foto1
foto1
foto1
foto1
foto1
BIENVENIDOS A NUESTRO PORTAL

ANUNCIOS

LOS CUENTOS DE NAVIDAD

José Luis Aguayo Álvarez

            El tiempo navideño convoca a las más diversas expresiones y pone de relieve también las grandes contradicciones que existen entre nosotros. Junto con la música se expresa el arte de escribir muy particularmente en estas fechas. Por ello, en esta colaboración, incluyo dos breves trabajos literarios. El primero es un cuento que resultó premiado en el concurso convocado por el Heraldo de Chihuahua. El evento, que provino de la iniciativa del Director del Heraldo de Chihuahua, C. Dr. Javier Horacio Orozco C. fue patrocinado por diferentes empresas y lo coordinó un equipo de entusiastas publicistas de la casa editora: Rosario de la Rosa, Carmen Franco, Lucy Mendoza y Rita Parra. En el diseño de todo el evento participaron Anabel Ortiz y Anabel Acosta. El concurso se desarrolló, conforme a la convocatoria, en tres categorías: la A, de 8 a 15 años; la B, de 16 a 30 años y la C, de 30 en adelante. Es alentador saber que se presentaron 208 trabajos concentrándose la mayoría en la primera categoría, en segundo lugar las personas adultas y los jóvenes fueron quienes menos escribieron.

            La temática que abordaron es un reflejo de los tiempos que nos ha tocado vivir: la pobreza entre la raza tarahumara, las angustias de la población, los dramas familiares. Se reproducen también los temas de las películas famosas. El elemento mágico del regalo que viene a compensar el momento difícil aparece con frecuencia en los textos, así como las soluciones sorprendentes a la problemática que afrontan los personajes.

            Nos permitimos reproducir íntegro uno de los cuentos premiados en la categoría C, corresponde a la imaginación del profesor Luis Rubio Nájera que obtuvo el segundo lugar de su categoría en el citado concurso, tiene por título:

 

UN ROBO EN NAVIDAD

            Romualdo se levantó temprano esa mañana. Era diciembre, casi navidad. Como de costumbre, estiró los brazos para terminar de despertar. Antes de ducharse, revisó los bolsillos de su chaqueta; confirmó que no había sido un sueño: ahí estaba su aguinaldo. Tomó entre sus manos el papel y recordó los pocos anuncios en la radio conminándolo a cuidarlo. También tuvo presentes la andanada de comerciales plagados de ofertas navideñas que lo incitaban a comprar el mundo entero.

            Antes de salir de casa, se miró por enésima vez ante el espejo. “Hoy no eres el mismo Romualdo, hoy eres un hombre sumado a su aguinaldo y esto pasa solo una vez al año”, se dijo engreído. Salió. Antes de abordar su Chevrolet 78 regresó a la entrada de su vivienda para cerciorarse de haber cerrado correctamente la puerta principal. Así era cada mañana.

            En el Banco se unió a una larga fila. Intentó iniciar una conversación con sus vecinos de línea pero fue inútil. Confirmó que las hileras de los Bancos no eran para platicar entre sus miembros. Encontró una explicación: no era una fila de iguales, porque muy diferente es quien sólo acude a pagar el teléfono al que va a depositar un millón de pesos. Tan desigual como la sociedad entera.

            Romualdo salió del Banco y se dirigió a un centro comercial. Le fue difícil hallar un lugar libre para su auto en el estacionamiento, como si toda la gente quisiera estar allí ese día. “Algo deben de estar regalando en este sitio”, se dijo. Descendió del auto rojo y confirmó que nadie lo miraba con codicia. Dentro del enorme edificio resultaba difícil caminar entre tanta gente. ¡Era la locura decembrina!

            Horas después Romualdo salió cansado y cargado de regalos. Su auto lo esperaba como fiel escudero. “Quién se puede fijar en ti, mi viejo amigo”, le dijo mientras abría la cajuela para depositar los artículos comprados. Después visitó otras tiendas. El auto se fue abarrotando de cosas en su interior.

            El rostro de Romualdo lucía pletórico de satisfacción con el poder de compra manifiesto. “Tanto gastas, tanto vales, pensó. Pero su billetera lucía triste: unos cuantos billetes acompañaban las fotos de sus seres queridos. “Con el poco dinero que me queda, al menos compraré algo para mí”, pensó mientras se encaminaba a otro departamento comercial. Al poco rato salió feliz con una bufanda roja envuelta en un papel de regalo.

            Cuando llegó a donde había dejado estacionado su Chevrolet, se inquietó al no verlo. Sintió que se le erizaban los vellos de la piel. Quiso calmarse: “no pienses lo peor, debes haberte confundido. Tranquilo, tu auto debe estar en otro lado. Trata de recordar...”Luego echó a correr como loco por todo el estacionamiento, buscando su chevrolet rojo. Fue inútil. El auto había desaparecido del lugar. Los ladrones esta vez, por su carga navideña, habían valorado al viejo auto. Romualdo respiró profundo y fue a sentarse en la banqueta. El mundo para él, ya era otro.

            Regresó a casa en auto de alquiler. Esa noche soñó que le robaban todas sus pertenencias, la casa completa... incluso la ropa. Se miró desnudo en medio de la noche, bajo la luz de la luna, con su cuerpo cubierto de reflejos de luces de un árbol de navidad. Pero también soñó que Santa Claus le traía un auto último modelo, el cual rechazó: nadie podría sustituir al chevrolet 78.

            Al día siguiente fue a las oficinas del diario de la localidad. Pagó por publicar un anuncio: “Se extravió un auto chevrolet 78, rojo. Favor de regresarlo a su dueño. Pueden quedarse con los regalos.” Le agregó su dirección y teléfono. Al día siguiente, para su gran asombro, el auto apareció estacionado enfrente de su casa. ¡No lo podía creer! Lo revisó alborozado, estaba completito. Romualdo no supo cuánto tiempo permaneció llorando de felicidad abrazado al volante del auto. Sobre el tablero de controles estaba colocado un pedazo de papel, con un parco letrero: “¡Feliz navidad! Tus regalos nos hicieron felices.”

 

MILAGROS

            Este es el segundo cuento de los dos ofrecidos para esta colaboración, proviene de la información oral proporcionada por la enfermera del Seguro Social, Martha Preciado en Ensenada, B. C.

            En el Seguro Social de Tijuana, Baja California, esperaban las primeras horas del año nuevo para premiar a la madre que diera a luz durante los primeros momentos del año. Lo mismo sucedía en todos los hospitales de la ciudad y del país. Particularmente al nacer el año 2000 anunciando un nuevo siglo para la humanidad. Los seres nacidos en los primeros momentos de ese año tendrían la característica especial de venir al mundo en un instante tan particular.

            La enfermera Marta Preciado, del hospital mencionado, se preparó especialmente para recibir a la nueva criatura, pues a ella le tocaba la guardia esa noche. Días antes, en medio de un remolino de actividades y de carreras, reunió regalos de los más distintos entre sus compañeras para recibir al recién nacido y premiar a la madre afortunada. Se preveía que los medios de comunicación estarían presentes en el hospital, aquello aumentaba más la preocupación de las enfermeras y los doctores, pues cada año sucedía aproximadamente lo mismo; siempre nacía una nueva criatura al inicio del año y muchas veces fue la primera de toda la ciudad, por lo que los veteranos del hospital tenían ya experiencia en el manejo de la situación.

            A partir de las doce de la noche en que bajó la temperatura y aumentó el nerviosismo, se inició una especie de competencia entre las cinco jóvenes mujeres que podían dar a luz esa noche. Las enfermeras se colocaron de punto frente a ellas esperando la más mínima reacción que anunciara el suceso tan esperado.

            Una de las mujeres se quedó dormida como si no tuviera tan importante tarea, otra de ellas quiso bañarse y después de ello vio la televisión sin mayor preocupación. Las otras tres presentaron fuertes dolores, alarmando a las enfermeras. Una de ellas estuvo a punto de dar a la luz, pero las contracciones se detuvieron. Todo lo que hicieron las enfermeras fue vigilar constantemente los abultados vientres para prever alguna tragedia en el interior de las mujeres.

            Pasada la una de la mañana las enfermeras y los doctores hicieron apuestas asegurando que tal o cual paciente “se aliviaría” primero entre bromas y chistes y después de felicitarse por el año que iniciaba, arriesgaban en sus apuestas una cena, algún dinero, ropa y otras cosas propias de aquel ambiente de camaradas en que vivían.

            A las tres de la mañana, al borde de la fatiga, recibieron la noticia de que aún no nacía ningún niño en toda la bahía; eso los alentó; aún eran competitivos en aquel certamen de la vida en el que la naturaleza de las mujeres tenía la última palabra.

            Marta Preciado se retiró a las ocho de la mañana, habiendo trabajado más tiempo del normal, desalentada por el fracaso pues no se produjo nacimiento alguno ni se tuvo noticias de que hubiese ocurrido en otro lugar de la ciudad. Muy fatigada llegó a su casa en donde la familia dormía reposando la fiesta de esa noche de fin de año. Ella también se dispuso a descansar tras revisar que toda su familia estuviera completa.

            Tal vez a las tres de la tarde le llamaron por teléfono del hospital para solicitarle que regresara de inmediato, pues habían llegado con una criatura que requería atenciones y cuidados especiales. Su marido la llevó en el auto de urgencia; fue durante el viaje cuando recordó todo lo que había pasado la noche anterior y las preocupaciones que le ocuparon todo el turno de trabajo.

            Dos policías habían encontrado en las playas frías de la bahía el cuerpo de una niña; la llevaron al hospital; al revisarla, los médicos consideraron que había nacido durante los primeros momentos del año. Quien lo había tirado en esas arenas desoladas ni siquiera le anudó el cordón umbilical, el cual se cerró al congelarse.

            Cuando le ponían la típica pulsera de cinta con una clave, Marta Preciado sugirió que se le inscribiera la palabra “Milagros” pues era la única razón posible de que la criatura permaneciera con vida: había estado más de doce horas tirada en la playa en una noche muy fría. Al amanecer las gaviotas se habían posado sobre ella, pues en la humilde manta que la cubría había rastros del excremento de las aves, quienes además, habían impedido que los insectos afectaran a la niña; solamente de milagro no le picaron los ojos, aun cuando presentaba moretones en otras partes del cuerpo. Tan sólo por el hecho de haberla encontrado momentos antes de que subiera la marea, fue todo un milagro; hacerla llegar con vida al hospital el milagro se multiplicaba.

            Esa mañana todos los medios de comunicación de uno y otro lado de la frontera con Estados Unidos estuvieron llamando a la madre para que acudiera al hospital, así en Tijuana, Rosarito, Tecate, Mexicali y área completa de la península en las tres Californias supieron de aquel milagro que pronto se convirtió en tema de todas la bocas; desde el púlpíto hasta el café el caso de milagros ocupó la atención de todos.

            Mientras eso acontecía en las alborotadas calles, los médicos del hospital luchaban incansablemente por salvar la vida de Milagros; Martha y sus compañeras oraban porque el otro milagro; el de la vida, se produjera. Ya comentaban quién podría adoptarla en la ausencia de la madre, esperaban que de aquella tragedia brotara una oportunidad para que la criatura se salvara y tuviera una vida plena.

            Nada se pudo hacer, Milagros murió a las doce de la noche del día primero. Así lo consigna una pequeña inscripción en la tumba del Panteón Municipal donde fue sepultada; tiene por nombre “Milagros” y algunas enfermeras continúan llevándole flores año con año.

            Esta criatura vino al mundo solamente para señalar la relevancia que merecen las dos grandes contradicciones que prevalecen entre nosotros; la deshumanización y su contrario.

            No es fácil concebir cómo una madre pudo dejar a la niña recién nacida en tal desamparo, expuesta a los rigores del clima y a la multitud de peligros que tiene la noche. Podemos imaginarnos que por un instante pensó arrojarla al mar pero que alguna luz en lo profundo del sentimiento de la especie humana se lo impidió.

            Es notable también el humanismo con el que actuaron los policías, doctores y enfermeras. La comunidad de toda la región se inquietó, se preocupó, oró por ella y desearon con fervor, que la niña se salvara; hubo quienes maldijeron a la madre desnaturalizada.

            Todos los factores se reunieron esa noche mientras la niña luchaba por subsistir; pasó la noche oscura, apareció la madrugada remota con su viento frío, la alborada lejana pintó al cielo como flor de calabaza, apareció el sol bajando aún más la temperatura. El mar permaneció quieto toda la noche, solamente al amanecer dejó sentir el típico rumor de su movimiento eterno, el organismo de la niña aún permanecía vivo.

            Cuando llegaron las gaviotas, quitándole los insectos, dándole calor con sus plumas, posándose sobre ella y creando tal alboroto que llamó la atención de los policías quienes circunstancialmente pasaban por ahí, llevaron a la criatura al hospital donde se libró la batalla desigual contra la muerte, lucha que fue perdida y cuyos detalles no se consignan en este relato. Solamente podemos concluir en que este milagroso suceso fue un llamamiento hacia la sensibilidad humana, una advertencia también para la insensibilidad, el estado bestial que puede impulsar a una madre a dejar de esa manera abandonada su criatura.

 

Login Form