EL ACCIDENTE QUE TUVIMOS CUANDO ÍBAMOS A JUÁREZ AL ESTATAL DE BÁSQUETBOL
José Guadalupe Gutiérrez Rodríguez
Generación 1960. ENR Salaices.
Cuando estudiábamos la carrera de maestros en la Escuela Normal Rural de Salaices, Chih., participamos en el campeonato regional de básquetbol de Jiménez y nos coronamos campeones. Nuestro equipo sería la base para integrar el conjunto representativo de Jiménez en el Estatal, a celebrarse en Ciudad Juárez.
Al frente del equipo iba nuestro promotor deportivo, el profesor Roberto Rojas Velázquez. El maestro había conseguido el patrocinio de Mueblería Phillips de Jiménez en el evento regional, y su dueño nos obsequió, además de las camisetas, dulces, naranjas y sodas cada vez que jugábamos; nos estimaba mucho.
En la camiseta que nos regaló aparecía al frente el nombre de nuestra escuela y en la espalda, el de la mueblería, además del número. Siempre jugué con el 10, no sé por qué, pero siempre me gustó llevar ese número.
Pues bien, se terminó el Campeonato Regional, resultando nuestro equipo invicto y ahora iríamos al Estatal a Ciudad Juárez. El Promo, viendo que no teníamos camión para ir a la frontera, solicitó al dueño de la mueblería su camioneta tipo guayín, muy amplia, con dos filas de asientos y un compartimento para equipaje en la parte trasera. Con gusto nos la prestó.
Se llegó el gran día de viajar a la frontera. El maestro Chava Talamantes nos llevó a Jiménez, en donde transbordamos a la guayín. Todos íbamos muy contentos y cantábamos las canciones de moda. Heberto Meléndez, “El Burro”, gran jugador de baloncesto, y yo nos acomodamos en el compartimento de maletas, en donde iríamos más cómodos, pues ahí nos podíamos estirar y acostar.
Hicimos a un lado las pelotas de básquet y las echamos en una red. Como nadie llevaba maleta, sólo mochilas deportivas chicas, el lugar estaba muy cómodo y despejado. Únicamente el Promo llevaba una maletita, misma que me sirvió de almohada.
En el equipo iban, además, Dagoberto González Uranga, Rafa Reyes, Ramón Olivas, Pilar Morales, Ricardo Muñoz Acosta y Jesús Luján Gutiérrez, este último ya profesor, adscrito a una escuela de Jiménez.

EQUIPO DE BÁSQUETBOL DE LA E.N.R. DE SALAICES. CICLO 1957-58.
DE PIE, DE IZQUIERDA A DERECHA: Ricardo Muñoz Acosta, Heberto Meléndez Esparza, Pablo Nois López Ramos, Profesor Roberto Rojas Velázquez, José Guadalupe Gutiérrez Rodríguez, Ramón Olivas Cardona y Rafael Reyes Ruiz.
EN CUCLILLAS: Óscar Villegas Caballero, Pilar Morales Flores y Alonso Grajeda Mendoza.
El chofer era el Promo. Salimos de Jiménez como a las seis de la mañana, aún estaba oscuro. Pasamos Camargo y Saucillo y en Delicias nos detuvimos a almorzar: dos huevos estrellados, café con leche, frijolitos, tortillas y pan de dulce. Éste era uno de los pequeños privilegios que teníamos en la Normal por ser deportistas.
En Chihuahua cargamos gasolina y a partir de ahí Heberto y yo nos fuimos dormidos, muy a gusto. Cuando llegamos a Villa Ahumada estaba haciendo mucho frío y caía bastante nieve. Nos bajamos a comer asaderos en tortilla de harina y café calientito.
Después esperamos un rato a que la nevada amainara y enseguida proseguimos el viaje. El Promo, cansado de manejar, preguntó a todos quién podía relevarlo. Se oyó la voz de Leopoldo Esparza, “El Coyote”, que dijo:
“Yo sé manejar…”
El Promo se bajó y dejó el volante a Esparza, pero antes le preguntó:
“¿De verdad sabes manejar? No le des muy fuerte, ya ves que está nevando y por el paso de tanto tráiler la nieve se compacta y se convierte en hielo. Si ves que la camioneta comienza a ‘lanchearse’, no le vayas a pisar al freno porque derrapa y nos volteamos…”
El Coyote se fue despacio... al principio. Pero después le dio más recio y la camioneta comenzó a hacerse para ambos lados; los que íbamos atrás lo sentimos más.
Íbamos entrando a las dunas de Samalayuca, únicas en México, junto con las de Viesca, Coah. y Altar, Son.

Dunas de Samalayuca, Chih., a 35 km al sur de Ciudad Juárez.
El Coyote se olvidó de las instrucciones y al ver que zigzagueábamos, metió el freno y la camioneta comenzó a dar un trompo que duró varios segundos, invadiendo ambos carriles. Por fortuna ningún otro vehículo estaba cerca.
La gritadera de todos fue tremenda. Los que iban sentados, por efecto de la fuerza centrífuga se pegaban al lado contrario del punto central del círculo que se formó, mientras que Heberto y yo, que hasta ese momento habíamos viajado cómodamente, dábamos vueltas y vueltas, sin poder asirnos de nada.
Los segundos se hicieron eternos y el movimiento circular cesó cuando la camioneta fue a dar de cola hasta un pequeño barranco, abriéndose la puerta del compartimento donde íbamos Heberto y yo.
Por lo fuerte del impacto, salimos disparados ambos, volando y cayendo entre la nieve, como a tres metros del vehículo. Entonces dimos varias vueltas en la nieve que afortunadamente ya tenía como diez centímetros de alto y nos sirvió como colchón, hasta que nos detuvimos.
Heberto y yo nos pusimos de pie y nos quedamos mirando azorados, tratando de comprender qué era lo que había ocurrido. La camioneta estaba sobre sus cuatro ruedas. Como andábamos descalzos (para ir más cómodos), nos calaba mucho el frío en las plantas de los pies y entonces nos fuimos gateando hasta subirnos a la camioneta. Los que iban sentados también se asustaron mucho pero ni cuenta se dieron que nosotros habíamos salido volando por el aire, como si fuéramos Batman y Robin.
Como la camioneta quedó atascada no podíamos subirla a la cinta asfáltica pero en ese momento llegó un trailero -uno de los reyes de los caminos- y detuvo su camión. Pese al frío se bajó a auxiliarnos, jalando con su tráiler nuestro vehículo, hasta que lo puso en la carretera.
Dimos las más expresivas gracias al solidario hombre y nuevamente el Promo se puso al volante, mandando al Coyote al asiento de atrás.
Llegamos a la entonces pacífica Ciudad Juárez, un poco raspados, pero sanos y salvos. Estábamos en la muy noble y solidaria Ciudad Juárez y eso nos llenaba de contento.
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