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RECUERDOS DE LOS AÑOS VIVIDOS EN SANTA ELENA

 Marcelo Amaro Villalobos

 Generación 1966. ENR Salaices, Chih.

Puede ser una imagen de 1 persona y sonriendo

Profesor Marcelo Amaro Villalobos

 Desde el punto en que nos encontrábamos mis amigos y yo, a media mañana de un día de finales de mayo, la vista era esplendorosa. Un valle angosto y alargado que se retuerce angustiosamente en el espacio que lo comprime.

  Por el Norte, el Río Bravo, y hacia el Sur, la Sierra de Ponce. Desde La Boquilla, arribita de La Gloria, hasta El cerro de Las Congojas, mas abajito de La Rana.

  Son unos 80 kilómetros de un macizo montañoso que corre paralelo al río y que presenta, con vista al vallecito, una caída a plomo; un ¨reliz¨ -como lo llamamos aquí-, o más bien una serie de relices a lo largo de la sierra. Desde La cuesta donde estamos podemos ver una caída libre de 300 a 500 metros.

  Y ahí estábamos los siete amigos adolescentes: Mario y Gabelo Barraza, Javier Manzano, Fito Hernández, Manuel -el del cerrito-, mi hermano Gildardo y yo, disfrutando de aquel inolvidable paisaje de colores y olores campiranos.

  Por la noche había llovido y las cascadas de los arroyos que bajan de la cuesta, escurrían sin mucha fuerza su preciado líquido con rumbo al cercano Río Bravo; la brisa que hasta nosotros llegaba venía impregnada del olor a gobernadora mojada y, al fondo, confundidas entre el color verde tierno del mezquital que ya empezaba a cubrirse con sus racimos de pequeñas florecitas amarillas, veíamos e intentábamos identificar cada uno nuestra casa. Nuestro entrañable hogar materno en Santa Elena. Era el año de 1958.

  En Santa Elena vivíamos. Mis padres, mis hermanos y yo habíamos llegado hacía seis años con una oleada de campesinos procedentes de una comunidad del Valle de Juárez llamada Colonia Esperanza, mejor conocida como ¨La Colonia¨, en el municipio de Praxedis G. Guerrero.

 Yo tenía siete años y en el transcurso de los siguientes siete me dediqué, al igual que mis hermanos y todos los muchachos de aquel pequeño ejido, además de ir a la escuela, a muchas otras actividades propias de aquellos tiempos y de aquellas condiciones no muy favorables que digamos, en las que se desenvolvió nuestra infancia y adolescencia.

 Una etapa que marcó en cierto modo mi breve paso por Santa Elena, fue cuando me desempeñé como vaquero.

 Ya estábamos allá cuando don Lencho, -nuestro padre- mandó a Chicho Naranjo y a otros trabajadores por tres o cuatro vacas que habían dejado en La Colonia y se las llevaron !Caminando! por toda la margen derecha del río Bravo en un recorrido que tardó dos semanas y llegaron aquellos pobres animales {y los vaqueros) a su destino hechos unos ¨guésgueres¨ y con las pezuñas deshechas a pesar de los "zapatos" que con cartones y lonas les hicieron.

 A partir de entonces me convertí en vaquero; un vaquero muy singular: de a pie y descalzo (mi primer par de zapatos, que recuerde, lo estrené a la edad de 10 años).

 El hato ganadero fue creciendo hasta completar una docena o algo así, pero yo nunca tuve ni tan siquiera un burro para andar detrás de aquellos animales, a veces por entre los jarillales del río, a veces por los cerros de piedras afiladas, como El Piloncillo, y en invierno ‘’tatemándoles’’ nopal, entre el monte de mezquites.

 Mi compañero en esas actividades de vaqueros, fue Manuel -el del cerro-, en ocasiones Fito y, claro, Gildardo mi hermano. Había ciertas temporadas que también don Laurito Hinojos, papá de El Meño, andaba con nosotros. El era muy bueno para charrascar nopales.

 En Santa Elena todos sabíamos nadar y esa era una de las diversiones favoritas de niños y jóvenes, razón por la que la profesora Amparo emprendió una campaña para establecer el uso del calzón de baño en los varones, sin lograr convencer a nadie.

 Por razones de las costumbres y las formas de pensar de aquellos tiempos, las mujeres (muchachas) no se bañaban en el río, o lo hacían escondiéndose en los recovecos. Creo que muy pocas, o ninguna, aprendió a nadar, lamentablemente.

 Mis hermanas Catalina (q.e.p.d.) Josefina y Estelita me han dicho que ellas muy raras veces se bañaron en el río y no aprendieron a nadar. Hoy eso se vería como una clara discriminación hacia las mujeres o ‘’misoginia’’, pero ni modo; así eran aquellos tiempos.

 En ocasiones, las noches de verano eran propicias para algún chapuzón en ‘’el remance’’. Pero como aseo personal, sólo nos bañábamos los sábados por la tarde, con jabón Fab, para cambiarnos la ropa que habíamos traído puesta toda la semana.

 Aunque fuera el río muy crecido en los meses de agosto y septiembre, los grandes nadadores del pueblo cruzaban el rio en balsas de troncos y tambos vacíos para trasladar a alguna persona enferma u otra emergencia, y llevarlos ‘’al otro lado’’.

 Había pescadores hábiles y muy ‘’truchas’’ que obtenían regulares piezas de bagres, agujas y tortugas comestibles (jicoteas) en las partes más hondas del río, como La Coyota, El Vado de Arriba, Las Congojas, etc. De eso ya no queda nada, como resultado de las sequías y de la contaminación.

 Ahora, visto desde aquí, resulta totalmente increíble el hecho de que fuera para nosotros completamente normal, el empinarnos a beber agua del río al lado de burros y vacas.

 Don Lencho - mi padre- fue un buen agricultor y dedicó su vida al cultivo del algodón en aquel rinconcito del desierto chihuahuense. Tenía un tractor John Deere equipado con maquinaria y de él no se bajaba mientras hubiera algo que hacer en la labor.

 También trabajó de tractorista algunos años en Castolón, cuando era un rancho agrícola, o sea, cuando aún no existía el Big Bend; claro que esa actividad lo libraba de participar en algunas otras, digamos, un poco más rudas, como sacar cepas, el azadón o la pizca. Ese trabajo lo desempeñaban mis hermanos mayores: Cipriano, Miguel y Rey.

 El cultivo principal era el algodón, pero se sembraban y cosechaban muchas otras especies en menor cantidad, como maíz, frijol, alfalfa, sandías, hortalizas y hasta cacahuates. De todo se daba en esa buena tierra. Pero básicamente, la comunidad dependía del algodón, es decir, era un monocultivo, lo que en gran medida fue un error que pesó mucho en el fracaso y colapso final de aquel inolvidable rinconcito tan alejado de todo, menos de nuestros añorados sueños infantiles-juveniles.

 El algodón era un producto agrícola redituable. Sigue siendo redituable y tiene demanda garantizada a nivel mundial. Pero el sueño que tuvo aquel grupo de nobles campesinos no pudo ser implantado en esa pequeña bolsa del Río Bravo. La tierra era buena y había agua en abundancia pero la inmensa distancia que había que recorrer por caminos lastimosamente descompuestos para llevar a vender la cosecha a la Ciudad de Ojinaga, fue un obstáculo.

 Se hacía en el recorrido, un promedio de 24 horas en la troca cargada con 4 o 5 toneladas de algodón, siempre y cuando el camino no estuviera destrozado por las lluvias o que no se quebrara la troca. Ambas desgracias sucedían con frecuencia.

 La corrupción e insensibilidad de las dependencias del gobierno, como el Banco Ejidal, la Aduana, los Forestales, etc. terminaron por dar la puntilla final a aquel sueño imposible.

 De la convivencia familiar y de la diversión con los amigos, mi memoria ya un tanto gastada, conserva retazos, quizás medio confundidos o modificados a conveniencia. Se dice que nuestro cerebro en su increíble funcionamiento, conserva para el recuerdo los momentos agradables y borra o nos esconde en algún sitio recóndito los desagradables.

 Además, yo viví solamente siete añitos en Santa Elena. En septiembre de 1960 me llevaron a Salaices el profesor Alfredo Chávez Luna y mi papá. Allá estuve seis años. Regresábamos del Internado en los meses de julio y agosto, pero yo cada vez me sentía más alejado y ajeno al ámbito familiar y, lo que es más triste para un adolescente, me sentía desintegrado del grupo de amigos al que alguna vez pertenecí.

Cd. Juárez, Chih., marzo de 2021.

 
 Yo, divisando el Cañón de Santa Elena. El Río Bravo pasa por en medio. La sierra de la izquierda es México, la de la derecha es el Big Bend National Park, EEUU.
 El río Bravo en su paso por Santa Elena. A la izquierda es México y a la derecha los Estados Unidos.
 
 
 Una maravillosa panorámica de mi añorado terruño, Santa Elena, Chih., con la Sierra de Ponce al fondo. La foto original es de Eva Ronquillo.
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HAY SERES DE ULTRATUMBA QUE REGRESAN A HACER EL BIEN.
UN CUENTO BASADO EN HECHOS REALES.

Autor: Marcelo Amaro Villalobos.

En mi segundo año de servicio docente, en 1968, me desempeñaba como director y profesor en la comunidad del ejido Heredia y anexas, municipio de Guerrero, Chih. La cabecera de la zona escolar estaba en San Juanito y hacia allá me dirigí un fin de semana del mes de noviembre a llevar alguna documentación y comprar material escolar.
Al siguiente día, domingo, venía de regreso. Tomé el Autovía en San Juanito a las cinco de la tarde, rumbo a La Junta. Me bajé en El Terrero (no el de Namiquipa) éste era una estación del Ch-P a unos 20 km antes de La Junta. Me fui caminando una hora para llegar a La Caseta, por donde pasan las trocas madereras que van de los aserraderos a Cuauhtémoc, y a la inversa. Pedí un café a “doña Cata” y me senté a esperar a que pasara un rait con rumbo a Heredia.

Empezaba a oscurecer y a lloviznar, cuando llegaron: Eran dos jóvenes en una troca grande que iban al viaje. Me aclararon que no pasarían por Heredia sino por Las Ranas, “cerquita de a donde va usted; brinca un cerrito y ahí está” -me dijeron. No había mucho qué pensar. Tomé mi bolsa de papel en la que llevaba botes de pintura, brochas, cartulinas, dos latas de la lechera y me subí a la “trocera”
Avanzamos unas dos horas; ya era de noche, la lluvia había arreciado y empezaban a correr arroyos por todos lados, en plena Sierra Tarahumara. - _ - “Aquí es Las Ranas”, me dijeron. Yo sólo alcanzaba a distinguir dos o tres jacales en ruinas y sin rastros de algún ser humano. - “Mire profe, aquí había una vereda pero ahorita no se distingue por la lluvia. Sube por ese cerro, se va derechito, derechito… Al bajarlo le sigue igual, derechito y en menos de una hora va a divisar las luces de las primeras casas de Heredia”

Les di las gracias, tomé mi mandado, me encomendé a todos los santos y empecé la subida. Al llegar a la parte más alta iba yo hecho una miseria. Empapado de pies a cabeza, temblando de frío,la bolsa y su contenido ya los había “escondido” -según yo- para regresar por ellos, pero lo peor de todo, ¡Estaba perdido!: No podía regresar por donde vine, ni seguir “derechito, derechito” porque no sabía ni dónde quedaba el Norte, ni por cuál rumbo había llegado. Sería la media noche y seguía la pertinaz llovizna. Empecé a preocuparme o mejor dicho, me empezó a dar miedo.
Cuando de pronto… ¡Aleluya! Escuché hacia la parte de abajo del cerro, los débiles ladridos de un perro, y hacia allá me dirigí. En un pequeño claro del bosque estaba una casita de troncos, como casi todas las de esos rumbos. Había dos perros, no muy grandes, que salieron de algún lado pero no me ladraron, más bien movían la cola en señal de aceptación. Por la pequeña ventana no alcanzaba a distinguir alguna persona, pero el calentón hecho de medio tambo, como todos los de esos rumbos, estaba encendido. Toqué a la puerta. No tardó en aparecer un hombre de la etnia rarámuri (obvio) que, al ver el triste aspecto que seguramente yo presentaba, no dudó en invitarme a pasar, mostrando amabilidad y preocupación al escuchar mi relato.
- Ya mero llega, me dijo. Aquí adelantito está Heredia.
- Pues sí; eso mismo me dijeron allá en Las Ranas, y mire lo que me pasó. Lo que quiero es que me lleve usted ahorita, o al menos me encamine hasta donde dice que está el camino de las trocas.
- Pos qué caray, orita no puedo porque… Mire, quédese aquí y en la mañana tempranito lo llevo. En el corral tengo el caballo.
- Pero… ¡Vea cómo traigo la ropa!
- Orita lo arreglamos. O verá. Se pasó a otro cuarto y regresó en un instante.

Me trajo una sábana viejita pero limpia y dobladita; una cobija de lana y unos cartones. Puso los cartones en el piso junto al calentón, encima la cobija, y la sábana me la puso en mis manos, luego arrimó unas sillas al calentón.
- Enrédate en esa sábana pa que pongas la ropa a secar, te acuestas a dormir y en la mañana nos vamos. Yo te recuerdo temprano. Metió unos buenos leños de encino al calentón y me dejó.

Al rato escuché ruidos raros en el cuarto donde él estaba, como que abrieron una puerta y entraron los perros. El hombre murmuraba; pensé que platicaba con la esposa, pero me convencí que lo hacía con los perros, sólo que éstos gruñian no como los perritos que me recibieron tan bien cuando llegué, eran rugidos de animales salvajes… O al menos esa impresión me dio, sería por el miedo que aún no superaba. El cansancio me rindió y me quedé dormido.

Aún no amanecía y yo ya estaba despierto. Creo que sólo había “dormitado” las dos o tres horas que estuve tirado en aquel cartón. Me levanté, me vestí rápidamente con mi ropa seca. Pensé en atizar la lumbre, pero ya no había leña. Hice ruido: Primero con disimulo, y cada vez más fuerte esperando que “alguien” saliera del cuarto contiguo, pero nadie llegó. Moví con cierto nerviosismo la lona que cubría la puerta y ¡No había nadie!
Salí de la casa volteando para todos lados buscando a mi anfitrión y salvador de aquella noche. No estaban ni los perritos, pero en su lugar vi salir huyendo a siete coyotes que pronto se perdieron en el bosque de pinos.

No me resultó difícil encontrar una vereda que seguí, y a los 15 minutos estaba sobre el camino “carretero” que viene de San Juanito, pasando por La Lusiana y La Cueva del Toro, el cual ya había recorrido algunas veces. Marchando a paso acelerado, en menos de una hora estaba entrando en la casa del maestro en meritito Heredia.

Ya en la escuela, conté mi “aventura” con todos sus detalles, a mis compañeros maestros: Ramón Valdez, Juanita Solis y Conchita Alejandro. A los dos o tres días se lo conté a algunos de mis amigos jóvenes de la comunidad, con un propósito: Que me acompañaran el siguiente sábado para ir a recuperar los botes de pintura y demás cosas que había escondido en el bosque.
Y así lo hicimos. Dos jóvenes y yo (también jóven, en aquellos lejanos tiempos) salimos el sábado temprano por el mismo camino por el que yo había llegado. Claro que en el trayecto la conversación se centraba en lo que fue mi estancia en aquella choza y los extraños sucesos, especialmente de cómo fue mi despedida. Ellos, los jóvenes, me decían no tener conocimiento (o no recordar) que por esos rumbos hubiera una casa como la que yo les describía, así que a medida que nos acercábamos, aumentaba la curiosidad, la intriga, el gran interés por aclarar todo ese tenebroso misterio.

Llegamos. En un claro del bosque se divisaba una choza, yo estaba seguro de que este era el lugar que andábamos buscando y seguimos avanzando. Pero, entre más nos acercábamos,mayor era mi estupor: La casita estaba casi en ruinas y con señas de que hacía mucho que nadie la habitaba.
-¿Está seguro que esta es la casa donde usted estuvo esa noche? Me preguntó Arturo.
-Estoy seguro. Llegué por esa ladera, entré por esa puerta (puerta que ahora la veía con el marco caído) y cuando me fui salí rumbo a donde se mete el sol, de donde ahora llegamos.
-Ahhh! Me estoy acordando, dijo el Tingue. En esta casa vivían unos “tarumaritos” pero ¡hace como 4 años que murieron!
-Sí, complementa Arturo. Eran un par de viejitos, esposos. Pero !No puede ser eso que Ud. dice, profe! A ellos cuando los encontraron ya eran casi los puros huesos, se los habían comido los coyotes.
-Y desde entonces la casa está abandonada, hasta se han llevado algunas vigas del techo. Pero a nadie se le ocurriría vivir aquí. ¡Le tienen miedo a los coyotes! Acabó de rematar Lupe.

Y yo… ¿Qué pensaba..? Pues ¡Tantas cosas..! A cada intervención de aquellos muchachos, se me desorbitaban más los ojos y movía la cabeza para todos lados, sin embargo, en cada detalle que observaba alrededor me confirmaba que este era el lugar donde yo fui recibido tan amablemente en
una noche de lluvia, con mucho frío y miedo.
Ahora sólo digo: En aquel momento ¿Me estaban guiando y protegiendo las oraciones de mi madre?

Continuamos por entre el bosque El Tingue, Arturo y yo en busca de los botes de pintura, brochas, cartulinas y botes de leche, pero no encontramos nada.

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Cd. Juárez., 23 de enero de 2024.



EL MADROÑO

            Marcelo Amaro Villalobos 

            Generación 1966

ENR Salaices, Chih.

 Puede ser una imagen de 1 persona y sonriendo

Hay cuatro árboles representativos en la sierra de Chihuahua: el pino, el encino, el táscate y el madroño. El madroño me tiene fascinado. Cada vez que me detengo a observarlo –y lo hago cada vez con más detenimiento- encuentro en él nuevos motivos para admirarlo, quererlo y protegerlo. Vea usted si no.

        Algunos nacen y crecen en las grietas de un reliz vertical de muchos metros de profundidad, como si estuvieran huyendo de alguien o pretendieran mostrarse como únicos equilibristas entre todas las especies vegetales del bosque. Ahí desarrollan su tronco robusto y macizo apuntando hacia el voladero, pero sus ramas no; ellas buscan apresuradas el equilibrio y lo logran formando curvas elegantes e incomprensibles de casi 180 grados hasta llegar a tierra firme para recuperar el necesario centro de gravedad.

             Seguramente que esa desafiante tendencia milenaria los ha llevado a desplegar formas tan caprichosas, únicas y sin motivo aparente en todos los demás miembros de su especie que nacen y prosperan en terrenos más o menos planos.

           Ninguna de sus ramas apunta directo al cielo, como las del pino o del táscate. No; las ramas del madroño buscan el sol y el viento, pero sin prisa. Son centenarios -¿o milenarios tal vez?- y sus ramas avanzan muy lentamente, algunas totalmente perpendiculares al tronco, pero tienen tiempo para pensarlo y entonces se arrepienten del rumbo que llevan, porque habría que ver los giros que dan: Se inclinan hasta el suelo, se retuercen, se devuelven y recuperan el camino, pero nunca pierden la elegancia, al contrario, con esas cabriolas al viento van modelando el ser vivo, armonioso, gracioso y único que es el madroño.

 Madroño fotografía — Photo-Sales.com

            Su tronco –ya lo dije- es robusto y fuerte pero no recto como el del pino, ni rugoso y rústico como el del encino. El madroño tiene una piel fina que renueva dos veces al año. Durante el invierno se cubre con una flexible capa aterciopelada de color rojo quemado que le dura seis meses. En pleno verano se le forman rizos secos y se caen, entonces se va descubriendo una corteza de color blanco aperlado, tan fina y suave al tacto que si usted desliza su mano por las sinuosas curvaturas de sus ramas, no requerirá de mucha imaginación para fabricar en su mente pensamientos sensuales… Ya lo dijo la escritora chihuahuense Guadalupe Guerrero: “El madroño es el árbol de las pasiones más escondidas”.

             Su madera es fina. Tan dura y compacta que ninguna clase de termitas la ataca, y las venas de color rojizo le dan un aspecto muy atractivo y apreciado por los compradores de muebles rústicos y por los fabricantes de artesanías.

          ¡Ah!, pero ahí no terminan las razones por las que estoy fascinado con este bello árbol de las montañas, es que ¡también da frutos! Así es. Poco antes de que comience el invierno, digamos en el mes de noviembre, las puntas de sus ramas se adornan con racimos de frutitas redondas del tamaño de un piñón, carnositas y dulces, de color amarillo anaranjado. En otros tiempos eran un manjar para los niños, hoy sólo los adultos las buscamos con un afán cargado de nostalgia.

         ¿Por qué no habrá árboles de madroño en los pueblos? ¿En los parques, en los jardines…? ¿Será porque crece de manera tan desordenada y sin ningún rumbo? Pero, ciertamente, ¡eso es lo que le da su principal atractivo!

           Después de observarlo en detalle me convenzo de que también él tiene algo de culpa: Es modesto, no sobresale de entre los demás árboles del bosque; es discreto, vive preferentemente en zonas de difícil acceso y también es delicado.

          Yo quise tener al menos uno en el jardín de mi casa, los sacaba y transportaba con cuidado a una distancia de 300 metros. Hasta el tercer intento se me logró… y ahí está, exuberante y bien querido, lanzando sus ramas hacia los cuatro puntos cardinales. Se llama Plutarco.  

 

LA OWIJA  (Relato)

Marcelo Amaro Villalobos

Los hechos que voy a narrar son verídicos y sucedieron en el verano de 1983 en un rancho de la sierra, cuando estábamos de vacaciones mi familia y yo.

La verdad detrás de la no tan misteriosa tabla de la Ouija - La Tercera

 Entre los preparativos que hacíamos para salir, ¡por fin!, a respirar el aire puro, se incluía –por supuesto- una ida a El Paso a comprar los milky way, el pantalón “livais” y quizá un relojito de cinco dólares que llevaríamos de regalo a mis suegros y demás familiares, porque en ese tiempo todavía eran una novedad esos productos, hoy ya no: los encuentras en “el pasito” de cualquier población del interior.

 Entré al Kress (todavía no existía Walmart) y me puse a buscar algún juego que sirviera para entretener al grupo familiar durante las largas noches del verano lluvioso de una pequeña comunidad indígena en la que se desempeñaba como maestra mi queridísima suegra.

 Recorrí dos veces el departamento, destripé varias cajas para leer las instrucciones, pero ninguna me convenció. Eché una última mirada a los objetos de más arriba y ahí estaba. Yo digo que apareció de pronto porque ya había recorrido ese lugar sin verla y aunque nunca la había tenido en mis manos, ni recuerdo haber pensado antes en poseerla, la atracción fue “a primera vista”.

 Ahí estaba la OWIJA, cuyos colores y atractivo visual resaltaban aún más a través de celofán que la envolvía. La pagué y salí feliz con mi compra, sintiendo que estaba cumplida la misión que nos había llevado allende el Bravo, después de encontrarme con mi esposa y con mis hijos que salían con sendas bolsas de la J. C. Penny.

 Llegamos a Sojáhuachi y nos instalamos unos en el salón de la escuela (eran vacaciones) y otros en los dos cuartitos que formaban la casa del maestro y ahora sí, a llenarnos los pulmones con el aire fresco y puro del bosque, y los sentidos con la hermosa vista de los arroyos, los pinos y los peñascos que sólo aquí, en la Alta Tarahumara, se encuentran.

 Como efectivamente las tardes eran lluviosas y muy frescas, disfrutábamos las reuniones familiares hasta avanzada la noche, alrededor de la estufa de leña que siempre tenía encima la jarrilla de café hirviendo y, de rato en rato, otros apetitos calentándose.

 Una de esas noches, cuando los niños ya se habían ido a dormir en compañía de los abuelos, nos dispusimos a culminar la velada con otra sesión de preguntas de la OWIJA, como lo habíamos hecho en dos o tres ocasiones anteriores.

 Esta vez éramos cinco adultos, incluyendo a mi cuñada que había llegado ese día con sus dos pequeñas. Su situación era lamentable porque aún no superaba el terrible sufrimiento que le causaba la reciente muerte de su esposo, asesinado en su presencia y la de sus hijas, en una carretera, llegando a Mazatlán. Nunca supimos por qué… tal vez ella sí lo sabía.

 Después de algunas preguntas para adolescentes (en la tertulia había dos) –que si fulanita tenía novio, que si iba a reprobar Biología…- pasamos a otras más formales; alguien sugirió: “Vamos a preguntarle algo de Beto.

 Humberto se llamaba mi concuño fallecido y como se trataba de mostrarle a Lucy (mi cuñada) las sorprendentes facultades de la OWIJA, pues manos a la obra. Se colocó en el centro la pareja que ya habíamos notado tenía más facilidad para “comunicarse” con la tabla: pegaron sus rodillas por debajo de la mesa y entre todos acordamos la primera pregunta obvia: ¿Quién mató a Beto?... Y ahí vamos: los tres dedos centrales de las manos de ambos operadores, colocados a un centímetro por encima del “cursor” (no sé cuál sea el nombre de esa piecesita que se mueve sobre la tabla para ir formando la respuesta esperada) fueron señalando las letras.

 -             S-E-C-R-E-T-O, fue la respuesta.

 Incertidumbre y desconcierto de todos: ¿Secreto de quién?, ¿lo mató el Servicio Secreto?, o… ¿secreto de familia?

 -             Hagamos la pregunta de otra manera, dijeron.

 -             ¿Dónde están las personas que mataron a Beto?

 -             D-E-N-T-R-O, fue la respuesta.

 -            ¡¿Dentro de dónde?!, ¿de esta casa?, ¿de la familia? Más incertidumbre y más curiosidad entre nosotros.

 Tercera pregunta, más específica:

  -¿Alguno de nosotros conoce a los que mataron a Beto?

 Primero un ruido desagradable, como de gatos peleándose en el entretecho de la casa, e inmediatamente después nos encontramos en tinieblas.

 Sobresaltos, manoteos en la oscuridad y gritos reales o fingidos de las jovencitas ahí presentes: el foco de 60 watts se había fundido. A oscuras corrió cada quien hacia donde creía encontrar protección; más bien, al lugar que teníamos asignado para dormir, pero tras breves comentarios en voz baja, y acelerados por la emoción de aquel momento, los adultos acordamos regresar a la cocina y continuar la sesión a la luz de un quinqué.

 La siguiente pregunta, obvia, fue:

 -             ¿Quién nos apagó la luz?

 Los dedos temblorosos se colocaron encima del cursor; todos seguíamos absortos su deslizamiento a través del abecedario y veíamos en silencio y con ansiedad la palabra que iba formando. No tuvimos que esperar mucho. La respuesta de la OWIJA fue clara y contundente: 

 -             B-E-T-O.

 Ni una palabra cruzamos entre nosotros, sólo miradas con ojos que amenazaban con salirse de las cuencas, y así, en silencio, nos fuimos a dormir cuando afuera ya se iluminaba el bosque con los primeros relámpagos de una tormenta que se aproximaba amenazante.      

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LA OWIJA  (Relato)

Marcelo Amaro Villalobos

Los hechos que voy a narrar son verídicos y sucedieron en el verano de 1983 en un rancho de la sierra, cuando estábamos de vacaciones mi familia y yo.

La verdad detrás de la no tan misteriosa tabla de la Ouija - La Tercera

 Entre los preparativos que hacíamos para salir, ¡por fin!, a respirar el aire puro, se incluía –por supuesto- una ida a El Paso a comprar los milky way, el pantalón “livais” y quizá un relojito de cinco dólares que llevaríamos de regalo a mis suegros y demás familiares, porque en ese tiempo todavía eran una novedad esos productos, hoy ya no: los encuentras en “el pasito” de cualquier población del interior.

 Entré al Kress (todavía no existía Walmart) y me puse a buscar algún juego que sirviera para entretener al grupo familiar durante las largas noches del verano lluvioso de una pequeña comunidad indígena en la que se desempeñaba como maestra mi queridísima suegra.

 Recorrí dos veces el departamento, destripé varias cajas para leer las instrucciones, pero ninguna me convenció. Eché una última mirada a los objetos de más arriba y ahí estaba. Yo digo que apareció de pronto porque ya había recorrido ese lugar sin verla y aunque nunca la había tenido en mis manos, ni recuerdo haber pensado antes en poseerla, la atracción fue “a primera vista”.

 Ahí estaba la OWIJA, cuyos colores y atractivo visual resaltaban aún más a través de celofán que la envolvía. La pagué y salí feliz con mi compra, sintiendo que estaba cumplida la misión que nos había llevado allende el Bravo, después de encontrarme con mi esposa y con mis hijos que salían con sendas bolsas de la J. C. Penny.

 Llegamos a Sojáhuachi y nos instalamos unos en el salón de la escuela (eran vacaciones) y otros en los dos cuartitos que formaban la casa del maestro y ahora sí, a llenarnos los pulmones con el aire fresco y puro del bosque, y los sentidos con la hermosa vista de los arroyos, los pinos y los peñascos que sólo aquí, en la Alta Tarahumara, se encuentran.

 Como efectivamente las tardes eran lluviosas y muy frescas, disfrutábamos las reuniones familiares hasta avanzada la noche, alrededor de la estufa de leña que siempre tenía encima la jarrilla de café hirviendo y, de rato en rato, otros apetitos calentándose.

 Una de esas noches, cuando los niños ya se habían ido a dormir en compañía de los abuelos, nos dispusimos a culminar la velada con otra sesión de preguntas de la OWIJA, como lo habíamos hecho en dos o tres ocasiones anteriores.

 Esta vez éramos cinco adultos, incluyendo a mi cuñada que había llegado ese día con sus dos pequeñas. Su situación era lamentable porque aún no superaba el terrible sufrimiento que le causaba la reciente muerte de su esposo, asesinado en su presencia y la de sus hijas, en una carretera, llegando a Mazatlán. Nunca supimos por qué… tal vez ella sí lo sabía.

 Después de algunas preguntas para adolescentes (en la tertulia había dos) –que si fulanita tenía novio, que si iba a reprobar Biología…- pasamos a otras más formales; alguien sugirió: “Vamos a preguntarle algo de Beto.

 Humberto se llamaba mi concuño fallecido y como se trataba de mostrarle a Lucy (mi cuñada) las sorprendentes facultades de la OWIJA, pues manos a la obra. Se colocó en el centro la pareja que ya habíamos notado tenía más facilidad para “comunicarse” con la tabla: pegaron sus rodillas por debajo de la mesa y entre todos acordamos la primera pregunta obvia: ¿Quién mató a Beto?... Y ahí vamos: los tres dedos centrales de las manos de ambos operadores, colocados a un centímetro por encima del “cursor” (no sé cuál sea el nombre de esa piecesita que se mueve sobre la tabla para ir formando la respuesta esperada) fueron señalando las letras.

 -             S-E-C-R-E-T-O, fue la respuesta.

 Incertidumbre y desconcierto de todos: ¿Secreto de quién?, ¿lo mató el Servicio Secreto?, o… ¿secreto de familia?

 -             Hagamos la pregunta de otra manera, dijeron.

 -             ¿Dónde están las personas que mataron a Beto?

 -             D-E-N-T-R-O, fue la respuesta.

 -            ¡¿Dentro de dónde?!, ¿de esta casa?, ¿de la familia? Más incertidumbre y más curiosidad entre nosotros.

 Tercera pregunta, más específica:

  -¿Alguno de nosotros conoce a los que mataron a Beto?

 Primero un ruido desagradable, como de gatos peleándose en el entretecho de la casa, e inmediatamente después nos encontramos en tinieblas.

 Sobresaltos, manoteos en la oscuridad y gritos reales o fingidos de las jovencitas ahí presentes: el foco de 60 watts se había fundido. A oscuras corrió cada quien hacia donde creía encontrar protección; más bien, al lugar que teníamos asignado para dormir, pero tras breves comentarios en voz baja, y acelerados por la emoción de aquel momento, los adultos acordamos regresar a la cocina y continuar la sesión a la luz de un quinqué.

 La siguiente pregunta, obvia, fue:

 -             ¿Quién nos apagó la luz?

 Los dedos temblorosos se colocaron encima del cursor; todos seguíamos absortos su deslizamiento a través del abecedario y veíamos en silencio y con ansiedad la palabra que iba formando. No tuvimos que esperar mucho. La respuesta de la OWIJA fue clara y contundente: 

 -             B-E-T-O.

 Ni una palabra cruzamos entre nosotros, sólo miradas con ojos que amenazaban con salirse de las cuencas, y así, en silencio, nos fuimos a dormir cuando afuera ya se iluminaba el bosque con los primeros relámpagos de una tormenta que se aproximaba amenazante.      

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50 ANIVERSARIO DE LA G. 60-66 DE LA ENR DE SALAICES. (Palabras de bienvenida)

Marcelo Amaro Villalobos

Pues bien, compañeros: Aquí estamos nuevamente como hace cincuenta años. Que facilito lo digo, ¿verdad?, sin embargo, la maravilla de nuestra mente nos remite en este instante a otro espacio y a otro momento, que paso a relatarles:

 Son las 5 de la mañana de un día cualquiera… Mejor de un lunes, para ponerlo más simbólico.

 La banda de guerra atendió a regañadientes los gritos del maestro de guardia y en 15 minutos ya está en el pórtico. Magnifico e irrepetible portal de tres arcos de nuestra amada Alma Mater.

 

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 Los agudos acordes de las cornetas y el monótono redoble de los tambores retumban no sólo hasta el último rincón del edificio, sino que llegan con toda puntualidad hasta los hogares de La Hacienda, El Porvenir y más allá.

 En el dormitorio sur, el “tres de diana” provoca quejidos, lamentos y maldiciones en voz alta. Algunos fueron a su casa el fin de semana: Cano a Jiménez; Félix, El Querubín y Guerre a El Oro; pero había casos más difíciles, los que fueron a bailar… o “a morrear”, como el Chico Matracas, el Zape Rubio, Pedro Tarín, Toño y el Chupitos, entre otros…

 De todos modos no había clemencia para nadie. Ni la buscábamos. A las 5:30 ya estábamos los 300 alumnos del internado pasando lista de presentes, cada uno en su respectivo pelotón, en espera de la voz de mando de “El Caniz” para romper filas: ¡sale pato! (después fue Camacho).

 A las 6 de la mañana, invariablemente, todo mundo toma clases en su salón… y el gran edificio permanece en silencio.

 ¡Ahh!, tiempos aquellos. Pero la vida pasa y nosotros junto con ella. Ya se ha dicho: Los salaicinos somos una especie en extinción. Pero aquí estamos, hoy compañeros, y eso es lo que cuenta. Aquí estamos para decirle al mundo, a nuestro mundo, formado por los seres que amamos, que hace 50 años egresamos como maestros.

 Hoy queremos contarles algo de esos momentos de convivencia fraterna, una parte breve pero muy definitoria de nuestras vidas, porque para los que nos tocó la suerte de vivir en plena adolescencia la interesante aventura del internado, siempre serán un halago las remembranzas, como las que tendremos hoy.

 Y no voy a desaprovechar el momento frente a tan bonito auditorio, para echarle flores a aquella sociedad de alumnos “Corazón y Acero”, cuyas asambleas fueron escuela de formación para todos nosotros. Aquellas asambleas en las que todo se discutía, se criticaba, se proponía y se llegaba a un acuerdo, pero nunca se amenazaba a nadie por ser “desidente”. Jamás  nos guiábamos por consignas o “línea” alguna, y a nadie, ni siquiera a los novatos, se les presionó para que votaran por algún candidato.

 Cómo añoramos después aquellas formas casi utópicas de convivencia social cuando por ironías de la vida, siendo ya profesores y adultos, todos pasamos a formar parte de un sindicato absolutamente corrupto y corruptor, hasta nuestros días.

 Yo digo que nuestra generación, o más bien las generaciones de maestros salaicinos, de los años 50’s y 60’s fuimos muy afortunados y… muy desgraciados (en el buen sentido).

 Me explico; afortunados porque partíamos hacia la comunidad rural que se nos asignara, ya fuera a las profundas barrancas con alma de plata de Batopilas y Urique, a las nevadas cumbres del Mohinora en Guadalupe y Calvo o a los fríos bosques de pino en San Juanito.

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 Los laguneros, a la sierra del ´espinazo del diablo´ y hubo quien fue a dar a las puertas de El Gargaleote, en S.L.P... Y hasta allá fuimos, con el corazón rebozando de alegría y en la mente una convicción forjada a través de la convivencia diaria con nuestros maestros y nuestros hermanos del internado.

 Íbamos a transformar la sociedad. Llevábamos la antorcha que los liberaría no solo de la ignorancia, sino principalmente de la explotación de los caciques y de la cruel desigualdad y miseria en que los tenía sumidos el capitalismo.

 “Los caminos de la juventud son caminos de izquierda”,  decíamos. “Son soñadores e ilusos”, nos decían algunos. Y tal vez lo éramos, pero más de uno arriesgó el pellejo… O lo ofrendamos en aras de esos sueños.

 Y, sin embargo, fuimos desdichados en este sentido: buscábamos el cambio y todo sigue igual; demandamos justicia social y ésta sigue siendo una aspiración lejana no sólo de México,  sino de la humanidad entera.

 ¿Y la educación? ¿Qué está pasando con la educación? No es necesario decirlo aquí pero hay tantas cosas que deberían mejorar. Lamentablemente ninguna tiene que ver con los vituperios tendenciosos y malvados que se lanzan a diario en contra de los profesores de base.

 Pero no se incomoden, compañeros. Estoy bien consciente de que no venimos a echar rollo (pero ya ven como es uno). Mi participación es para decirles, en nombre del comité organizador de esta reunión, que nos sentimos emocionados por estar otra vez juntos.

 A los que vienen de La Laguna, y más allá, ¡bienvenidos! Se les extraña. Qué bueno que regresan a esta tierra que un día los vio – y los sigue viendo- como el ingrediente necesario de Salaices.

 Aquella sociedad pluricultural y pluriétnica de la que formamos parte hace apenas… ¡CINCUENTA AÑOS!

16 de julio de 2016

 

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DATOS SOBRE EL AUTOR

El profesor Marcelo Amaro Villalobos nació en Santa Elena, municipio de Manuel Benavides, Chih., pueblo a orillas del río Bravo, limítrofe de EE UU y México.

 Pertenece a la Generación 1960-1966 de la Escuela Normal Rural de Salaices, Chih., de 57 maestros.

 Prestó sus servicios como maestro en la Escuela Primaria de Heredia y Anexas, Guerrero, Chih., de 1966 a 1968. Del 68 al 72 laboró en la  Escuela Primaria Federal de Creel, Chih. 

 En 1972 obtuvo cambio de adscripción a la Escuela Primaria Ramón López Velarde de Ciudad Juárez, Chih., lugar en donde reside hasta la fecha.

 Laboró también en la Escuela Secundaria Técnica 10 de Caseta, Distrito Bravos, Chih., en la franja fronteriza (de 1980 a 1990) y en la EST 1 de Ciudad Juárez (de 1990 a 1996).

En el trienio 96-99 fue Oficial Mayor del Comité Ejecutivo de la Sección 8 del SNTE en Chihuahua.

El último año de servicio -1999-2000- lo trabajó en la EST 1 de Ciudad Juárez. 

 

 

 

 

 

EL MADROÑO

            Marcelo Amaro Villalobos 

            Generación 1966

ENR Salaices, Chih.

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Hay cuatro árboles representativos en la sierra de Chihuahua: el pino, el encino, el táscate y el madroño. El madroño me tiene fascinado. Cada vez que me detengo a observarlo –y lo hago cada vez con más detenimiento- encuentro en él nuevos motivos para admirarlo, quererlo y protegerlo. Vea usted si no.

        Algunos nacen y crecen en las grietas de un reliz vertical de muchos metros de profundidad, como si estuvieran huyendo de alguien o pretendieran mostrarse como únicos equilibristas entre todas las especies vegetales del bosque. Ahí desarrollan su tronco robusto y macizo apuntando hacia el voladero, pero sus ramas no; ellas buscan apresuradas el equilibrio y lo logran formando curvas elegantes e incomprensibles de casi 180 grados hasta llegar a tierra firme para recuperar el necesario centro de gravedad.

             Seguramente que esa desafiante tendencia milenaria los ha llevado a desplegar formas tan caprichosas, únicas y sin motivo aparente en todos los demás miembros de su especie que nacen y prosperan en terrenos más o menos planos.

           Ninguna de sus ramas apunta directo al cielo, como las del pino o del táscate. No; las ramas del madroño buscan el sol y el viento, pero sin prisa. Son centenarios -¿o milenarios tal vez?- y sus ramas avanzan muy lentamente, algunas totalmente perpendiculares al tronco, pero tienen tiempo para pensarlo y entonces se arrepienten del rumbo que llevan, porque habría que ver los giros que dan: Se inclinan hasta el suelo, se retuercen, se devuelven y recuperan el camino, pero nunca pierden la elegancia, al contrario, con esas cabriolas al viento van modelando el ser vivo, armonioso, gracioso y único que es el madroño.

 Madroño fotografía — Photo-Sales.com

            Su tronco –ya lo dije- es robusto y fuerte pero no recto como el del pino, ni rugoso y rústico como el del encino. El madroño tiene una piel fina que renueva dos veces al año. Durante el invierno se cubre con una flexible capa aterciopelada de color rojo quemado que le dura seis meses. En pleno verano se le forman rizos secos y se caen, entonces se va descubriendo una corteza de color blanco aperlado, tan fina y suave al tacto que si usted desliza su mano por las sinuosas curvaturas de sus ramas, no requerirá de mucha imaginación para fabricar en su mente pensamientos sensuales… Ya lo dijo la escritora chihuahuense Guadalupe Guerrero: “El madroño es el árbol de las pasiones más escondidas”.

             Su madera es fina. Tan dura y compacta que ninguna clase de termitas la ataca, y las venas de color rojizo le dan un aspecto muy atractivo y apreciado por los compradores de muebles rústicos y por los fabricantes de artesanías.

          ¡Ah!, pero ahí no terminan las razones por las que estoy fascinado con este bello árbol de las montañas, es que ¡también da frutos! Así es. Poco antes de que comience el invierno, digamos en el mes de noviembre, las puntas de sus ramas se adornan con racimos de frutitas redondas del tamaño de un piñón, carnositas y dulces, de color amarillo anaranjado. En otros tiempos eran un manjar para los niños, hoy sólo los adultos las buscamos con un afán cargado de nostalgia.

         ¿Por qué no habrá árboles de madroño en los pueblos? ¿En los parques, en los jardines…? ¿Será porque crece de manera tan desordenada y sin ningún rumbo? Pero, ciertamente, ¡eso es lo que le da su principal atractivo!

           Después de observarlo en detalle me convenzo de que también él tiene algo de culpa: Es modesto, no sobresale de entre los demás árboles del bosque; es discreto, vive preferentemente en zonas de difícil acceso y también es delicado.

          Yo quise tener al menos uno en el jardín de mi casa, los sacaba y transportaba con cuidado a una distancia de 300 metros. Hasta el tercer intento se me logró… y ahí está, exuberante y bien querido, lanzando sus ramas hacia los cuatro puntos cardinales. Se llama Plutarco.      

           

 

 

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