EL VIEJO MAESTRO
José Luis Aguayo Álvarez

En esta madrugada brumosa se me ha ocurrido dejar de lado la carretera para entrar al pueblo. Durante varias horas, mientras manejaba, vine repasando mentalmente aquellos lejanos episodios de mi vida cuando trabajé aquí, en esta comunidad que entonces era lejana de todo, y en esa escuela primaria de siete salones cuyos perfiles apenas aprecié al fondo de la calle. La potente fuerza de la nostalgia me hizo cumplir un propósito largamente pospuesto; realizar una visita. Ahora la realizo rápidamente para salir antes de que el pueblo despierte.
Cuando llegué a estos lugares venía de las barrancas humeantes donde el perico es el rey de la baraja; tepehuanes habían sido mis alumnos en aquel clima tropical. También había trabajado en las planicies frías de la Babícora legendaria y soportado las neviscas torrenciales en aquellos llanos de desolación. Al tercer año de trabajo, por un movimiento del azar, tuve la fortuna de llegar a estas llanuras infinitas y conocer al viejo maestro.
Veo su fantasma rodeado de niños y niñas; nosotros, jóvenes maestros y maestras, lo acompañamos en la tarea de reforestar pues éste era su placer favorito. Tiene su cara colorada por el esfuerzo del trabajo, en los ojos trae el brillo de la alegría de quien cumple con tareas que le parecen importantes.
El lugar donde me estacioné es la entrada por la calle principal que alguna vez medí con una cinta métrica, auxiliado por mis alumnos, cuya longitud no recuerdo. Me parece que, pese a la obscuridad, vi restos de aquellos fresnos frondosos que eran el orgullo del pueblo, su símbolo distintivo y motivo de presunción frente a los visitantes. El viejo maestro los había plantado en épocas remotas y los cuidó siempre con dedicación paternal.
En todo el pueblo había un olor muy especial que no he percibido en ningún lugar; recuerdo esa sensación que ya podía identificar, aquel aroma dulce que aparece ahora cuando ya lo creía olvidado para siempre.
Al aproximarme al otro extremo de la calle -la avenida, le decían- recuerdo el camino que conducía a la parcela escolar; en fila vamos con los azadones al hombro; hombres y mujeres haremos unas jornadas de limpia en el frijolar. Él marcha adelante radiante de alegría pues todo el personal de la escuela lo acompañaba a trabajar aquel sábado memorable.
Al llegar a esta esquina los recuerdos se amotinan: ésta era la casa que la comunidad había destinado para el personal de la escuela y que solamente el viejo maestro y yo compartíamos ya que mis compañeros y compañeras de trabajo se hospedaban en distintos hogares de la comunidad.
Supe después que nadie se atrevía a vivir con él para no padecer los rigores de su disciplina militar. Y porque lo rodeaba una cierta leyenda que no era agradable para todos. Tal vez ya nadie sabía que en la convivencia cotidiana era sencillo y afable, no vivía esclavizado a sus normas como se suponía, su cultura y experiencia le permitían afrontar los asuntos más triviales con profundidad filosófica.
Su personalidad estaba en choque con la cultura de la comunidad; no aceptaba los fanatismos, los dogmas, la política oficial y varios aspectos del diario transcurrir, los cuales criticaba públicamente. Evidentemente había sido un hombre muy fuerte, enérgico y profundamente convencido de sus ideas. Cuando lo conocí mejor, aprendí a percibir, en ocasiones muy especiales, un cierto olor en su rostro, un destello en su mirada, un acomodo especial del cuerpo y una forma de hacer los ademanes precisos como todo hombre adulto que sabe su doctrina.
La puerta de la casa está caída y la ventana ya no existe, las paredes han perdido la blancura de otros tiempos; todo es abandono en aquel lugar de mis recuerdos. No entraré por la puerta, no me asomaré curioso por la oquedad del ventanal, no rodearé para ver la puerta de atrás de la finca porque ahí estará el caballo relinchón que le decíamos el relojito pues, puntualmente, a las siete de la mañana, nos despertaba con su escándalo de animal. Le dábamos un poco de maíz y lo dejábamos libre, se iba por la ciénaga cercana y por la tarde, al escuchar la campana de la escuela, regresaba para que le diéramos sal.
No me asomé a la casa para no alborotar las nostalgias, para no despertar al viejo maestro que estaría dormido sobre su humilde camastro de tijera. Me sentirá si entro a la sala donde tiene su escritorio y su librero. Al aproximarme a la chimenea, donde estaba la foto de la familia, él despertaría.
Siento una necesidad inmensa de hurgar entre los libros, terminar aquella obra de Salgari que dejé inconclusa, su querida colección de Julio Verne… Encontrarme con mis libros que aquí se quedaron en la prisa del último minuto, hace treinta años. En especial, la primera edición de la “Crónica de un País Bárbaro”, pues desde que se lo presté se enamoró de él; lo supe porque lo leía y lo releía en la fiebre de sus insomnios. Cuando partí para siempre, dejé aquel libro con pastas de piel, como olvidado pues ya había tomado la dolorosa determinación de regalárselo.
Si esperara hasta las siete oiría el relincho del caballo y las palabras de respuesta del viejo maestro, quien lo regañaba cual si fuera su alumno consentido; después saldría al corral, le daría agua y alimento; todo acompañado de frases cariñosas, silbidos y fragmentos de canción.
Regresaba a la cocina para despertarme con el ruido de los trastes. Me gustaba verlo cocinando; tomaba la sartén con sus guantes de carnaza y preparaba un café aromático que terminaba por despertarme, jalándome por la nariz.
Ahí enfrente, a veinte pasos, está la escuela. Si espero un poco más el fantasma del maestro saldrá de la casa a revisar los árboles de moras que ya no existen, ahí dialogará con los pájaros como si fueran niños inquietos, rodeará su escuela y se esfumará en el lugar donde estaba la dirección en aquellos tiempos cuya distancia suma una vida entera.
Al aproximarme vi, en ese amanecer marrón, que aún quedan dos o quizá tres salones de los viejos; en uno de ellos nos reuníamos todos los integrantes del personal, éramos siete con grupo, más el director. En ocasiones frecuentes se reunían los comités y clubes que había en la comunidad y que tenían por centro la escuela; acudían muchas personas para tratar los más diversos asuntos con maestros, maestras y, por supuesto, con el director.
Todavía salen las voces, como el eco, de aquel septiembre lejano cuando estábamos organizando el inicio de clases y el programa de las fiestas patrias. Todo se hacía de manera muy natural, mecánicamente, dada la experiencia de nuestro director y del personal. Se sentía la importancia de los preparativos para arrancar el año, había mucho entusiasmo y una gran disposición para iniciar el trabajo.
-Seguiremos con los mismos horarios; de nueve a una y de tres a seis de la tarde- decía el director –; cada quien tiene ya su grupo, ahora repartiremos los comités del pueblo. Luego pasaremos al programa general y a las actividades por cada salón.
Los maestros y maestras más expertos tomaban sus responsabilidades rápidamente. Yo, que era el único nuevo, no le encontraba la punta a aquel enredo de programas literarios, desfiles, carros alegóricos, proyecciones a la comunidad, parcela escolar, concursos académicos… Fiestas cívicas y sociales, sin olvidar conmemorar el Día del Árbol, el del Soldado… y tanto tema de que hablaban aquellos hombres y mujeres mientras bordaban el plan para el año escolar con meticulosidad de arañas. Quedaba, al final, un programa para verdaderos titanes. Hoy que sacudo mi memoria, renuevo mi asombro por no explicarme de donde sacábamos el tiempo y las energías para tantas y tantas tareas.
II
La oscuridad de la mañana fría no permitió ver el perfil de la sierra lejana que hace marco al paisaje colorido del pueblo; en sus faldas había manantiales; la naturaleza, tan sabia y asombrosa, los daba de agua fría y de agua caliente, los unos se utilizaban para el riego y el consumo en el pueblo y los otros servían para bañarnos y calmar el dolor de reumas.
Acostumbraba, en los días libres, subir hasta aquellos montes; era todo un placer viajar en el relojito, el caballo alazán que habíamos comprado en sociedad el maestro y yo. El animal era noble; servía para la montura y para el tiro. Siempre llevo conmigo el pespuntar de sus herraduras sobre las lajas de la montaña; de toda la felicidad que la vida me ha dado, conservo aquélla, la más elemental y sencilla: cabalgar llevando el aire fresco sobre la cara.
En aquellas lejanas excursiones revisábamos el canal del agua, traíamos leña, nos bañábamos, intentábamos cazar alguna presa, pasábamos la noche en torno de una fogata. El maestro me explicaba, con razones de marinero, el movimiento de las estrellas y el cálculo de las horas nocturnas. Sabía leer en la enorme sabana del cielo; mencionaba las constelaciones por sus nombres, como si platicara de las plantas y las flores.
Al lado de la sierra se abre una amplia llanura con sus siembras de temporal; esas tierras siempre estaban ocupadas con maíz o avena forrajera; también se cultivaba la cebada y otras plantas menores. Después de cada cosecha traían los ganados para que aprovecharan los esquilmos. En los meses de la reproducción, las familias campesinas se radicaban en los ranchos de la llanura o de la sierra para cuidar los nuevos animales, ordeñar las vacas y fabricar quesos.
El maestro admiraba mucho la enorme pradera, observaba los cambios de sus colores, la medida de sus barbechos, los hombres trabajando incansablemente, los animales pastando y todo aquel mundo de trabajo y producción.
En aquella economía sencilla, donde se respiraba un estado de armonía entre las personas y la naturaleza, nos veíamos inmersos los maestros. En los meses en que había dinero aprovechábamos para realizar actividades que dejaran recursos a la escuela. Inevitablemente aquella época del año marcaba el ritmo de todas las actividades de la comunidad: la educación, las festividades religiosas, los grandes bailes, las peticiones de mano y las bodas… todo parecía depender de las lluvias, las cosechas, la fertilidad del suelo, el crecimiento de los pastos y la preñez de las vacas.
Sueño con regresar a esos lugares, lamento mucho que el ajetreo de la vida me lo haya impedido o que yo mismo no me haya hecho todo el propósito… En algún lugar escuché que los manantiales se están agotando y que al pueblo llega ya muy poca agua, causa por la cual los fresnos se secaron. Si esto fuera cierto no quisiera ir a la sierra y encontrar el lugar sin agua, la tierra estaría blanquecina, como calcinada cual feo manchón en medio del bosque.
III
Lo relevante de aquella experiencia, que recuerdo al filo de esa alborada de octubre, es que recibí grandes lecciones para toda la vida y pude ver la práctica de una sencilla pero muy eficaz pedagogía. Una labor académica con buenos resultados, aquella forma de trabajo que no volví a ver, en la que se mezclaba todo el universo de los niños y niñas, se les enseñaba a ver su mundo y comprenderlo, desarrollaban su sentido artístico y, sobre todo, asimilaban abundantes conocimientos y participaban en múltiples actividades. Era una escuela para la vida y para el trabajo.
En nuestro oficio no todo está en la preparación académica, es el ambiente de la escuela, la organización, el equipo, lo que educa y principalmente es el amor, el cariño al trabajo y a los niños…Teniendo eso, ¡Ya está!, decía el viejo mentor frente a un grupo de maestros y maestras cada día más incrédulos, como se comprobó después cuando se desmanteló toda su obra y se olvidó su método.
Le gustaba saber cómo enseñábamos, revisaba con mucha atención nuestro plan de clase, lo comentaba con cada maestro y cuidaba de su aplicación. Impartía su ¨clase modelo¨ ante cualquier grupo. Hablaba mucho de la obligación que teníamos los maestros de cultivarnos, pretendía que conociéramos a fondo las ciencias de la educación e intentó poner en marcha una biblioteca circulante para que siempre estuviéramos leyendo un libro importante como en otros tiempos lo hacían todos los de aquel personal.
Puedo verlo tan sólo con cerrar los ojos, Salía los lunes a las nueve de la mañana en punto, traía puesto el viejo saco de casimir, sacaba la bandera nacional, la llevaba hasta la puerta de la escuela donde la escolta de niñas la recibía bajo la llovizna de los tres tambores y las clarinadas de las tres cornetas de nuestra modesta banda de guerra. Así iniciaba el homenaje a la enseña patria y daba principio el trabajo de la escuela. Transcurrida la ceremonia él regresaba con la bandera y la metía en la antigua petaquilla.
Ahora concluyo en que toda su forma de dirigir la escuela, su metodología efectiva y el ambiente de orden, limpieza y disciplina que imponía, producían resultados magníficos para los alumnos y la comunidad, pero en el personal de la escuela infectado ya por nuevas ideas, no era bien aceptado ni el mensaje ni la práctica como se demostraría al siguiente año escolar de todos mis recuerdos.
Es necesario dejar una huella pintada donde quiera que estemos trabajando, decía. Nosotros tenemos esa oportunidad como muy pocos trabajadores la tienen, agregaba en sus discursos de los que recuerdo muy breves retazos; su lección se ha perdido en los avatares del tiempo.
Los niños y las niñas tienen capacidad ilimitada para aprender – nos explicaba en las reuniones- deben de localizar en el mapa todos los países del mundo, las capitales, las principales ciudades, los ríos y las cadenas montañosas… obtener el volumen de cualquier cuerpo, las medidas de cualquier superficie y cada uno tiene facultades para desarrollar una o mas artes… Tenemos la tarea de elevar a la máxima potencia todas esas facultades de nuestros chiquillos.
Cuando nos impartía su lección, se quedaba pensativo y se metía los dedos en el cabello; en ese breve instante, estoy seguro, recordaba su antiguo personal, los de su época… aquellos héroes del trabajo que sin embargo se fueron un día como las hojas de otoño que pronto se alejan del árbol que les dio vida.
Recordaba, con una combinación de alegría y tristeza, quiénes fueron de la misma generación. Aquéllos que lo apoyaron en la organización y establecimiento de la escuela como un factor importante en el pueblo, mismos que compartieron sus inquietudes, hace mucho tiempo se habían retirado del lugar, algunos por jubilación, otros por cambio de sistema y otros más por las múltiples alteraciones que trae la vida. Aprendí a conocerlos por sus nombres y sus acciones, pues el maestro vivía de recuerdos y me los relataba reiteradamente como si fuera la primera vez.
IV
Frente a la escuela corre una larga calle que es la segunda en importancia en el pueblo y es paralela a la famosa avenida de los fresnos, de la cual solo la separa la calle, o dos bloques de casas pues la tierra urbana fue distribuida de tal suerte que en cada manzana hay dos derechos con solar para casa y espacio para corral. En todos hay la típica noria, algunos tienen nogaleras, otros nopaleras y en varios terrenos están fincadas nuevas casas de los hijos que se van casando.
La escuela tenía relación con la urbanización y embellecimiento de la comunidad pues frecuentemente había campañas de limpieza en todo el pueblo. Funcionaba un comité de maestras y señoras para ese fin, también había jornadas para pintar la casa, todas iguales; las recuerdo blancas con una lista gris en los bordes y esquinas. La campaña abarcaba hasta la instalación de letrinas en cada casa, baños de regadera y otros anexos.
Cerca de nuestra casa había un saúco, que es un árbol de tronco retorcido, madera delicada y amplia copa cubierta de flores blancas. Este árbol es el causante del olor que inunda a todo el pueblo y que llevo anidado en mis recuerdos. Decían que su olor producía sueño y tranquilizaba los nervios. Bajo el árbol colocaron una banca donde nos sentábamos el viejo y yo; allí conocí retazos de su accidentada biografía.
Él se sentaba por las noches en aquella banca escuchando los cantos y gritos con que los jóvenes marcaban su territorio en la obscuridad; sabía quién venia bajando al pueblo después de visitar una probable novia; se daba cuenta si veníamos “tomados” cuando dábamos la vuelta a la iglesia, acompañados del acordeón y la guitarra. Yo tenía la impresión de que me vigilaba como un padre a su hijo, así lo demostraba con los consejos cuidadosos que me daba después.
V
Su historia personal y la leyenda de su labor educativa desarrollada durante veinticinco años en aquella comunidad, la conocí en episodios; por las charlas en aquellas noches plenilunares bajo el saúco. Los comentarios y murmullos del pueblo, las pláticas de las maestras con mayor antigüedad en el trabajo y todavía conocí una señora de rosario y librito que guardaba un rencor infinito para mi admirado profesor.
Cuando llegó a estos lugares, se entregó totalmente a la noble tarea de transformar la comunidad; siempre andaba en campañas: pintando las casas, construyendo anexos escolares, organizando a los jóvenes a través de los deportes. Organizó la cooperativa de consumo; traía mercancías desde la frontera y las vendía a precios mejores que el comercio particular. Montaron un comedor para el desayuno de los niños, algunos de ellos se quedaban todo el día en la escuela.
Pronto chocaron diferentes intereses en el pueblo. Trataron de sacarlo; el mismo sacerdote, que venía una vez por semana, solicitó su salida. Fue acusado de agitador, de antisocial y de todo lo que en esos casos se estila.
-Dicen que hasta querían matar a los maestros - nos comentaba una de las profesoras.
-Todo el pueblo estaba dividido, venía gente de afuera, algunos apoyaban a los maestros y otros estaban en contra; era un ambiente muy feo – decían los vecinos
-El director de la escuela tuvo la culpa de todo- decían las beatas en la iglesia –, él quería traer el socialismo, que los niños fueran de todos. Que cualquier persona pudiera corregir a cualquier niño, quería decidir hasta los matrimonios, quién le convenía a quien y todo eso.-
-En realidad quería tener su propio negocio con la cooperativa- decían en el billar.
Todavía, a más de veinte años de aquellos acontecimientos, se escuchaban las versiones más distintas y las opiniones continuaban divididas. El pueblo quería olvidar el tema como asunto de vergüenza; pero cuando inevitablemente salía del pasado obscuro, provocaba discusiones, no pocas veces con calor y pasión.
-Yo no creo tantas cosas que se decían, él fue mi maestro, lo conocí muy bien, no puede ser que quisiera formar una cocina comunal para que todas las mujeres cocinaran para todos los hombres y que los niños fueran hijos de todos. Que repartiría el sol que entraba a las casas para que todos recibiéramos la misma cantidad de calor y que entregaría una cantidad medida de litros de agua para cada persona. Que nadie podía andar por las calles a la hora de trabajo…y tantas otras locuras y tonterías que se le atribuían, decía la señora que cocinaba para nosotros al medio día.
-Fueron tiempos muy difíciles; algunas personas no comprendían las tareas de los maestros y maestras, no solamente no colaboraban sino que obstaculizaban nuestro trabajo, -solía resaltar el maestro-, en el mismo personal germinó la mala yerba – resaltaba las vicisitudes de ese tiempo oteando el horizonte y entrecerrando los ojos-:
Fue muy duro, pasamos por miles de dificultades.
Tiraban animales muertos frente a la escuela
Apedreaban mi casa.
La comunidad estaba dividida… pero la mayoría nos apoyaba…
Aquellos acontecimientos se habían producido muchos años antes de que llegáramos nosotros; las nuevas generaciones de maestros, por lo tanto, no teníamos una comprensión plena de su significado ni del fondo real que existía de pequeños problemas que conmocionaron a la pequeña comunidad. No logramos comprender el pasado que se estaba quebrando entre nosotros y que éramos actores del fin de una era en el sistema educativo.
VI
Desde otro lugar aparecen apenas los perfiles de la plaza; en el amanecer inevitable los recuerdos se vivificaron: el maestro está apoyado en la pala que le ha servido para encauzar el agua en los jardines y los árboles. En la esquina hay una banca donde acostumbraba sentarse a platicar con los vecinos y conmigo:
-Nací en el estado de Veracruz -decía con un suspiro-, egresé de la muchas veces heroica Normal del Estado. Rondando por la vida vine a dar aquí incorporado a las Misiones Culturales; muy joven trabajé en distintas partes de la entidad, pero ¡¡ya dediqué a este pueblo más de la mitad de mi vida!!
Era uno de los pocos maestros normalistas que había entonces; la mayoría eran improvisados sobre la marcha: carpinteros, zapateros, mecánicos o cualquier otro iban a parar frente al grupo. Las muchachas de los pueblos con sólo saber lo indispensable se convertían en maestras y eran buenas frente al grupo, explicaba quitándose el sudor de la cara.
Ahora que se han presentado estos recuerdos, después de décadas de estar en los abismos de la memoria, me brota la imagen precisa de aquel instante en que, aquí en esta plaza, mirando al horizonte como lo hacía cuando algo serio ocupaba su atención. Me dijo: “He cometido un grave error: permanecí demasiado tiempo en este lugar; el maestro debe de cumplir ciertas metas y retirarse a otra escuela, hice todo lo contario y resultaron consecuencias…” Aquella expresión, largamente meditada, le salió del alma, lo dijo como hablándole al viento, sin mayor explicación. Entendí que ya de viejo hacía un balance muy crítico de su actuar. En otros momentos defendía con ardor sus opiniones de siempre y fustigaba con furia a los que lo criticaron en el pasado.
Todos aquellos episodios y aquella vida conformaban una leyenda contradictoria en torno a un viejo sabio a quien los tiempos se le habían echado encima y los cambios que antes percibían en el horizonte remoto, legaron y chocaron con él que tanto amaba al futuro.
Hacía más de dos largas décadas que había dedicado a cumplir humildes tareas para el bien del pueblo, pero desde una posición muy modesta, sin pretender liderazgo alguno. Estaba atrincherado en la escuela desde donde le había declarado la guerra a la incultura, ahí desplegaba toda su acción silenciosa pero eficaz.
Hoy que todo a cambiado, aquéllos que fueron alumnos del viejo maestro, generaciones que vio crecer intentando que se desarrollaran derechos, como los fresnos, deben ser viejos y adultos. ¿Lo recordarán? Con toda seguridad que si. ¿Cómo lo recordaran? Seguramente con toda la grandeza de sus fallas y aciertos. Nadie negará que fue un gran maestro, todos cuantos pudieron salir a estudiar una carrera o a enfrentarse a la vida, lo deben de tener presente con gratitud.
VII
Ese año escolar terminó de la mejor manera, dejándome impresiones gratas y útiles para todo el desempeño posterior de mi profesión. Recuerdo que esas vacaciones ingresé a la Escuela Normal Superior en especialidad en Historia.
Transcurridos dos meses regresé a la comunidad donde encontré al viejo maestro con la cabeza cada vez más blanca al igual que su gran bigote, solamente la chispa de sus ojos y la estructura gruesa de su cuerpo delataban una personalidad enérgica. Ahí estaba cuidando la escuela, los árboles de toda la avenida, de la plaza, la parcela escolar… en agosto había impartido clases para algunos niños y niñas que, para gusto de él, lo requerían.
Mi segundo año en aquel lugar se inició con el fervor y la determinación de abejas que embargaba a todo el personal, formado por cuatro hombres y tres mujeres, más el director. Ya no era yo el nuevo; habían salido dos del personal y se incorporaban dos novatos; yo pasaba a la fila de los veteranos. Trabajamos muy bien hasta diciembre, pero al regreso de vacaciones se iniciaron una serie de problemas que alteraron para siempre el funcionamiento de la escuela y destruyeron la labor de muchos años, el trabajo de tantos maestros y maestras que ahí pusieron su alma. Los recuerdos brotan en torrentes como si hoy mismo estuviera viviendo aquello que aconteció en el otro extremo de mi vida profesional.
La mariposa negra que revoloteaba sobre nosotros se posó en la escuela aquel enero que debería de estar olvidado. Todo se inició con los comentarios de varios maestros y maestras:
-Ya no es tiempo de que realicemos trabajos en la parcela escolar, en todas las escuelas rentan la tierra y dejan mejores utilidades sin trabajar.
-¿Por qué no tiene su bandera la escuela? No es correcto que sigamos utilizando la del director.
-Solamente en esta escuela se trabajan dos turnos, mañana y tarde. Si ya nadie lo hace ¿por qué nosotros?
-Los comités del pueblo deberían de ser independientes de la escuela, pues es trabajo doble para nosotros.
-Y el director, ¿cuándo se jubila? Ya ninguno de su generación está trabajando, es un viejo que algún día se enfermará por estar aferrado a su plaza.
La situación tuvo que tratarse en reunión del personal donde se produjo un pleito que jamás hubiera imaginado; las palabras del maestro nada modificaron, salieron a relucir asuntos que ya creíamos sepultados en el pasado. La escuela se cubrió de un manto gris como si estuviéramos de luto, el trabajo se realizaba sin el espíritu alegre, tenaz de unas semanas antes.
En medio de aquella tensión espantosa el maestro solicito permiso para ausentarse tres días de la escuela. A nadie le dijo qué haría en ese tiempo, lo que aumentaba la zozobra de personal.
Una noche antes de partir la pasó en vela; revisó sus viejos papeles, contempló las fotos de sus dos hijos; tomaba café y fumaba como nunca, salía a la calle silenciosa, se quedaba largos ratos bajo el saúco, caminaba alrededor de la escuela, regresaba a la casa, trataba de leer… ¿en qué mares navegaba la barca de sus recuerdos? ¿Invocaría a grandes maestros, aquéllos que los subieron a la aventura de las Misiones Culturales? ¿Vendrían, aquella noche fría, del sur del sur las nostalgias?
Cuando regresó, después de tres días de ausencia, tenía la expresión distinta, había tomado decisiones importantes: renunció a la dirección de la escuela y trajo el nombramiento de directora para la maestra de mayor antigüedad en el servicio. –Tomaré un grupo- le dijo a la maestra y se retiró del salón de la reunión. Un grueso silencio se impuso largamente hasta que lo interrumpió la voz de la directora. –Tomen sus grupos- ordenó.
El resto del año fue de tristeza y de largos silencios en aquel ambiente que dejaba atrás un pasado de gloria; se suprimió un turno, nos redujimos al trabajo en las aulas, las relaciones de pueblo y escuela tomaron un carácter meramente social. Todo fue desmantelado, transformado, torcido… mientras el maestro envejecía mirándonos. En los recreos, cuando salía de su salón, se trepaba en las gradas de la cancha y desde ahí nos contemplaba; no puedo definir si con coraje o conmiseración o tal vez éramos para él los agentes con los que se cumplía una horrible profecía.
Triste y silencioso así lo dejé. Supe después, allá en la frontera, que sus hijos se lo habían llevado; si así fue, sí arrancaron de esta tierra, de esta agua al viejo y frondoso fresno que tanta sombra nos dio, seguramente murió pronto. Jamás he tenido noticias precisas y las imágenes más vivas las recupero ahora, en este viaje fugaz hacia el pasado.
Nunca imaginé que en aquella madrugada y aquel amanecer revivirían en mí recuerdos tan lejanos, vivencias que parecían haber desaparecido para siempre en mi memoria. Llevo la impresión de haber visitado el pasado del pueblo, del viejo maestro, de la escuela, de mis compañeros. El pasado de la educación, el mío propio.
Ya en carretera veo el amanecer; el cielo se ha pintado como flor de calabaza, pronto estallará el sol en el horizonte con su festival de amarillos dominando al mundo. Así era la mañana remota en que me separé de él hace ya treinta años. Nos dimos un fuerte abrazo, -le encargo al relojito-, le dije para no llorar. Este mismo aire fresco soplaba cuando me despidió con su mano, desde la ventana. Allá se quedó en su universo, gozando y padeciendo aquello que lo rodeaba; la escuela y los niños, lo que tanto admiraba, llanura desmedida, fue lo que vio y amó toda la vida.
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