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SAN BUENAVENTURA DE ATOTONILCO.

LA HISTORIA DE UN PUEBLO OLVIDADO

 

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Manuel Valdez Durán

Portada: José Alonso Domínguez Durán

Formato: Miguel Alejandro Aguayo Levario

Prólogo: José Luis Aguayo Álvarez

Primera Edición: 1000 ejemplares. 2009

Talleres Gráficos del Gobierno del Estado de Chihuahua

 

SOBRE EL AUTOR:

El profesor Manuel Valdés Durán pertenece a la generación 1959-1965 de la Escuela Normal Rural de Salaices, Chih. Eran los tiempos en que las Normales Rurales y otras instituciones de educación superior se vieron influenciadas por el triunfo de la Revolución Cubana y por movimientos sociales reivindicadores de México, como las huelgas de  ferrocarrileros, médicos y maestros. Gobernaba México don Adolfo López Mateos. Sexenio 1958-64.

 De su vida en el internado sabemos que Manuel Valdés Durán fue integrante del equipo de básquetbol de la Normal y que le gustaba discutir temas filosóficos con el insigne maestro Abdón González Arellanes y con nuestro panadero poeta y filósofo Roberto Salcido Sotelo, mientras le ayudaba a hacer pan.

 En la variedad de escritores que dio Salaices hay poetas, cuentistas, novelistas e historiadores. Meny pertenece a estos últimos.

Profesor Manuel Valdés Durán 

SINOPSIS:

El nombre de su pueblo, Villa López, rinde homenaje al aldamense Octaviano López, muerto en combate el 18 de enero de 1860 en la Hacienda de Talamantes, municipio de Allende. Don Octaviano pertenecía al bando liberal y fue en esa batalla contra los conservadores “tulices”, comandados por Domingo Cajén, donde cayó muerto junto con otros 60 liberales. 

 La inquietud del maestro Valdés por la microhistoria de Villa López, Chih., surge a partir del hallazgo de piezas arqueológicas encontradas por él y otros maestros en los alrededores de su pueblo, como metates, puntas de flecha, restos de hornos, molcajetes y otros objetos, lo que hace suponer que aquí habitaron hace muchos años hombres que habían pasado del nomadismo al sedentarismo.

 Las influencias sobre la cultura que se desarrolló en las inmediaciones del Ojo de Atotonilco provienen, según el maestro, de las culturas de San Gabriel, del grupo cultural Magollón -del suroeste norteamericano-, de la cultura Chalchihuites, en Zacatecas, y de la cultura Paquimé, en el actual Casas Grandes.

 Manuel Valdés y otros maestros, como Homero Modesto Olivas, organizaban excursiones con sus alumnos al entorno de Villa López, en la junta de los ríos Del Valle y Florido, en búsqueda de huellas dejadas por antepasados, como los tobosos y los conchos, además de otros grupos procedentes del inhóspito Bolsón de Mapimí.

 Villa López y otros pueblos están asentados en valles donde abundaba el agua de los ríos mencionados, cuando su caudal era normal, aún sin las sedientas nogaleras que consumen abundante agua.

 En esta obra, el maestro Meny se remonta hasta el momento histórico en que cuatro sobrevivientes del naufragio de las huestes de Pánfilo de Narváez, en Florida, se convierten en los primeros extranjeros que pisan territorio del actual Chihuahua, pasando por lo que ahora son Ojinaga, Juárez y Casas Grandes (Paquimé).

 Ellos fueron Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes de Carrión, Alonso de Castillo Maldonado y el negro Estebanico, procedente de Marruecos, en el norte de África. Esa odisea los lleva hasta el actual Sinaloa, donde Nuño de Guzmán había fundado San Miguel de Culiacán.

 Vinieron después otras incursiones de los conquistadores a tierras septentrionales de la Nueva España, la conocida “Gran Chichimeca” o Aridoamérica, en donde habitaban gran cantidad de tribus.

 Surge el mito de Cíbola, la ciudad donde abundaba el oro, de acuerdo a testimonios de Estebanico, refrendados por el fraile más mentiroso de la Conquista, Marcos de Niza, enviado por el virrey de NE, Antonio de Mendoza para que buscara la mítica ciudad.

 La enemistad de Mendoza con Cortés era evidente; no permitió que fuera al norte a colonizar tierras, mandó a Vázquez de Coronado para que lo hiciera, pero éste jamás encontró las riquezas de Cíbola y Quivira.

 Hubo que ir más lentamente al norte y es así como surgen nombres de conquistadores, como Diego de Ibarra, Cristóbal de Oñate, Juan de Tolosa y Baltazar de Bañuelos. Cada uno de estos cuatro se adjudicaba el descubrimiento de las minas de Zacatecas. Pero fue Tolosa, en 1546, el primero en hallarlas, nos dice Valdés Durán en su libro.

 La conquista se hizo con las armas y con la cruz. Muchos frailes jesuitas y franciscanos se sumaron a la conquista espiritual; en Chihuahua, los franciscanos en el llano y en el desierto y los jesuitas en la sierra.  

 Otro conquistador fue Ginés Vázquez del Mercado, quien creyó descubrir una montaña de plata cuando en realidad era hierro el que halló en Durango en 1552. Es el Cerro del Mercado.

 El maestro Valdez Durán se introduce en los tiempos oscuros de la Conquista en México, a partir de 1519 en que llega Cortés a Veracruz, años de los que hay poca información documental, por lo que el historiador tiene que basar sus hipótesis en la escasa obra escrita y en los objetos que los pueblos originarios dejaron a su paso.

 Valdés se apoya en esas fuentes, pero también en documentos muy antiguos que fueron conservados por familias de Villa López, y que fueron pasando de generación en generación hasta llegar a sus manos. Con base a lo recabado, el maestro expone algunas hipótesis sobre lo ocurrido en el antiguo Atotonilco, sin establecer conclusiones definitivas por carecer de mayor información. Así lo reconoce.

 La bibliografía en que sustenta algunas aseveraciones incluye a historiadores como la francesa Chantal Cramausell, quien escribió un libro sobre la historia de la Provincia de Santa Bárbara, que abarcaba el norte de Durango y el sur de Chihuahua.

 El maestro Valdés sustenta con argumentos sólidos que el viejo Atotonilco –hoy Villa López- se fundó mucho antes que Santa Bárbara y que San Bartolomé, hoy Valle de Allende. Aunque, dice, es posible que el nombre original de Villa López antes de la llegada de los conquistadores no fuera Atotonilco.

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Es probable que en la primera mitad del siglo XVI tlaxcaltecas o mexicas hayan llegado a estas tierras y lo bautizaran como Atotonilco, que significa “lugar de agua caliente”, que –según Clavijero- se representaba con un glifo, que era una olla de barro con tres piedras abajo y de cuya boca surgían cuatro volutas.

 El maestro habla de un enorme conglomerado humano formado por 45 mil personas que ahí coexistía cultivando la tierra, pescando, criando animales, con interrupciones por parte de indios hostiles.

 Los historiadores, dice Meny, no se ponen de acuerdo en la fecha de fundación del actual Villa López: Don Panchito R. Almada la ubica en 1619. El profesor Aguayo, en 1611. Zacarías Márquez, en 1606. La historiadora francesa Cramaussel sostiene que en 1601 ya existía. Y dice: “Suplico una dispensa si con estos datos confundo al lector, pues nuestra intención es ubicar a Villa López en el mapa de la historia para sacarla del cuasi anonimato en que ha transcurrido su existencia”.

 Menciona como la primera expedición al norte, más allá de Zacatecas, la de Nuño de Guzmán en 1529, apenas diez años después de que Cortés arribara a Veracruz y quemara las naves. De Guzmán fue un conquistador voraz y cruel contra los naturales, fundando villas al occidente, siendo San Miguel de Culiacán la más importante. Uno de sus hombres, Cristóbal de Oñate, cruzó la Sierra Madre y llegó al Valle del Guadiana (Durango). Del matrimonio de Oñate con Catalina de Salazar nacería Juan de Oñate, el futuro buscador del camino real de tierra adentro, que pasó por Chihuahua, Encinillas, Juárez, hasta llegar a Santa Fe, N.M.

 Los grupos originarios mayores en lo que fue Nueva Vizcaya, eran alrededor de doce: tepehuanes, acaxes, xiximes, tarahumaras, conchos, tobosos, entre otros. Además había otros grupos considerados como parcialidades indígenas. En total, eran unos cien grupos y todos ellos constituyeron un infranqueable obstáculo para el avance de la conquista.

 En Atotonilco había dos grupos principales: tobosos y conchos. Sus aliados eran grupos menores como ococlames, cocoyames, cabezas y gavilanes, según el maestro R. Almada.

 El profesor Valdés para escribir su libro hizo acopio de fuentes documentales, piezas arqueológicas y fotografías que tomó en varios puntos, entre ellos la sierra de Peñoles, en Villa Coronado. Además tuvo que revisar muchos libros. La obra del historiador no es sencilla.

 Es difícil hacer un resumen de un libro como el que nos ocupa, ya que contiene gran cantidad de datos, basados en una vasta bibliografía que el maestro Valdés consultó. Por el libro desfilan muchos personajes, como Diego de Ibarra –yerno del virrey- y su sobrino Francisco, joven que años después avanzó hacia el norte, por las  inmediaciones de la Sierra Madre, hasta cruzarla y llegar a la llanura costera del Golfo de California.

 Francisco de Ibarra realizó su primera campaña entre 1554 y 1562 y la segunda entre 1563 y 1575. Su tarea fue reconocer lugares para fundar pueblos, siguiendo la ruta de Coronado. Los asentamientos eran Misiones, Reales de Minas y Presidios. Las primeras, para erigir iglesias y cristianizar indígenas gentiles (no cristianizados). Los Reales de Minas para explotar metales y los Presidios para defensa. Aunque muchos pueblos fueron misiones y reales de minas a la vez.

 A Francisco de Ibarra se le atribuye la fundación de Nueva Vizcaya: lo que hoy son Chihuahua, Durango, Sinaloa y Coahuila. El joven Ibarra fue investido como primera autoridad de Nueva Vizcaya.

 Ibarra tal vez sea quien más reales de minas fundó. Repartió tierras, pobló regiones con agricultores y ganaderos y siguió la ruta al norte en pos de Copala, la ciudad de donde partieron los aztecas. Es considerado un conquistador humano, moderado y justo. Costeó por cuenta propia sus expediciones y a su paso no dejó derramamientos de sangre. Murió en Pánuco, Sinaloa el 17 de agosto de 1575. 

 Muchas cosas más ocurrieron en ese primer siglo de la dominación española, a partir de 1519, cuando Cortés llegó a Veracruz.

El autor se pregunta: Cuál sería el atractivo que miles de indios encontraron en lo que sería San Buenaventura de Atotonilco para avecindarse en sus alrededores? Y él mismo responde: El agua. La población se localiza en medio de dos ríos, el Florido y el San Bartolomé o de El Valle.

 El maestro hace un listado de las plantas típicas de Atotonilco, muchas de ellas xerófitas, y escribe sus nombres comunes y sus nombres científicos, como los ha clasificado la Taxonomía.

 También menciona la riqueza de la fauna que a él mismo le tocó ver en su infancia y adolescencia: enormes cardúmenes de charales que brincaban del Ojo, los pájaros llamados martín pescador. Dice Valdés: “Era un deleite ver las miles de luciérnagas que iluminaban la noche y oír el croar de las ranas que proporcionaban un sedante con su canto. Peces dorados, hasta de dos kilos, mojarras, tripoletas y krimoles. Además, bagres, carpas, matalotes, anguilas de río, tortugas, unas de concha cartilaginosa y otras de carey, y otras conocidas como pedorras, porque a quien las comía le producía muchos gases intestinales. En la región se nos conoce como tortugueros por la abundancia de estos quelonios en nuestra tierra”, dice el maestro.

 Patos, garzas morenas y blancas, y otra palmípeda pescuezona llamada chagualis, además de la gallareta. Había tildíos, aves pequeñas de bello canto, liebres, conejos, venados, zorrillos, jabalíes, coyotes, gatos monteses, pumas y una gran variedad de reptiles. “Su mención -dice el autor- es tan solo para que el lector se imagine cómo era ese ecosistema y cómo favorecía que humanos de diferentes etnias decidieran radicar en este valle”.

 Los ranchos agrícolas y ganaderos de San Bartolomé se fundaron para producir alimentos destinados a alimentar a los mineros de Santa Bárbara, fundada en 1567. Desde el Valle de Allende hasta poco antes de Jiménez hay una zona de lomeríos, según lo considera el geógrafo defeño Federico Mancera. En los valles de los ríos crecen frutos únicos de la zona, como los membrillos y los persimonios.

 Santa Bárbara tuvo su origen en las minas descubiertas en 1567 por Rodrigo del Río, soldado de Francisco de Ibarra. Valle de Allende fue fundado en 1574 con el nombre de San Bartolomé. 

  El maestro Valdés fotografió pinturas rupestres plasmadas en paredes de cuevas de los municipios de Coronado y Jiménez. Leyó a Panchito R. Almada, a José Luis Aguayo, a Clavijero, Cramaussel, Bernal Díaz del Castillo, a los Lister en ´Almacén de tempestades´, Zacarías Márquez, Luis Aboites, Vito Alessio Robles, Héctor Bernal Vázquez, Federico Mancera, Baltasar de Obregón, Philip Powel y a medio centenar de autores más, y con todo ese material, el dedicado maestro, otrora responsable estatal de los Museos Escolares de Chihuahua, integró este magnífico libro, al que considera la primera parte de su trabajo histórico sobre Villa López.

 Pone a consideración del lector parte de los documentos rescatados en Villa López, mercedes que datan de 1583 y que el maestro transcribe. Se trata de litigios por límites de tierras que se prolongaron mucho tiempo. Eran tierras disputadas por los naturales de Atotonilco y el dueño de la hacienda de Santa María.

 Sobre la fundación de Atotonilco, el maestro Valdés afirma que antes de que finalizara el siglo XVI este asentamiento ya existía y que era una fortaleza custodiada por estancias ganaderas y agrícolas, pertenecientes a hombres muy importantes de la Colonia.

 Fue hasta el inicio del s XVII cuando los franciscanos se establecieron en Atotonilco. Formaron un asentamiento en un intento por concentrar las tribus más bárbaras del desierto. Todavía en 1645 afirmaban los conquistadores que había que asentar a los tobosos, julimes y demás alzados.

 Años después los terratenientes se apropiaron de la tierra, como Matías Sánchez en 1775 y Juan Nepumuceno de Urquidi en 1853. Sin embargo las tierras permanecerían incólumes hasta nuestros días, incluso después de la revolución, y formaron parte del ejido los descendientes de los antiguos detentadores. Ellos siguieron usufructuándolas, algunos lo siguen haciendo, pese a la carencia de documentación que fije los límites.

 Hay una Escritura Primordial de Atotonilco de 1639. De acuerdo a ese documento los indios de Atotonilco “formaban su pueblo en solares” que les dio Antonio de Mendoza. 

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 Finalmente, en 1639 se cumplió la orden del rey, y Atotonilco fue dotado de seis sitios para estancias de ganado mayor. Hay un acuerdo firmado por el gobernador de Chihuahua en 1922:

 "En relación a la solicitud de restitución de ejidos promovido por vecinos de Villa López, fundándose en los títulos cuya copia presentaron, que en cédula real del rey Felipe IV, el 8 de enero de 1639, tomando en cuenta que los naturales de Atotonilco tenían fundado su pueblo en solares concedidos por el virrey De Mendoza desde 1549".  Este documento es contundente. 

  Los historiadores chihuahuenses coinciden en que fue Santa Bárbara la primera ciudad fundada por los españoles en 1567. "La doctora Chantal Cramaussel habla de la primera villa fundada en lo que hoy es Chihuahua como la Villa de la Victoria. Convencidos de que la Geografía es la madre de la Historia, nos inclinamos que dicha Villa había sido fundada por Cristóbal de Oñate, de las huestes de Nuño de Guzmán, quien envió a Oñate y a Angulo a que exploraran el oriente, quienes, tramontando la Sierra Madre Occidental llegarían a Topia y luego a Guadiana, ocasión que pudo haberlos llevado hasta el Valle de Atotonilco". 

Villa López, Pueblo Mágico - Fotos | Facebook

El Ojo de Villa López

 En sus palabras finales, el maestro Valdez Durán, buscando rasgos de los antiguos pobladores de Villa López encontró recuerdos de su infancia, transcurrida entre las calles angostas y la plaza de Villa López, que dicen está asentada sobre lo que fue un panteón:

 Meny recuerda primeramente el Ojo, manantial que forma un hermoso lago rodeado de álamos añejos; el olor de la retama y la mullida alfombra de sus pastos; la tupida bavisa de flores blancas; el río, sus peces, las tierras de los naturales, las frondosas nogaleras, sus perales y membrillos; el trigo dorado, todo lo cual disfrutaba enormemente no bastándole las horas diurnas para hacerlo; el cintilar de las luciérnagas en las noches y las cálidas aguas del ojo.

 “No te vayas al ojo, te puede agarrar el Chan”, me decía mi madre.

 “A veces funcionaba la advertencia, a veces no y nos íbamos al ojo a deshoras. Un amigo no le temía al Chan y de regreso de las labores se daba un chapuzón. Se ganó el mote de La Chana, como si fuera la novia del Chan. Hoy ya es abuelo nuestro amigo”.

 Hasta hoy se le teme al Chan y pocos se atreven a bañarse en el Ojo, en la noche. La leyenda villalopense tiene su origen en la cultura olmeca, donde se le conocía como Chaneke. Luego pasó a otras culturas: coras, huicholes, en donde se le conoce como Chakán.

 “Por tantos baños que nos dimos en el ojo nos salieron siotes o manchas blancas en la piel, aunque tal vez era por falta de alguna vitamina, pero la gente los atribuía al Chan”. Dice Valdés.

 Otra palabra es tatoles. Cuando la madre descubría que Meny saldría con sus amigos a bañarse al ojo, le decía “Ya hicieron su tatol”. Derivada del náhuatl tlahtolli, esta palabra significa “llegar a un acuerdo”. En la Gran Chichimeca los tatoles eran acuerdos para la guerra. ¿Cómo llegaron estas palabras hasta nuestros días? Tuvo que haber sido de generación en generación.  

 Existe la tradición en Villa López de hacer en cada familia un altar al santo de su devoción. Puede ser San Isidro, si es familia de agricultores; Santa Eduwiges, si algún miembro de la familia cae en desgracia y así por el estilo. Durante nueve días se le reza al santo un rosario y al final de cada uno se ofrece ´comida de altar´ a los asistentes. En esa comida no faltan los patoles, frijoles blancos y grandes, y su nombre viene desde la época prehispánica en Mesoamérica.

 El mitote es otra palabra que perdura. Los mitotes eran reuniones de indios chichimecas cada vez que ganaban una batalla o que tomaban un prisionero. Eran indios mitoteros que hacían estas  orgías sanguinarias. 

 Hay otros rasgos de la cultura indígena en la actual sociedad de Villa López, que serán analizados en la continuación de este libro, la cual versará sobre la vida de Atotonilco durante la Colonia. El maestro Valdés nos debe ese libro.

Saludos, maestro Manuel Valdés Durán, investigador de toda la vida.

 

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Texto: Ramón Gutiérrez Medrano. Noviembre de 2020, el terrible año de la pandemia.

 

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