AMIGOS DE SANTA ELENA:
Aquí les envío las palabras (no creo que llegue a discurso) que me tocó leer en la ceremonia donde se le cambió el nombre a la escuela de Santa Elena, ¿lo recuerdan?, fue en el año de 1997.
Seguramente algunos de ustedes ya se habían ido a donde ahora radican y otros ¡aún no nacían! Nuestra escuelita se llamaba “16 de Septiembre” y a petición de los pocos habitantes que aún quedaban, se le cambió el nombre a “Profr. Alfredo Chávez Luna”.
PARA MIS AMIGOS QUE NO SON DE SANTA ELENA, UNA BREVE EXPLICACIÓN:
En 1997 yo era miembro del Comité de la Sección 8 del SNTE. Aprovechando mi estancia en la Ciudad de Chihuahua y mis “buenas relaciones” con los funcionarios de SEECh, los habitantes de Santa Elena me encargaron hacer los trámites para el cambio de nombre de la escuela.
Lo obtuvimos y entonces asistí a hacer entrega del oficio de autorización firmado por el profesor Manuel Arias Delgado, director de Educación Primaria de los SEECh. El director general era el profesor Isaac Uribe Alanís.
La ceremonia resultó muy bonita. El supervisor de la Zona Escolar era nuestro compañero salaicino, profesor Alberto García García. Estuvieron también presentes el presidente municipal de Manuel Benavides y un representante del Big Bend National Park.

En el presídium, los profesores Alfredo Chávez Luna, Marcelo Amaro Villalobos, Alberto García García y Francisco Ruiz Hernández, además del presidente municipal de Manuel Benavides y del representante del Big Bend National Park.
ÉSTAS SON LAS PALABRAS QUE PRONUNCIÉ EN HONOR AL HOMENAJEADO:
El hombre al que hoy merecidamente rendimos homenaje no tiene estatuas de bronce en la plaza pública porque a nadie mató en guerras fratricidas, ni acumuló montones de cadáveres para ostentarse héroe de la patria, como lo han hecho algunos de los próceres de nuestra historia.
Su nombre no aparece con letras de oro en ningún recinto oficial, ni tendría por qué aparecer puesto que él nunca ha sido un político que con discursos fogosos y frases retorcidas ha logrado encumbrarse en las altas esferas del poder para desde ahí enriquecerse con el dinero del pueblo.
No. El profesor Chávez Luna pertenece a otra estirpe.
Es de esos seres humanos cuya vocación detectada desde muy temprano, los lleva sin titubeos a unir su destino al de su pueblo; al de nuestro pueblo, que es ese conjunto de hombres y mujeres que luchan y se desempeñan día tras día de forma sencilla y rutinaria, pero con ahínco, a construir para ellos y para sus hijos un mundo más justo que el que nos ha tocado vivir.

Profesor Alfredo Chávez Luna develando la manta con el nuevo nombre de la Escuela Primaria de Santa Elena, Chih.
A ellos decidió unirse el profesor Alfredo Chávez Luna, desde siempre; seguramente desde que tuvo uso de conciencia, allá en lo más profundo de de las famosas Barrancas de la Sierra Tarahumara, en el mineral de Batopilas de donde es nativo y de donde salió un día siendo adolescente, para ingresar al internado de la Escuela Normal Rural de Ricardo Flores Magón, donde estudió la carrera de maestro.
En 1939 se graduó y obtuvo su primera plaza para trabajar en las comunidades rurales del Valle de Juárez. Pero el momento culminante de esa vocación, de esa simbiosis con el pueblo campesino, se presentó en 1951.
Siendo director de la escuela primaria de Colonia Esperanza, donde ya tenía siete años establecido, contrajo matrimonio con la profesora María Amparo Córdova, con quien procreó sus primeros hijos. Ese mismo año un grupo de campesinos decidió ir a crear un nuevo ejido en “el último rinconcito del desierto chihuahuense”, en Santa Elena, del municipio de Manuel Benavides, situada a más de 500 km de distancia de Ciudad Juárez, por la margen derecha del río Bravo.
Desde el inicio de las gestiones, los campesinos invitaron al profesor a que formara parte del movimiento y él aceptó gustoso, manteniéndose siempre al lado de ellos para brindarles asesoría y entusiasmo.
Vieron realizados sus esfuerzos el 25 de septiembre de 1951 cuando en dos camiones de redilas llegaron a Santa Elena un poco más de 50 personas: los campesinos y sus familias. El profesor Chávez Luna venía con ellos rellenando arroyos y tumbando gobernadoras con picos y palas para que pudieran avanzar las destartaladas trocas.
Dos meses antes, y a manera de avanzada o brigada exploradora, se asomaron desde la cuesta de la Sierra de Ponce, tres hombres jóvenes soñadores y valientes: Lorenzo Amaro, Trini Manzano y otro hombre cuyo nombre no recuerdo. Desde lo alto de la cuesta observaron el tupido bosque de frondosos mezquites que cubrían en su totalidad el pequeño valle y entendieron que habían encontrado la tierra prometida.
Uno de esos hombres es mi padre que, por lo visto, sigue amando con la misma pasión esta tierra que “descubrieron” para nosotros, sus hijos, hace ya más de 40 años. (NOTA: Esto se escribió en 1997).
Una frase conocida y muy cierta dice que “al lado de un gran Hombre, siempre hay una gran Mujer” y en el caso de este matrimonio de mentores no hay duda de ello, porque nadie de los que conocimos y vivimos la obra de Chávez Luna en Santa Elena de aquel tiempo, nadie, repito, podría imaginarse al profesor sin la presencia de su esposa, la maestra Amparo.

Río Bravo en el Cañón de Santa Elena.
Ella nos enseñó a leer y escribir (casi siempre atendió primero y segundo grados), nos obligó a usar pañuelo y nos prohibió que nos bañáramos a ´birote´ en el “remance”, que en aquel tiempo formaba una profunda alberca a medio río.
¡Cómo olvidar las tardes en que, amodorrados por el calor del mes de mayo, salíamos gustosos del salón para ir por agua al río para regar los eucaliptos y los pirules que habíamos plantado en el lote de la escuela!
¿Qué enfermo en Santa Elena no recibió la atención oportuna de los primeros auxilios de manos de la maestra? Para todos, ellos fueron el ejemplo de una familia unida, decente como el que más y entregada al trabajo honrado, porque el profesor era ejidatario como todos y después de las cinco de la tarde, en que terminaba su labor docente, se iba a La Gloria a cultivar su parcela… Y ordeñaba sus vacas y criaba gallinas.
En su biografía, el profesor dice:
“Mientras los campesinos afanosos reconstruían un saloncito que se encontraba en ruinas, las clases se daban en una enramada o a la intemperie. Para construir la nueva escuela fue necesario primero poner en producción la parcela escolar que se encontraba cubierta de un impenetrable monte de mezquites. Se desmontó, se preparó la tierra para el cultivo de algodón. Con el beneficio se construyeron tres salones, la dirección y los servicios sanitarios”.
Mientras tanto, el profesor continuaba con tesón su lucha solidaria con los ejidatarios. Tramitaron y obtuvieron la ampliación del ejido con varios miles de hectáreas de terreno en cerros pedregosos, áridos y con muy poco pasto. Con eso emprendieron otra etapa tan aventurada y difícil como la anterior: Intentaron hacer prosperar el ejido mediante la explotación ganadera.
Pero la vida no perdona; los años pasan y todos vamos dejando como tributo una parte de nuestra existencia a cada paso que damos. Los esposos Chávez Córdova habían culminado una parte de su vida y, seguramente con la satisfacción y tranquilidad de conciencia que sólo nos puede dar el deber cumplido, se retiraron de su trabajo en el aula, en donde tantas enseñanzas dejaron a las generaciones que tuvimos la fortuna de ser sus alumnos.
Personalmente tengo una gran deuda que sólo con mi gratitud puedo pagar: De no ser por ellos y por el esfuerzo de mis padres, claro, jamás habría ingresado al trabajo en el que me desempeño y del que tantas satisfacciones he obtenido.
Profesor Alfredo Chávez Luna:
Usted no fue un guerrero ni un político. No tiene estatuas ni calles que lleven su nombre, pero hoy esta comunidad, la comunidad del Ejido de Santa Elena, se honra al honrarlo a Usted. Porque hoy, tras 25 años de haber culminado su trabajo en las aulas, en estas aulas en las que hoy estamos, los que fuimos sus alumnos, sus amigos, sus compañeros ejidatarios y la población toda de este terrible y maravilloso rinconcito del desierto chihuahuense, hemos colocado su nombre en el mejor sitio.
En el sitio que llenaría de orgullo a cualquier maestro de mi Patria.
SU NOMBRE, MAESTRO, ESTÁ DESDE HOY DONDE DEBE DE ESTAR: EN ESTA ESCUELA A LA QUE USTED ENTREGÓ LO MEJOR DE SU EXISTENCIA.
Profesor Alfredo Chávez Luna, Profesora María Amparo Córdova de Chávez, Dios les conceda muchos años más de salud y vida.
Muchas Gracias.
Marcelo Amaro Villalobos. 26 de abril de 1997.
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