EL HOMBRE DE LA ETNIA Y UNA MUJER HERMOSA
(Cuento)
Jesús Cañas Loya. G. 1964-70 Salaices-Aguilera

un lejano e inaccesible lugar de la Sierra Tarahumara (no inaccesible para un viajero motorizado o para un esforzado y sano caminante, sino para las seudoempresas culturales como la del teleférico) llegó un grupo universitario europeo integrado por estudiosos de las ciencias humanísticas, muy probablemente antropólogos o sociólogos.
Tengo la plena seguridad de que nadie del grupo traía la misión de hacer proselitismo a favor de religión alguna. Como científicos, no querían alterar el milenario ambiente sociocultural de los tarahumaras.
Con prudencia procuraban que el entorno intervenido se conservara tal cual era, para que sus observaciones, conclusiones y juicios no se contaminaran con la errada percepción de las instituciones, del público y de no pocos turistas, de que los indígenas son culturalmente atrasados o, en el mejor de los casos, están culturalmente fuera de moda.
Pero como en todo grupo humano -sea de científicos o no- sobresalen los extremos y mayormente si éstos son agradables a la vista, este conjunto de estudiosos no era la excepción, y no pudo faltar en el mismo un distinguido extremo. Se trataba de una bella mujer, como de cuentos, pero afortunadamente sin la contraparte perversa. Era una auténtica estudiosa del hombre y su nacionalidad era francesa, aunque algunos comentaban que tal vez provenía del país vasco.
A decir de los europeos del grupo multidisciplinario -y especialmente de los italianos, quienes desde el inicio del viaje en la lejana Europa ya andaban tras los huesos de la hermosa mujer-, y a decir también de los lugareños de muy presumible solvencia económica, que, aunque mestizos, no dejan de ser descendientes de europeos que hace tiempo se asentaron en tierras tarahumaras, pretextando el negocio de la minería (cuando el oro y la plata estaban a flor de tierra), la joven francesa era extraordinariamente hermosa y enamoraba con sus ojos, porque los tenía de color probablemente de azul intenso o de un verde muy llamativo, porque ojos azules o verdes normales los hay en mujeres mestizas de la sierra.
Su altura los impresionaba; sus largas y bien proporcionadas piernas, más el hermoso y largo cuello, eran los componentes principales que la elevaban al cielo. Por igual, tanto los machos mestizos como los europeos, se quedaban boquiabiertos al mirar el movimiento de su bien formado cuerpo de redondas y atrayentes caderas, aunque no tan turgentes pechos, pero eso a nadie le importaba.
Para nadie pasaba inadvertido lo excitante de los demás aspectos anatómicos de la bella europea. El resto de sus atributos -si es que se les puede llamar así- eran más bien tradicionales: su cabellera completamente rubia, aunque el masivo color pasaba desapercibido cada vez que se lo recogía buscando la comodidad refrescante a la hora de las caminatas.

No obstante, este detalle de envolver su melena le permitía al público masculino apreciar en toda su plenitud la belleza de su largo y perfecto cuello. Aunque el deleite de observarlo sólo correspondía a los mirones que deliberadamente buscaban quedar rezagados para ese fin.
Para terminar la valoración de tanta belleza, únicamente falta mencionar la finura de su piel que se antojaba acariciarla, pues lucía tan blanca como la nieve.
Por supuesto que todos los mestizos de la sierra -solteros o casaderos, viudos o divorciados y uno que otro casado- que tuvieron la fortuna de conocer a la bella dama en sus andares de investigadora, se enamoraron perdidamente de ella.
Y este sentimiento de amor y de afecto que despertaba en todos, además de que obedecía a su gran belleza, también se debía a su forma de ser, pues jamás ignoraba a alguien por humilde que fuera, conviviendo con todos hasta donde su trabajo y su tiempo lo permitían.
Se relacionaba sin distingos con todos, y de todos anotaba sus opiniones. Los niños, almas blancas y limpias, disfrutaban de su mirada al sentirse observados con afecto por una muñeca grande de verdad, que además los tocaba y compartía su afecto a través de cariñosos besos y tiernos abrazos. Hasta las mismas mujeres mestizas e indígenas con las que convivía opinaban que era la mujer más bella y atenta que les había ofrecido su amistad.
Aunque a esto no puede llamársele acoso sexual, los hombres jóvenes y adultos, todos por igual, mestizos o puros, en cualquier oportunidad que tuvieron de cruzar palabras, sonrisas o miradas con la mujer de belleza inigualable, le declararon su amor perdido y le solicitaron ser correspondidos formal o informalmente.
En el caso de los mestizos, sus ranchos, sus aserraderos, su ganado, sus minas y sus cuentas bancarias se les hicieron cosas burdas para con ellas lograr seducir a tan bella mujer, y recurrieron a lo exótico.
Hubo quienes le ofrecieron, nada más para darse a conocer, viajes por toda la sierra en avionetas rentadas o robadas, pero siempre declaradas como propias; otros le prometieron una mansión de descanso en Chihuahua o, para mayor seguridad, en El Paso, Texas, o las playas de Puerto Peñasco, Sonora, o Mazatlán, Sinaloa, como si fueran de su propiedad.
Miembros del equipo investigador multidisciplinario no se apocaron. Los italianos, apelando a su condición de compañeros, le ofrecieron vivir con ella, apoyarla y acompañarla hasta que terminara su postgrado en la misma Francia o en Italia, por aquello de que ese fuera su gusto y su meta.
Pero la francesa, con estilo suave y educado, a todo mundo masculino rechazaba, no obstante que entre los solicitantes había hombres bien parecidos y muy jugados en los menesteres del amor y la aventura con bellas damas, preferentemente de condición turista, de origen connacional o extranjero; en ningún caso la estrategia de seducción a través de viajes en avioneta nunca fallaron.
Ninguno de los enamorados se declaraba afortunado y las interrogantes no se hicieron esperar: ¿sería lesbiana la francesa? ¿Estaría enferma o embrujada?, éstas y otras hipótesis surgieron. Por si padeciera alguno de esos males o cualquier otro, todos solidariamente coincidieron en que si ella aceptaba el ofrecimiento, la apoyarían hasta en un difícil asunto lésbico, ya sea para proporcionarle una avioneta con todo y tripulación que la llevara a donde ella quisiera.
Con el paso del tiempo, y ya casi para finalizar el trabajo de investigación, la bella mujer se sintió obligada a dar una explicación a sus insistentes enamorados mal correspondidos. Bastó con hacer el comentario a dos o tres interesados, para que el motivo de los desaires en un tiempo corto fuera conocido por todos.
El motivo era simple: quizá influida por el estudio de la etnia y por las observaciones científicas resultantes, ella se había enamorado de un gran hombre tarahumara, por supuesto joven, fuerte y, para el gusto de la francesa, muy guapo.
Su enamorada argumentación consistía en que cuando el hombre subía el barranco lo hacía al trote largo en dos horas, mientras los atléticos europeos -tigres del gimnasio- lo hacían en cinco; el tiempo empleado en subir de sus enamorados mestizos chabochis nunca lo pudo medir, pues siempre escalaban trepados en flamantes camionetas.
Pero, para colmo de su desgracia de enamorada, había sucedido algo inexplicable: el aborigen (ahora su amor imposible), siempre huyó de ella. Nunca cruzaron alientos ni levemente se tocaron, no obstante que sobraron insinuaciones unilaterales… de ella. De acuerdo a rigurosos registros científicos, la máxima proximidad lograda entre el afortunado varón y la francesa fue de cinco pasos.
Otro motivo que expuso la bella dama ante los pasmados escuchas, sobre la fuerte atracción que el indio ejercía en ella, era que le fascinaba su escasa y holgada vestimenta, porque lucía siempre limpia y colorida, haciendo perfecto juego con su morena piel.
A cinco pasos o a mayor distancia distinguía por completo los sólidos muslos, las musculosas y ágiles piernas de aborigen (músculos modestos, pues no conocía los esteroides), además de sus fuertes pantorrillas que hacían perfecto equipo con sus pies de hierro que pisaban con seguridad y que sin gran esfuerzo cubrían maratónicas distancias, hasta de cien kilómetros por jornada.
Ese perfecto equipamiento biológico de andarín era garantía del buen genoma que a su descendencia les permitiría sobrevivir como homo sapiens otros cinco mil años, a pesar del cataclismo que se interpusiera en el inter de los milenios, incluyendo el presente cambio climático global.
Cuando, a lo lejos, la antropóloga distinguía la incomparable figura de su amor tarahumara, originario de las agrestes barrancas de la Sierra Madre Occidental, suspiraba y callaba su amor. Pero no la desanimaba la indiferencia y buscaba siempre cualquier pretexto para acortar la distancia y provocar la atención de tan inexpugnable personaje.
Es preciso mencionar que ya había aprendido a detener su impetuoso acercamiento a seis pasos, para no provocar la retirada del joven. Se le hacía suficiente dicha distancia para percibir su gallardía gentil, que no se inmutaba ni con las moscas que exploraban su apacible rostro o pasaban lentamente por entre sus ojos.
Le inquietaban sus extraordinarios ojos negros, especializados en mirar lejanamente y con precisión de águila y además sin voltear el rostro; con el puro movimiento de pupila repasaba 180 grados, palmo a palmo, la inmensidad del paisaje serrano y sólo por el placer de hacerlo, sin buscar nada, pero memorizando todo.
A pesar de tanto derroche de miradas del hombre, ni una brizna de ellas tocaba a la prendada francesa. Seguramente el indígena se ponía a observar los grandes peñascos que soportaban los barrancos, los pequeños y grandes arroyos secos y con agua, las aves carroñeras, los matorrales, la bruma y algo más que no es preciso saber. Pero de lo que sí estaba segura la enamorada francesa era que en ese algo más no estaba ella.
Tampoco el indio se le arrimó cuando ella se vistió de tarahumara con un traje autentico, confeccionado a pedido (unitalla como todos los vestidos de las tarahumaras, pero más largo), con una collera roja de manta nueva, ceñida alrededor de su cabeza y huaraches de tres agujeros, lamentablemente calzados por piececitos muy finos y blancos, muy achicados por el uso del zapato cerrado y nada desparramados cual debe de ser.
Ni tampoco lo pudo seducir al lucir sus mejores galas de exploradora, pues no traía otro tipo de vestimenta. Para su mayor desgracia, por haber considerado innecesario en la sierra de Chihuahua el uso de las prendas íntimas de marca Victoria’s secret, no trajo consigo ni una muestra, y mucho lamentó este olvido ya que fue la causa principal por la que descartó de plano la última estrategia de seducción: poca ropa, conquista rápida.
Al escuchar tales confesiones los mestizos quedaron consternados, no así los europeos, en los que de inmediato afloraron sus criterios científicos y los celos transcontinentales, pues opinaban que la bella francesa buscaba embarazarse de dicho tarahumara porque era un ser humano de belleza inigualable en relación a la pureza de la especie homo sapiens y a las medidas antropológicas perfectas: las craneanas, las de extremidades inferiores y superiores, las del tronco, y porque sin vacuna alguna, a través de generaciones la etnia era la resultante natural que había logrado generar resistencia a casi todas las enfermedades devastadoras de la humanidad.
Por todo el equipamiento biológico natural que poseía, por su conformación física perfecta, basada en la extraordinaria simetría en todos los detalles corporales visibles, el tarahumara podía ser declarado el hombre más afortunado de la especie, además de los catalogados en Forbes.
En fin, toda su composición anatómica lucía sana y bien acabada. Por tales razones se constataba que este indígena era un digno ejemplar de la especie humana y en el aspecto evolutivo se le catalogaba como uno de los más exitosos sobrevivientes generacionales a todas las enfermedades que de otros continentes trajeron los conquistadores españoles, con servidores negros infectados de viruela, o las enfermedades de todas las naciones que llegaron con los colonizadores buscadores de oro y las que ahora portan los turistas extranjeros.
Aunque es justo y oportuno decirlo: también generó resistencia natural a la enfermedad del dinero y de la riqueza.
La científica concluyó que su amor no florecería, pero aun así era su deseo que su futura descendencia heredara las ventajas naturales de sobrevivencia tarahumara, que para su criterio sería la mayor riqueza a la que puede aspirar el ser humano. Mucho le agradecerían sus descendientes de hacerse realidad tal dote biológica.
Estaba totalmente segura de que su perfección anatómica, combinada con la capacidad física manifiesta en su amado, conjugadas en su vientre, engendrarían descendencia, fuera hombre o mujer, bella y sana.
Sin agregar la combinación exótica de colores de ojos y piel que resultarían de la cruza (cruza porque no se manifiesta el mutuo amor) y la seguridad de que no habría riesgo alguno de que la prole heredara caracteres recesivos.
Dichos argumentos, científicos o amorosos, fueron suficientes para que los mestizos se comprometieran con la francesa a traerle al tarahumara de sus amores, rendirlo ante su belleza y situarlo a una distancia menor a los cinco pasos de la barrera amorosa.
No faltaron bilingües que se ofrecieran a interceptar a tan escurridizo tarahumara. Lo corretearon hasta cansarlo y lograron atraparlo al pie de un barranco; hablaron con él y le hicieron ver, a manera de reclamo y en su propio dialecto, lo ciego que estaba al ignorar el amor que la francesa le profesaba.
Inmutable, y mirando, como siempre, a lo lejos, sin enfocar nada, pero memorizando todo el paisaje visible, el indio respondió que no era ignorante, que se daba cuenta del amor que despertaba en ella, pero que no aceptaba sus amores, simplemente porque la francesa en su apariencia física le parecía muy fea, y aunque por ser muy amable y fina persona con todos los tarahumaras, incluido él, de corazón era bonita.
La francesa lució fea ante un aborigen oriundo de las barrancas de la Baja Tarahumara y, ¿cómo no?: para empezar, tenía los ojos de gata salvaje; sus pies eran demasiado pequeños, cuando la mujer debe tener pies grandes y dedos desparramados; era alta, cuando las mujeres bellas no son altas; era esbelta, cuando las mujeres bellas son rellenitas y si tienen caderas sobresalientes como las de la francesa lucen feas al caminar, se bambolean demasiado y hasta peligran en despeñarse…
El cuello largo como de garza, junto con el cabello rubio, no los pudo clasificar y sólo manifestó desconcierto por su rareza; el color blanco y la piel fina, los confundió con el color y textura de piel de los albinos, que cercanamente sólo había visto a dos en toda su vida, y ese no era un tono de piel que le agradara, aunque con suma prudencia opinó que sentía pena por ella por haber nacido con ese mal de color.
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