RECUERDOS DE LOS AÑOS VIVIDOS EN SANTA ELENA

 Marcelo Amaro Villalobos

 Generación 1966. ENR Salaices, Chih.

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Profesor Marcelo Amaro Villalobos

 Desde el punto en que nos encontrábamos mis amigos y yo, a media mañana de un día de finales de mayo, la vista era esplendorosa. Un valle angosto y alargado que se retuerce angustiosamente en el espacio que lo comprime.

  Por el Norte, el Río Bravo, y hacia el Sur, la Sierra de Ponce. Desde La Boquilla, arribita de La Gloria, hasta El cerro de Las Congojas, mas abajito de La Rana.

  Son unos 80 kilómetros de un macizo montañoso que corre paralelo al río y que presenta, con vista al vallecito, una caída a plomo; un ¨reliz¨ -como lo llamamos aquí-, o más bien una serie de relices a lo largo de la sierra. Desde La cuesta donde estamos podemos ver una caída libre de 300 a 500 metros.

  Y ahí estábamos los siete amigos adolescentes: Mario y Gabelo Barraza, Javier Manzano, Fito Hernández, Manuel -el del cerrito-, mi hermano Gildardo y yo, disfrutando de aquel inolvidable paisaje de colores y olores campiranos.

  Por la noche había llovido y las cascadas de los arroyos que bajan de la cuesta, escurrían sin mucha fuerza su preciado líquido con rumbo al cercano Río Bravo; la brisa que hasta nosotros llegaba venía impregnada del olor a gobernadora mojada y, al fondo, confundidas entre el color verde tierno del mezquital que ya empezaba a cubrirse con sus racimos de pequeñas florecitas amarillas, veíamos e intentábamos identificar cada uno nuestra casa. Nuestro entrañable hogar materno en Santa Elena. Era el año de 1958.

  En Santa Elena vivíamos. Mis padres, mis hermanos y yo habíamos llegado hacía seis años con una oleada de campesinos procedentes de una comunidad del Valle de Juárez llamada Colonia Esperanza, mejor conocida como ¨La Colonia¨, en el municipio de Praxedis G. Guerrero.

 Yo tenía siete años y en el transcurso de los siguientes siete me dediqué, al igual que mis hermanos y todos los muchachos de aquel pequeño ejido, además de ir a la escuela, a muchas otras actividades propias de aquellos tiempos y de aquellas condiciones no muy favorables que digamos, en las que se desenvolvió nuestra infancia y adolescencia.

 Una etapa que marcó en cierto modo mi breve paso por Santa Elena, fue cuando me desempeñé como vaquero.

 Ya estábamos allá cuando don Lencho, -nuestro padre- mandó a Chicho Naranjo y a otros trabajadores por tres o cuatro vacas que habían dejado en La Colonia y se las llevaron !Caminando! por toda la margen derecha del río Bravo en un recorrido que tardó dos semanas y llegaron aquellos pobres animales {y los vaqueros) a su destino hechos unos ¨guésgueres¨ y con las pezuñas deshechas a pesar de los "zapatos" que con cartones y lonas les hicieron.

 A partir de entonces me convertí en vaquero; un vaquero muy singular: de a pie y descalzo (mi primer par de zapatos, que recuerde, lo estrené a la edad de 10 años).

 El hato ganadero fue creciendo hasta completar una docena o algo así, pero yo nunca tuve ni tan siquiera un burro para andar detrás de aquellos animales, a veces por entre los jarillales del río, a veces por los cerros de piedras afiladas, como El Piloncillo, y en invierno ‘’tatemándoles’’ nopal, entre el monte de mezquites.

 Mi compañero en esas actividades de vaqueros, fue Manuel -el del cerro-, en ocasiones Fito y, claro, Gildardo mi hermano. Había ciertas temporadas que también don Laurito Hinojos, papá de El Meño, andaba con nosotros. El era muy bueno para charrascar nopales.

 En Santa Elena todos sabíamos nadar y esa era una de las diversiones favoritas de niños y jóvenes, razón por la que la profesora Amparo emprendió una campaña para establecer el uso del calzón de baño en los varones, sin lograr convencer a nadie.

 Por razones de las costumbres y las formas de pensar de aquellos tiempos, las mujeres (muchachas) no se bañaban en el río, o lo hacían escondiéndose en los recovecos. Creo que muy pocas, o ninguna, aprendió a nadar, lamentablemente.

 Mis hermanas Catalina (q.e.p.d.) Josefina y Estelita me han dicho que ellas muy raras veces se bañaron en el río y no aprendieron a nadar. Hoy eso se vería como una clara discriminación hacia las mujeres o ‘’misoginia’’, pero ni modo; así eran aquellos tiempos.

 En ocasiones, las noches de verano eran propicias para algún chapuzón en ‘’el remance’’. Pero como aseo personal, sólo nos bañábamos los sábados por la tarde, con jabón Fab, para cambiarnos la ropa que habíamos traído puesta toda la semana.

 Aunque fuera el río muy crecido en los meses de agosto y septiembre, los grandes nadadores del pueblo cruzaban el rio en balsas de troncos y tambos vacíos para trasladar a alguna persona enferma u otra emergencia, y llevarlos ‘’al otro lado’’.

 Había pescadores hábiles y muy ‘’truchas’’ que obtenían regulares piezas de bagres, agujas y tortugas comestibles (jicoteas) en las partes más hondas del río, como La Coyota, El Vado de Arriba, Las Congojas, etc. De eso ya no queda nada, como resultado de las sequías y de la contaminación.

 Ahora, visto desde aquí, resulta totalmente increíble el hecho de que fuera para nosotros completamente normal, el empinarnos a beber agua del río al lado de burros y vacas.

 Don Lencho - mi padre- fue un buen agricultor y dedicó su vida al cultivo del algodón en aquel rinconcito del desierto chihuahuense. Tenía un tractor John Deere equipado con maquinaria y de él no se bajaba mientras hubiera algo que hacer en la labor.

 También trabajó de tractorista algunos años en Castolón, cuando era un rancho agrícola, o sea, cuando aún no existía el Big Bend; claro que esa actividad lo libraba de participar en algunas otras, digamos, un poco más rudas, como sacar cepas, el azadón o la pizca. Ese trabajo lo desempeñaban mis hermanos mayores: Cipriano, Miguel y Rey.

 El cultivo principal era el algodón, pero se sembraban y cosechaban muchas otras especies en menor cantidad, como maíz, frijol, alfalfa, sandías, hortalizas y hasta cacahuates. De todo se daba en esa buena tierra. Pero básicamente, la comunidad dependía del algodón, es decir, era un monocultivo, lo que en gran medida fue un error que pesó mucho en el fracaso y colapso final de aquel inolvidable rinconcito tan alejado de todo, menos de nuestros añorados sueños infantiles-juveniles.

 El algodón era un producto agrícola redituable. Sigue siendo redituable y tiene demanda garantizada a nivel mundial. Pero el sueño que tuvo aquel grupo de nobles campesinos no pudo ser implantado en esa pequeña bolsa del Río Bravo. La tierra era buena y había agua en abundancia pero la inmensa distancia que había que recorrer por caminos lastimosamente descompuestos para llevar a vender la cosecha a la Ciudad de Ojinaga, fue un obstáculo.

 Se hacía en el recorrido, un promedio de 24 horas en la troca cargada con 4 o 5 toneladas de algodón, siempre y cuando el camino no estuviera destrozado por las lluvias o que no se quebrara la troca. Ambas desgracias sucedían con frecuencia.

 La corrupción e insensibilidad de las dependencias del gobierno, como el Banco Ejidal, la Aduana, los Forestales, etc. terminaron por dar la puntilla final a aquel sueño imposible.

 De la convivencia familiar y de la diversión con los amigos, mi memoria ya un tanto gastada, conserva retazos, quizás medio confundidos o modificados a conveniencia. Se dice que nuestro cerebro en su increíble funcionamiento, conserva para el recuerdo los momentos agradables y borra o nos esconde en algún sitio recóndito los desagradables.

 Además, yo viví solamente siete añitos en Santa Elena. En septiembre de 1960 me llevaron a Salaices el profesor Alfredo Chávez Luna y mi papá. Allá estuve seis años. Regresábamos del Internado en los meses de julio y agosto, pero yo cada vez me sentía más alejado y ajeno al ámbito familiar y, lo que es más triste para un adolescente, me sentía desintegrado del grupo de amigos al que alguna vez pertenecí.

Cd. Juárez, Chih., marzo de 2021.

 
 Yo, divisando el Cañón de Santa Elena. El Río Bravo pasa por en medio. La sierra de la izquierda es México, la de la derecha es el Big Bend National Park, EEUU.
 El río Bravo en su paso por Santa Elena. A la izquierda es México y a la derecha los Estados Unidos.
 
 
 Una maravillosa panorámica de mi añorado terruño, Santa Elena, Chih., con la Sierra de Ponce al fondo. La foto original es de Eva Ronquillo.
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