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LA OWIJA  (Relato)

Marcelo Amaro Villalobos

Los hechos que voy a narrar son verídicos y sucedieron en el verano de 1983 en un rancho de la sierra, cuando estábamos de vacaciones mi familia y yo.

La verdad detrás de la no tan misteriosa tabla de la Ouija - La Tercera

 Entre los preparativos que hacíamos para salir, ¡por fin!, a respirar el aire puro, se incluía –por supuesto- una ida a El Paso a comprar los milky way, el pantalón “livais” y quizá un relojito de cinco dólares que llevaríamos de regalo a mis suegros y demás familiares, porque en ese tiempo todavía eran una novedad esos productos, hoy ya no: los encuentras en “el pasito” de cualquier población del interior.

 Entré al Kress (todavía no existía Walmart) y me puse a buscar algún juego que sirviera para entretener al grupo familiar durante las largas noches del verano lluvioso de una pequeña comunidad indígena en la que se desempeñaba como maestra mi queridísima suegra.

 Recorrí dos veces el departamento, destripé varias cajas para leer las instrucciones, pero ninguna me convenció. Eché una última mirada a los objetos de más arriba y ahí estaba. Yo digo que apareció de pronto porque ya había recorrido ese lugar sin verla y aunque nunca la había tenido en mis manos, ni recuerdo haber pensado antes en poseerla, la atracción fue “a primera vista”.

 Ahí estaba la OWIJA, cuyos colores y atractivo visual resaltaban aún más a través de celofán que la envolvía. La pagué y salí feliz con mi compra, sintiendo que estaba cumplida la misión que nos había llevado allende el Bravo, después de encontrarme con mi esposa y con mis hijos que salían con sendas bolsas de la J. C. Penny.

 Llegamos a Sojáhuachi y nos instalamos unos en el salón de la escuela (eran vacaciones) y otros en los dos cuartitos que formaban la casa del maestro y ahora sí, a llenarnos los pulmones con el aire fresco y puro del bosque, y los sentidos con la hermosa vista de los arroyos, los pinos y los peñascos que sólo aquí, en la Alta Tarahumara, se encuentran.

 Como efectivamente las tardes eran lluviosas y muy frescas, disfrutábamos las reuniones familiares hasta avanzada la noche, alrededor de la estufa de leña que siempre tenía encima la jarrilla de café hirviendo y, de rato en rato, otros apetitos calentándose.

 Una de esas noches, cuando los niños ya se habían ido a dormir en compañía de los abuelos, nos dispusimos a culminar la velada con otra sesión de preguntas de la OWIJA, como lo habíamos hecho en dos o tres ocasiones anteriores.

 Esta vez éramos cinco adultos, incluyendo a mi cuñada que había llegado ese día con sus dos pequeñas. Su situación era lamentable porque aún no superaba el terrible sufrimiento que le causaba la reciente muerte de su esposo, asesinado en su presencia y la de sus hijas, en una carretera, llegando a Mazatlán. Nunca supimos por qué… tal vez ella sí lo sabía.

 Después de algunas preguntas para adolescentes (en la tertulia había dos) –que si fulanita tenía novio, que si iba a reprobar Biología…- pasamos a otras más formales; alguien sugirió: “Vamos a preguntarle algo de Beto.

 Humberto se llamaba mi concuño fallecido y como se trataba de mostrarle a Lucy (mi cuñada) las sorprendentes facultades de la OWIJA, pues manos a la obra. Se colocó en el centro la pareja que ya habíamos notado tenía más facilidad para “comunicarse” con la tabla: pegaron sus rodillas por debajo de la mesa y entre todos acordamos la primera pregunta obvia: ¿Quién mató a Beto?... Y ahí vamos: los tres dedos centrales de las manos de ambos operadores, colocados a un centímetro por encima del “cursor” (no sé cuál sea el nombre de esa piecesita que se mueve sobre la tabla para ir formando la respuesta esperada) fueron señalando las letras.

 -             S-E-C-R-E-T-O, fue la respuesta.

 Incertidumbre y desconcierto de todos: ¿Secreto de quién?, ¿lo mató el Servicio Secreto?, o… ¿secreto de familia?

 -             Hagamos la pregunta de otra manera, dijeron.

 -             ¿Dónde están las personas que mataron a Beto?

 -             D-E-N-T-R-O, fue la respuesta.

 -            ¡¿Dentro de dónde?!, ¿de esta casa?, ¿de la familia? Más incertidumbre y más curiosidad entre nosotros.

 Tercera pregunta, más específica:

  -¿Alguno de nosotros conoce a los que mataron a Beto?

 Primero un ruido desagradable, como de gatos peleándose en el entretecho de la casa, e inmediatamente después nos encontramos en tinieblas.

 Sobresaltos, manoteos en la oscuridad y gritos reales o fingidos de las jovencitas ahí presentes: el foco de 60 watts se había fundido. A oscuras corrió cada quien hacia donde creía encontrar protección; más bien, al lugar que teníamos asignado para dormir, pero tras breves comentarios en voz baja, y acelerados por la emoción de aquel momento, los adultos acordamos regresar a la cocina y continuar la sesión a la luz de un quinqué.

 La siguiente pregunta, obvia, fue:

 -             ¿Quién nos apagó la luz?

 Los dedos temblorosos se colocaron encima del cursor; todos seguíamos absortos su deslizamiento a través del abecedario y veíamos en silencio y con ansiedad la palabra que iba formando. No tuvimos que esperar mucho. La respuesta de la OWIJA fue clara y contundente: 

 -             B-E-T-O.

 Ni una palabra cruzamos entre nosotros, sólo miradas con ojos que amenazaban con salirse de las cuencas, y así, en silencio, nos fuimos a dormir cuando afuera ya se iluminaba el bosque con los primeros relámpagos de una tormenta que se aproximaba amenazante.      

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