál de los dos nos avienta más alto y ver quien gana; hay veces que en el aire vemos que estamos al mismo nivel que el tinaco de la Normal y vemos las copas de los álamos del Tajo más abajo que nosotros. Vamos subiendo y la velocidad disminuye hasta llegar a un punto cero y cambiamos de sentido, aumentando la velocidad cada segundo, atraídos por la fuerza de gravedad. Nos avientan como si fuéramos tablas o como si estuviéramos hechos de hule y todavía se burlan de nosotros cuando caemos y nos quedamos un momento quietos, reponiéndonos del impacto, hasta que en un descuido de ellos corremos a escondernos al corral, metiéndonos por el agujero del desagüe. ¿Pues que no les da lástima? A ver, que los avienten a ustedes…

 De plano, nosotros nos los entendemos; son raros los humanos. Es cierto que algunas veces nos dan leche calientita, la cual nos gusta mucho, pero la mayoría de las veces nos dan puras sobras revueltas, hechas un merequetengue por la revoltura que de plano no sabemos ni que nos dieron, pues ni sabor le hallamos. Otras veces nos quedamos con hambre y tenemos que buscar nuestra comida. Por eso nos vamos a los palomares de la amable y bonita Conchita Lugo a robarle los pichoncitos; otras veces nos vamos hasta el otro lado de la carretera para cazar alguna ardilla, lagartija o conejo, lo que sea; con el hambre que tenemos nos sabe a gloria.

Hemos visto cuando Covis va hasta donde está el marrano obeso a llevarle más comida y que los pajaritos bajan de los álamos para comerse lo que deja el puerco o lo que cae fuera del comedero y nosotros aprovechamos para cazar a una que otra ave.

Por eso no entendemos a esos niños Lupe y Héctor que nos echaron cierto día en un costal para que su papá don Esteban, fuera y nos tirara al monte más allá del panteón, a merced de la fauna silvestre salaicina. ¿Qué piensan que no tenemos sentimientos…?

Ese día que nos atraparon para llevar a cabo sus aviesos fines lo tenemos muy bien grabado en nuestros pensamientos. Ese día llegamos, como siempre, hasta la ventanita de la cocina; eran como las cuatro de la tarde. Observamos que Covis ya había lavado los trastos de la comida de medio día y los había colocado en el escurridor. Vimos también que no había nadie ahí y que en la mesa estaban varias sartenes, tapadas con servilletas de tela blancas; de ellas salían olores agradables que invitaban a probar su contenido. De sendos saltos nos subimos a la mesa y comenzamos a engullir lo preparado por Covis para don Tebano, que pronto vendría muy hambreado de trabajar en la parcela.

El bruto de mi hermano, que está más tonto que yo, pisó el mango de una sartén e hizo que cayera al piso en medio de gran estruendo. Maclovita descansaba un poco en su cama, pero se levantó de inmediato y entró a la cocina viendo desparramada por el suelo parte de la comida. La vimos salir iracunda buscando la escoba, con la cual nos persiguió por toda la casa. Buscando la salvación, salimos por la puerta principal y corrimos hasta nuestra puerta de escape, el desagüe del corral de las vacas.

Al rato llegó don Teban en su carruchita; despegó al Pollo; bajó el arado y lo metió al cuarto de las herramientas; llevó enseguida a las bestias a beber agua a las compuertas de doña Atilana Barajas, después las encerró y les echó dos manojos de pastura que bajó de la tazolera. Nosotros estábamos muy azorados en nuestro rincón; azorados y preocupados por lo que nos acababa de suceder cuando asaltamos la cocina de Covis; en el fondo pensábamos que nuestra amita había magnificado los hechos, pues nosotros sólo buscábamos saciar el hambre. Vimos cuando don Teban subió la escalera, llevando una horquilla en una mano; iba a bajar la pastura para que sus bestias cenaran y luego descansaran para estar listas al día siguiente en que seguiría barbechando la buena tierra que daba alimento a él y a su familia.

Sabíamos de su valía como agricultor y de sus magníficas cosechas que levantaba, pese a contar con incipientes herramientas. Sabíamos que los mismos peritos agrícolas de la Normal, con toda su preparación y sus recursos técnicos y financieros, no levantaban las cosechas de don Teban; era uno de los hombres más trabajadores de la región, sin duda alguna.

Lo vimos entrar a la cocina y lavarse las manos en el aguamanil. Nosotros apenas asomábamos las orejas y los ojos por la ventanita y no nos atrevíamos a pararnos de cuerpo entero. Lo vimos sentarse a la mesa en espera de que Covita le sirviera su plato de chile con queso, bien picoso como a él le gustaba. Además, su sopa de arroz con frijolitos graneados a un lado y una taza de café con leche, bien caliente. Nosotros en ese momento andábamos enchilados. Enchilados y agitados por la corretiza. Temerosos, pensábamos en lo que nos esperaba en caso de que Covita enterara a Teban de lo sucedido.

¿Cómo le hizo Covita para traerle al jefe de la familia su platillo especial, consistente en chile bien picoso con queso? Sabrá Dios cómo le hizo. Yo recordaba que hacía unos cuantos días el cojo Gamboa había tocado a la puerta de la casa. Que el hombre de la pata de palo había llegado sonriente, enseñando los únicos dos dientes que le quedaban buenos y preguntando sobre el comportamiento de los dos niños de la casa. Covita le había contestado que se habían portado muy bien, a lo que el cojo itinerante contestó que qué bueno, porque de lo contrario el se los llevaría a su casa para comérselos asados.

Vi cuando Covis le compró a Gamboa medio costal de chile verde para tostarlo y pasarlo. Cuando realizó esa tarea mi hermanito, el otro gato churido, y yo estábamos pendientes de sus movimientos. Puso una lumbre grande en el patio y cuando toda la leña ardió, extendió las brasas, formando un gran círculo. Encima desparramó los chiles y mis pequeños amos, cada quien con una vara larga, los iban volteando. Chile que iba tostándose era sacado por los amos. Enseguida los ponían en un costal para que sudaran y después, entre Covis y los niños los comenzaron a pelar. Luego amarraron por parejas los chiles y los colgaron de un alambre para que el sol los secara. Así terminaron la parte que les correspondía; el astro rey se encargaría de deshidratarlos para obtener el chile pasado.

Los niños, nuestros crueles amos que nos aventaban hasta diez o quince metros de altura, eran tan trabajadores como sus padres. Ya seco el chile, lo bajaron y lo apilaron hasta formar una bola a la que llamaron ensarta.

El día de la trifulca, Covita salió del paso. Sacó de la ensarta varios chiles, les quito el mecatito y los puso en la sartén; los coció con agua, les puso queso y listo, el platillo preferido de don Teban ya estaba.

Cuando Teban terminó de comer, Covis comenzó a platicarle sobre nuestra travesura y nosotros nos pusimos a temblar y nos bajamos de la ventana. Oímos cuando don Tebano sorbió su café negro y con firmeza pronunció una terrible  sentencia contra nosotros. Lo hizo como el gran César, emperador de Roma, cuando condenó a sus prisioneros a luchar entre sí en el Coliseo y donde el vencedor no tenía derecho a matar al perdedor, pues el único que podía hacer eso era el gran César, quien con su mano derecha levantada y su dedo pulgar hacia arriba, indicaba que se le perdonara la vida o bien, con el pulgar hacia abajo ordenaba que lo mataran. Los gladiadores acataban la decisión porque previamente a la pelea habían jurado: “Oh, Gran César, los que van a morir os saludan”.

Así don Tebano dio su sentencia casi de muerte para nosotros, sentencia que taladró nuestros oídos:

“¡Les dices a los muchachos que el viernes agarren a los dos gatos porque voy a traer leña al monte y me los voy a llevar para dejarlos allá, pues son muy prejuiciosos…!

La sentencia estaba dictada por el gran jefe, trabajador incansable que consideraba que con mascotas como nosotros su trabajo no rendía.

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Se llegó el viernes y ya se nos había olvidado lo dicho por Teban. Pero a los amitos no. Entonces nos persiguieron por todo el corral, tapando antes con una piedra nuestra puerta de emergencia. Al principio pensamos que Lupe y Héctor sólo querían jugar con nosotros; agarrarnos y hacernos alguna travesura de las que acostumbraban. Pero no, Héctor traía un costal en sus manos y obviamente sus intenciones eran otras. Nos agarraron y nos metieron al costal de yute y amarraron la boca del mismo con un ixtle. Pensamos  entonces que se trataba de un nuevo juego, producto de la mente creativa de los pequeños amos. Creíamos que nos iban a dar volantín para después soltarnos para ver qué tan mareados estábamos, pero ¡Oh decepción! El amarre tan fuerte que hizo Héctor a la boca del costal nos decía otra cosa. Lo confirmamos cuando informó a su progenitor que ya estábamos listos; nosotros no teníamos nada que ver con Teban en cuanto a juegos y eso comenzó a preocuparnos.

Don Tebano dijo a Héctor que nos echaran a la carrucha y así se hizo. Entonces comenzamos a desesperarnos y a dar vueltas, pero lo único que logramos fue girar el saco e ir a chocar con la redila contraria de la carreta. Entonces me acordé de un cuento que el profesor Salatiel les contaba a mis amitos y a otros niños de la escuela cuando un viejo llevó a Hansel y Gretel para dejarlos en el monte, y sospeché que algo así habían tramado hacer con nosotros.

Mi hermanito, siempre retraído, no alcanzaba a comprender la magnitud del peligro, pero yo sí. Casi a oscuras y con escaso oxígeno, no sabía a dónde nos llevaban. Pasamos la carretera dando tumbos y don Tebano encendió el primer cigarro y desde la primera fumada el humo penetró el costal y comenzamos a toser; luego a maullar cada vez más fuerte, pero el amo nos ignoraba.

Pensaba en el peligro inminente: si no moríamos asfixiados en nuestra reducida atmósfera, quién sabe qué nos iría a pasar. Nos fuimos quedando quietos; de nada valía que brincáramos y arañáramos el costal, era gastar energías y oxígeno inútilmente. Entonces nos fuimos quedando dormidos poco a poco, entre tumbos que daba el carro. Pero de nuevo el humo nos despertaba cada vez que Teban prendía otro cigarro. Era poco el oxígeno, y contaminado la situación era peor.

Después de muchas subidas, bajadas y brincos, por fin el carro se detuvo. Sentimos cuando Teban nos bajó y colocó el costal en el piso. Enseguida, para nuestra fortuna, abrió la boca del saco y tomamos una gran bocanada de aire fresco y puro. Luego se retiró y nosotros sigilosamente salimos y vimos un paisaje totalmente desconocido: mezquites, gobernadoras y otras plantas xerófilas. Por el momento pensé que don Tebano había querido obsequiarnos un paseo, pero no era así: la carreta ya estaba a cien metros de retirado. Como nos rehusábamos a retirarnos de la carrucha, Teban agarró algunas piedras del suelo y nos las arrojó, pero afortunadamente ninguna nos pegó. Corrimos asustados a meternos debajo de un mezquite en cuyo alrededor había muchas hierbas.

El amo agarró el machete y el hacha. Destapó la carabañola y dio unos buenos tragos de agua, colocándola después bajo la carreta para que no le diera el sol. Desde las hierbas observamos cuando cortaba los mezquites con el hacha y después las ramas con el machete; posteriormente aventó los troncos hasta cerca de la carrucha.

Agazapados veíamos que se secaba el sudor con el pañuelo y luego daba tragos de la cantimplora. Después ya no lo veíamos pero escuchábamos los hachazos y los machetazos y luego el acarreo de la leña para enseguida dar grandes tragos de agua. Descansó un rato y encendió otro cigarro y, con él en los labios, siguió su labor. Todos esos sonidos nos fueron tranquilizando y de nuevo pensamos que el amo había querido darnos un paseo. Cuando Teban consideró que la leña era suficiente, empezó a acomodarla en la carrucha hasta copetearla; luego la amarró con una soga que pasó por abajo del carruaje y luego por encima, para echar fuertes nudos que la afianzaran. Finalmente, entre la leña metió sus herramientas y su carabañola casi vacía.

Subió, se sentó arriba de la leña, sobre el mismo costal que había sido nuestra prisión por varias horas y tomó las riendas del macho. Antes había tomado del monte una vara larga. Luego dijo con voz potente: “¡Arre, macho…!”

¿Y nosotros…?, bien, gracias. Lo vimos alejarse poco a poco pero no nos atrevimos a seguirlo. Poco a poco se fue alejando hasta que se convirtió en un puntito; luego se perdió en el horizonte…

Dejamos de verlo y nos preguntamos: ¿Por qué nos dejó…? ¿Qué hicimos de malo para merecer este castigo…? ¿Ahora quién nos va a dar de comer y de beber leche…? ¿Quién acabará con los ratones de la troje de Teban…? ¿Con qué jugarán Lupe y Héctor para aventar hacia arriba…?

Una lágrima rodó por mis bigotes y mi hermanito me secundó. Eran lágrimas de tristeza y desolación al sentirnos solos, abandonados, con sed, con hambre, con mucho sueño… De las siete vidas que tenemos, ese día perdimos una, pues nos sentimos como náufragos en alta mar, sedientos y, paradójicamente, rodeados de agua. Nosotros, que no tenemos desarrollado el sentido del olfato como los perros, no podíamos ir olfateando el rastro dejado por El Pollo y por don Tebano. Recordé de nuevo a Hansel y Gretell, quienes habían dejado como seña de su paso las migajas de pan, que finalmente de nada habían servido pues los pajaritos se las comieron. Nosotros nos sentíamos como esos dos niños del cuento.

La puesta de Sol desde Mutare, Zimbabue - El Universo Hoy

El sol se fue ocultando lentamente tras las montañas y las sombras de la noche arroparon con su negro manto el lugar en que nos encontrábamos… después reinó el silencio casi total, únicamente interrumpido por el canto de los grillos y el aullar de los coyotes. Las ventajas que teníamos eran, por un lado, que éramos dos y, por otro, que nuestra vista en la noche es como si fuera de día, pues el iris del ojo se abre completamente, permitiéndonos una visión mejor que cualquier otro animal, excepto el tigre, el gato montés y la pantera, así como los murciélagos que se guían por un sistema de radar.

El hambre y la sed nos impulsaron a seguir las huellas de la carruchita y caminamos y caminamos y a lo lejos vimos unos ojitos brillar y nos fuimos acercando, pero rápidamente nos alejamos: ¡era una mofeta! En cuanto estuvimos cerca de él nos dio una rociada con su spray hediondo y salimos corriendo lo más lejos que pudimos. Comenzamos a tener alucinaciones: claramente veíamos a Covita acercarse a nosotros con el plato azul de peltre lleno de leche y tortillas. Nos sentíamos como los que caminan en el desierto en busca de un oasis que los salve, pero que por más que caminan, nunca lo encuentran, pues lo que ven son espejismos.

Tambaleantes, trasijados y sedientos, avanzamos sin rumbo en medio de la noche. De repente el desierto comenzó a cobrar vida y salieron de sus madrigueras cientos de animales a luchar por la supervivencia. Una víbora de cascabel pasó cerca; lo supimos por el sonido de su sonaja natural. Atrás de ella venía un correcaminos a cazarla y nosotros nos alejamos. Luego salió de entre las plantas un gato montés que nos dio una correteada terrible que casi acabó con nuestras escasas energías. Vimos lechuzas y corrimos. Era terrible la vida en el monte, muy diferente a la tranquila que llevábamos en casa de los Gutiérrez. Habíamos abusado de la bondad de esa familia, lo sabíamos bien. Si hubiéramos sido conformes como el Solovino, no estaríamos en esta difícil situación.

Nos detuvimos y ahora sentíamos todo: hambre, sed, frío, miedo… Entonces le imploramos a nuestro Dios Micifuz que nos socorriera; que ayudara a estos dos fieles suyos, hoy desamparados, cansados, hambrientos y sedientos y pronto la deidad nos escuchó porque más adelante encontramos a una cotucha muerta y nos la cenamos… no dejamos ni los huesos, ni las plumas. Pero como estaba tan pequeña, lo único que logramos al ingerirla fue incrementar el hambre.

El frío de la madrugada fue intenso y nos hizo que nos repecháramos bajo un mezquite con muchas hierbas abajo. Esa maleza evitó que muriéramos esa noche por hipotermia. Nos acostamos juntos  y el cansancio nos ganó; nos fuimos quedando poco a poco dormidos.

Despertamos cuando el sol estaba alto y calientito; nos estiramos para desentumirnos y observamos los 360 grados a nuestro alrededor. No había nada que nos indicara dónde estábamos. De nuevo imploramos a Micifuz, pero esta vez nuestros ruegos fueron infructuosos; no nos escuchó posiblemente porque en ese momento atendía otras peticiones de otros hermanos gatos que tal vez estuvieran en situación de mayor peligro que nosotros.

A duras penas, todos espinados, caminamos toda la mañana y a lo lejos vimos a un coyote que poco a poco se iba acercando a nosotros. Cuando lo tuvimos enfrente, sacando fuerzas de flaqueza –así literalmente- heroicamente lo enfrentamos: nos esponjamos para parecer más grandes, sacamos las garras que llevamos escondidas, levantamos las colas hasta ponerlas erguidas y duras, levantamos las orejas y enseñamos los colmillos, al tiempo que emitimos un maullido feroz. Ante todo este teatro que armamos, el coyote mejor se retiró y nosotros aprovechamos para alejarnos del comegallinas.

Casi a punto de ocultarse el sol llegamos a un huizache donde pasamos la noche; andábamos muy cansados y hambrientos. Antes, logramos cazar un par de ratones del desierto que mitigaron un poco el hambre; con todo y cola los engullimos.

Al quedarme dormido, en mi sueño apareció Micifuz; en la plaza de arriba de Salaices reunía a todos los gatos del pueblo, incluidos los cuatro que tenía Juanita Romo para ensayar sus brebajes. Desde el kiosco, Micifuz arengaba:

“Queridos hermanitos y hermanitas:

Gatos y gatas, gatitos y gatitas:

Primero vamos a rezar el Padre Nuestro gatuno: ‘Padre Nuestro que estás en los cielos, tu cuidas las vacas y yo los becerros’.

Ahora el Ave María: ‘Ave María, mata a tu tía, dale garrotazos hasta que se ría.’

Los he reunido aquí para que todos hagamos oración, pero con mucha fe, pidiéndole al cielo una y otra vez que haga llover, pero que lluevan ratones del cielo para que se nos quite esta hambre y de ser posible haga llover también no agua, sino leche de vaca, como la que nos sirve Maclovita cada día.”

En mi sueño vi cuando se acercó hasta mí una nube color gris ratón y comenzaron a llover ratones, muchos ratones, y los empezamos a tragar como si fueran cacahuates japoneses; al rato, todos los gatos estábamos panzones de tanto comer; comenzamos a eructar pues ya no nos cabían en los estómagos.

Dice el dicho que el que tiene hambre es el que le atiza a la olla y eso nos pasaba a nosotros pues después despertamos con más hambre. Los ratoncillos que habíamos cenado nos habían servido apenas como aperitivo. De nuevo nos quedamos dormidos. Al rato despertamos y nos dimos cuenta que la lluvia de ratones había sido sólo un sueño, un sueño muy bonito por cierto…

Volvimos a nuestra terrible realidad; nos dolían todos los huesos y mi hermanito se quejaba de una mordida recibida durante la noche por una zarigüeya; tenía una pequeña herida en el lomo y yo lo curé con mi saliva. Sentíamos frío, hambre, sed, miedo, como nunca. Añorábamos a nuestra bondadosa amita que día a día nos resolvía todas las necesidades. A nuestros pequeños amos les perdonábamos que nos trataran como si fuéramos pelotas y que nos aventaran para arriba, más alto que las copas de los álamos del Tajo o que nos sacaran a escobazos de la casa; todo eso era nada comparado con lo que habíamos pasado en medio del monte silvestre. Nosotros éramos animales domésticos, no silvestres, y jamás podríamos competir con los tejones, zorrillos, coyotes, víboras, correcaminos, pues todos ellos estaban acostumbrados a vivir de acuerdo a la ley del más fuerte.

Empezamos a caminar por el rumbo hacia donde se había ido la carreta de Teban; afortunadamente más adelante encontramos un mezquite lleno de chapulines que se comían sus frutos, vainas llenas de semillas; las langostas fueron nuestro almuerzo. Cuando los masticábamos, sus partes duras tronaban como si fueran huesitos de pollo que nos daba a veces Maclovita, pero nosotros, en estas condiciones, no íbamos a estar de remilgosos haciéndoles el feo. Habíamos mal comido los dos días anteriores y estos insectos proporcionaron a nuestros débiles cuerpos las proteínas, vitaminas, minerales y los carbohidratos necesarios para seguir adelante. Los saltamontes brincaban tratando de escaparse, pero nosotros los perseguíamos hasta que los atrapábamos, enseguida les dábamos una semimasticada y los tragábamos. Con el banquete chapulinero recuperamos las dos vidas perdidas, pero después de esta ingesta nuestra sed se incrementó.

Salaices Destination Guide (Chihuahua, Mexico) - Trip-Suggest

A lo lejos vimos muchas cruces y reconocimos ese lugar como el camposanto donde los muertos reposan ya. Bajamos los barrancos del río y subimos los de la otra banda. Río seco en donde no encontramos una sola gota del líquido vital para mitigar la intensa sed. Pasamos a un lado de la parcela del señor Florentino Ruiz Rodríguez, dividida por una acequia en donde por fortuna había poca agua, la cual bebimos a lengüetazos con avidez y sentimos volver a la vida. No andaba por ahí don Florentino, el señor que veíamos cada vez que Teban mataba un marrano. Nos daba gusto verlo llegar con su filero y sus cuchillos para dar mate al obeso morador del trochil. Entonces ya no nos separábamos del lugar de la matanza, esperando nos aventara un pedazo de carne.

Después de beber agua hasta llenarnos, vimos unas ardillas junto a los nogales; estaban pepenando nueces; las sostenían con las dos manitas y con sus dientes incisivos tan fuertes, las quebraban y comían el fruto. Ya no las podíamos perseguir pues nos sentíamos muy pesados y panzones.

Dejamos la acequia salvadora y atravesamos la parcela de don Vicente Rodríguez, padre de la prima de mis amitos, de nombre Chole. Chole es la esposa de Pepe Villanueva, gran boxeador que le ganó al fanfarrón pugilista venido de Delicias y gran cátcher del equipo de beis de la Normal, que no dejaba pasar ninguna bola, pues tenía la agudeza visual de un lince y una doblada que parecía un rifle[1]. Subimos la lomita, siguiendo las excavaciones del drenaje y después de caminar durante 20 minutos ya estábamos en la carretera frente a nuestra casa. Observamos la carrucha ya sin leña; habían pasado varios días desde que nuestro amo mayor nos abandonó en el monte salvaje.

Era tanta la alegría que sentíamos que atravesamos sin precaución la carretera y por poco nos machuca la troca de Moy Tabares. Habíamos escuchado pláticas sobre Moy; decían los adultos que cuando él manejaba y que la persona que lo acompañaba le preguntaba algo sobre la cosecha de calabazas, él soltaba el volante para indicar con los brazos el tamaño enorme de las calabazas, desatendiendo el volante y estando a punto de salirse de la carretera. Después sus acompañantes raiteros se abstenían de hacerle preguntas sobre el tamaño de alguna cosa, pues utilizaba mucho la mímica para reforzar sus palabras.

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Estábamos felices mi hermanito y yo, contemplando desde la primera base del campo de beis nuestra amada casa. Pero nadie salía a recibirnos; creo que merecíamos una buena bienvenida después de vivir tal odisea. Íbamos agotados, ojerosos, hambrientos, flacos, greñudos… Nos metimos por el agujero del corral de las vacas y nos fuimos a nuestro rincón en donde a diario dormíamos. Nos tiramos sobre los cañajotes, cual largos éramos y nos quedamos dormidos sin ninguna preocupación, como si fuéramos unos bebés. Hasta nuestras narices llegó el olor sabroso de la comida y poco a poco fuimos despertando y bostezando; nos estiramos y salimos del corral por el agujero para entrar al otro corral, hacia donde daba la ventanita. De un salto, impulsados por las patas traseras, nos subimos a ella. Con maullidos lastimeros anunciamos a los amos que estábamos de regreso.

Héctor ya estaba comiendo y dejó de hacerlo cuando nos vio, señalando a Covis con el índice nuestra presencia. Pero de momento no nos reconoció, nos percatamos de ello. No nos habíamos visto en un espejo, pero la cara de perplejidad mostrada por El Prieto nos decía que no nos reconocía de momento. Fijó bien su vista y por fin nos identificó, cosa que nos dio mucho gusto.

Le pidió a Covis el plato azul descarapelado, de peltre, y nos sirvió en él leche. Brincamos al piso llenos de gusto al sentirnos bien recibidos. Comenzamos a beberla con la seguridad de que no había ningún problema.

Mientras comíamos, el buen Héctor acariciaba nuestras sucias melenas y Maclovita decía:

“Esto es un milagro, por eso dicen que los gatos tienen siete vidas ¡y aquí está comprobado!”.î

 Gatos en la ventana imagen de archivo. Imagen de ventana - 57409363

[1] Hablando del maestro Pepe Villanueva, debo agregar que hoy es un destacado corredor de tres mil metros, campeón nacional de los maestros jubilados. Su nombre completo es José Villanueva Acosta. Querido maestro, su paisano Lupe lo saluda con afecto. Recuerdo, a propósito de Pepe Villanueva, que él sembraba la parcela de su suegro.