De entre todos los poetas, me quedo con Miguel Hernández -voz profunda de la España vieja- quien diera voz a los que siempre les ha sido negada: a los campesinos de todas las tierras, a los desposeídos que nacían y nacen siervos y siervos se morían y se mueren.
Suyos son muchos versos que cantamos y que mi generación conoció a partir del canto de Joan Manuel Serrat.
No tengo palabras para nombrar mi pena hoy que me entero de la muerte de José Luis Aguayo Álvarez y por ello tomo prestados algunos de los versos de Miguel Hernández para despedirme de mi gran amigo –de nuestro gran amigo- al que hace apenas un par de semanas tuve el gusto de ver por Ensenada a donde vino a presentarnos su libro sobre Fernando Jordán.
Perdónenme pues, que parafraseando a Miguel Hernández, me despida de José Luis y acompáñenme a decirle hasta pronto a éste viejo comunista que hoy se nos ha adelantado.
En Chihuahua, su pueblo y el mío, se me ha muerto como de rayo José Luis, a quien tanto quería. Le quería por su ejemplo honesto, por su honrada valentía y su disposición para tender la mano abierta.
Le quería porque siendo niño me ayudó a comenzar a entender el misterio de la explotación de los hombres por los hombres.
Le quería porque juntos pusimos un letrero con piedras encaladas en el cerro de mi pueblo: Partido Comunista Mexicano.
Le quería porque juntos nos robamos los elotes y las gallinas y porque abrió mis ojos a los libros y compartimos muchas lecturas.
Su madre –Doña Julia- y la mía eran mujeres milagrosas de los desiertos del sur de Chihuahua, de un elote hacían un caldo y de un par de chirsoles una sopa fantástica, de una papa un manjar y de un puñado de harina las tortillas más deliciosas del mundo; más hicieron: nos abrieron los ojos al mundo, a un mundo que no conocieron nunca pero que intuyeron y quisieron para nosotros: el mundo de los libros.
Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado. Te has muerto camarada y con ello le restas luz al mundo, le restas luz a nuestra Chihuahua en esta hora tan oscura en que la violencia –que siempre detestaste- se adueña de ciudades y montañas, de desiertos y ejidos; ayer mismo en nuestra tierra, en Jiménez que siendo niños nos resultaba mítico y hoy provinciano pero siempre entrañable, se desataron los odios y los tiros.
Hará falta tu voz para denunciar tantas cosas que ruedan mal, hará falta tu palabra para orientar a los campesinos en busca del apoyo que nunca llega, hará falta tu mano tendida y las puertas abiertas de tu casa.
Nadie es indispensable, decías hace unos días, pero nadie –agrego yo- es sustituible, ya sea para bien o para mal cada uno somos una lección de vida y frente a La Muerte hay que calificar la vida: la tuya –camarada- aprueba con un sobresaliente.
Ando sobre rastrojos de difuntos, y sin calor de nadie y sin consuelo, voy de mi corazón a mis asuntos. ¡De difuntos!, sólo de difuntos hablamos.
Eso me dijiste hace unos días y mírame ahora hablando contigo desde el otro lado. Nuestro pueblo –El Porve- se muere, cada vez que nos encontramos, me dijiste, la lista de los muertos sobrepasa la de los vivos y ahora vienes y te sumas a la lista.
Me encantaba tu irreverencia y por ello, con la debida irreverencia del caso, te reclamo: ¡No hay derecho! No tenías derecho a morirte ahora, no ahora que a fuerza de tundir teclas y recorrer caminos habías logrado hacerte de una voz que era escuchada, pero como siempre tú tienes razón y no hay más que despedirte ahora, lo hago como siempre: con un abrazo muy fuerte y un aplauso por tu vida bien vivida, por tu ejemplo y tu amistad que me honrará siempre.
Recuerdas aquel verso que descubrimos alguna vez y que reescribimos para nuestro pueblo, el original decía así: