De los recuerdos más bellos que a mi mente llegan como pasajes diáfanos, están presentes aquellos amaneceres en la Normal Rural de Salaices, Chih.
Muy temprano, a las 5:20 horas, la Banda de Guerra, conformada por alumnos que tocaban las cornetas y las cajas, irrumpía por los pasillos de la Normal para apostarse frente a la explanada y llevar a cabo el toque de "levante" que, más que toque, era un cántico al trabajo, a la unidad y al compañerismo fraternal existente entre alumnos, maestros y trabajadores de la noble institución, que desde ese momento se transformaba en una fábrica de maestros decididos, preparados y tenaces para ir a las diversas comunidades a transformar, ayudar y proyectar el conocimiento a través de las múltiples ocupaciones que desempeñaba el maestro rural.
Esos amaneceres son inolvidables. Una banda tocando muy tónica y rítmicamente. Los alumnos preparándose para asistir al aula. Un olor a campo fresco de la mañana, con un tajo lleno de álamos verdes que recogían el murmullo de las charlas risueñas de los compañeros estudiantes cuando se refugiaban en su sombra, como un pequeño descanso.
Pasillos, corredores y banquetas agitadas por el andar y correr de los muchachos. Un monumento a la Bandera en el frente, en espera de tener en su asta el Lábaro Patrio. Un olor a desayuno, y la espera de aquel toque de meseros... y un tinaco que se convertía en vigilante mudo y fraterno, que guardaba todas las vivencias que observaba; ahora ya no tiene agua, porque está lleno de recuerdos.
Dos canchas listas para recibir a los deportistas en el momento oportuno, donde se forjaron grandes estrellas del baloncesto, y más allá, pasando la carretera, una pista que daría sus frutos al concebir atletas representantes de la escuela a nivel nacional, en los Juegos con las demás Normales Rurales del país.
En esa cavidad celeste, en ese espacio iluminado por la hermandad sólida entre los que ahí vivíamos, reinaba la satisfacción del deber cumplido en el estudio, el trabajo, en el campo, en la convivencia de compañeros-hermanos, y todo ese engranaje exacto se elevaba a un nivel superior y único, pues en la Sociedad de Alumnos "Corazón y Acero" no existía la división en clases sociales, ni los elitismos grotescos.
Ahí todos éramos iguales.
Salaices no ha muerto, ni los salaicinos somos una especie en extinción.
Salaices sigue de pie, ahora como vivo ejemplo que demuestra cómo funcionaba una escuela que tenía organización en todos los rubros requeridos para producir maestros eficientes en cualquier comunidad donde se les requería.
Quedan, pues, las añoranzas, los recuerdos.
Quiero visitar a mi Normal en un día como hoy, soleado y tranquilo, pues aún siento el calor benefactor de su regazo, como reciben las madres a sus hijos pródigos.
Profr. Mario Almeida Ontiveros
Publicado en El Heraldo de Chihuahua. Sábado 8 de mayo de 2010.