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NUESTROS GATOS EN SALAICES

José Guadalupe Gutiérrez Rodríguez. G. 60

"Del baúl de mis recuerdos, para mi esposa, hijos y nietos"

Los gatos del barrio de El Tajo, en Salaices, se paseaban por todas las casas, por la carretera, por las tazoleras, por la Normal, por la acequia, por los corrales… Para alimentarse buscaban  roedores y aves pequeñas e iban a todos esos lugares en busca de ellos porque en la casa no les habían dado suficiente comida.

Los nuestros, dos gatos chiriscos, se iban hasta la casa de Chava Moreno, y más allá, a la de Chepa Molinar. Luego se devolvían y se metían a los terrenos de doña Atilana Barajas, de don Enrique Ortega y de don Miguelito Espinoza. En la casa de mi madrina Rita Moreno no se atrevían a entrar porque el perro Rin Tin Tin era muy bravo y mejor se pasaban a la de don  Miguel Terrazas, pegada a la nuestra.

Entraban a los patios de la que después sería la casa de mis compadres Chente Moreno y Licha Acosta, que en ese tiempo era de Conchita Lugo. Enfrente estaba la casa de Lalo Torres, que después fue del maestro Julián Guerrero y posteriormente de don Rosendo Corral, papá de Marica, la olímpica de básquetbol. También ahí merodeaban.

La casa donde vivía José Beltrán fue construida por Raúl Terrazas; también por ahí se paseaban nuestros felinos. Con rumbo a los mezquites, cerca del hoyo que habían hecho para sacar tierra para adobes, vivía Chenta con sus tres hijos y para el rumbo de la Hacienda vivían mis tíos Eduviges y Nicolás Gutiérrez, además de don Paz Gutiérrez, el velador de la Normal, y su esposa Paula Morales. Hasta allá se iban nuestros gatos.

Los gatos de las casas del Tajo vivían en una franca promiscuidad y se reproducían todos con todas, cometiendo incestos. Cuando llegaba el tiempo de la reproducción, o época de brama, los oía correr y pelear arriba de las azoteas, haciendo demasiado escándalo; eran las peleas entre los machos que se disputaban a las hembras. Entonces aullaban como niños chiquitos y mi papá salía a la calle y les gritaba: “¡Cabrones gatos…!” y les aventaba piedras.

Los más fuertes eran los que preñaban a las hembras y a los dos meses de gestación aparecían por doquier montones de gatitos de todos colores.

Estos animalitos cumplían un papel importante en nuestro barrio, frenando el crecimiento de otras poblaciones como ratas, ratones, ciempiés, alacranes… todo se comían, hasta pájaros y palomas que atrapaban en las tazoleras cuando las aves iban a comer granos; los gatos, rápidos como son, les brincaban y las atrapaban con sus garras filosas como cuchillos.

Al pueblo de Salaices no se iban porque estaba lejos y además porque aquí no les faltaba nada, pues había comida y muchos escondites.

Cuando un perro los perseguía, se trepaban a los árboles, a las bardas o a las azoteas y desde arriba les contestaban con un gruñido. Si en plena carrera el perro los llegaba a alcanzar, se esponjaban y le tiraban manotazos con las garras abiertas, mostrando los dientes y la cola erecta. A veces el perro se asustaba tanto que se devolvía lleno de miedo, tal como ocurrió cierto día a nuestro noble Solovino.

Nuestros gatos eran muy prejuiciosos. Algunas noches mi papá, don Tebano Gutiérrez y Delgado, salía al corral y los metía a la casa para que se comieran los ratones que andaban en la troje; éstos, para no batallar, se subían a la mesa a buscar comida fácil que había quedado de la cena. Se oía la masticadera de maíz en la troje y los gatos ni caso hacían pues ya habían saciado el hambre.

Además de flojos y perjuiciosos, nuestros gatos, a diferencia de Solovino, eran muy malagradecidos. Mientras el perrito meneaba la cola, aun cuando lo regañáramos, los gatos se mostraban agresivos en muchas ocasiones, a pesar de que acabábamos de darles de comer. Desde niños vimos la diferencia de comportamiento entre los gatos y los perros, siendo más nobles los segundos.

Ante esta situación, un día don Teban dijo:

“Mañana voy a la leña y me voy a llevar a esos ca… gatos en un costal para soltarlos en el monte… no sirven para nada…”

Al día siguiente mi hermano Héctor y yo los agarramos y los echamos en el costal, amarrando la boca del mismo con un mecate. Terminó de almorzar don Esteban Gutiérrez, se fumó su cigarro Faros, echó el costal con los gatos a la carreta y emprendió el viaje al monte, más allá del panteón, para traer leña de mezquite y deshacerse de los animales.

Por la tarde regresó con la carrucha llena de leña. Comió con mucha hambre pues había trabajado mucho y mientras lo hacía nos platicó que había soltado a los gatos en el monte; que éstos no se querían salir del costal y cuando por fin lo hicieron, no querían retirarse de la carruchita; les tuvo que lanzar piedras para alejarlos.

El día que los abandonó fue jueves o viernes, porque el sábado vino mi primo Florentino Ruiz Rodríguez a matar el marrano que mi mamá había engordado para esas fechas navideñas. Ese día Florentino pintó una rayita más en la cacha del cuchillo con el que mataba a los cerdos. Pasó el domingo y el lunes y nosotros no paramos de comer carnitas y chicharrones; estábamos de manteles largos.

El martes a mediodía mi mamá nos llamó a comer. Había preparado una rica morcilla con cebollita y chile güerito. Nos sirvió el riquísimo platillo acompañado de tortillas recién hechas y una sabrosa agua de limón. Mientras comíamos, platicábamos sobre las actividades realizadas esa mañana.

Estábamos a media comida cuando se apareció en la ventanita un gato de color negro, todo chirisco, maullando lastimeramente y volteando a ver a todos. Estaba flaco y ojeroso y maullaba de hambre; por el momento no lo reconocimos, pero enseguida apareció otro: era de color amarillo y venía igualmente maltrecho que el pardo.

En ese momento no nos cupo la menor duda: ¡Eran nuestros gatos…!

Tenían un aspecto deplorable: parecía como si los hubieran echado a una de las lavadoras de la Normal y hubieran dado vueltas y vueltas. Pero venían sucios y flacos. Sólo ellos sabían cuántas penurias habían pasado durante esos seis días con sus noches en medio del monte salvaje donde impera la ley del más fuerte.

Ellos, acostumbrados a recibir el alimento en sus hocicos para luego ronronear, echados en un rincón de la casa, no sabían nada de la vida silvestre. Seguramente estuvieron a merced de coyotes, zorrillos, víboras de cascabel y otros animales salvajes.

Para sobrevivir tuvieron que buscar piezas de caza: ratas, ardillas, ardillones, conejos, a los cuales tuvieron que perseguir hasta alcanzarlos, someterlos, matarlos y comerlos. Tal vez, cuando apenas estaban comenzando a engullirlos, llegaron otros mamíferos carniceros más fuertes que ellos y los despojaron de lo que con tanto trabajo habían conseguido.

Sus maullidos eran de hambre pero también, creo, de reclamo a sus amos por haberlos dejado abandonados en una tierra desconocida.

Mi mamá, doña Maclovita Rodríguez, que siempre fue muy compadecida, los llamó y les arrimó una cazuela con frijoles y pedazos de tortilla. Les puso además agua fresca de la destiladera. Con avidez, los gatos devoraron la comida y bebieron el agua. Héctor dejó de comer y se acercó a los gatos para acariciarlos.

¡No lo podíamos creer, pero era cierto… los gatos habían regresado…!

Después de seis días, y tras recorrer muchos kilómetros, los felinos domésticos estaban de nuevo en su casa.

Mi papá seguía diciendo:

“¡Es increíble, no puede ser… no puede ser…!”

Pero luego él mismo contestaba:

¡Por eso dicen que los gatos tienen siete vidas… y es cierto…!

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