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EN RECUERDO DEL "AEROLITO"

 

Fragmento del Testamento de Judas 1971

Autor: Roberto Salcido Sotelo

 

“Cuando cayó el aerolito

me encontraba de chivato,

fue tan grande mi sorpresa,

por poco me desbarato.

 

Otro día, por la mañana,

una piedra me encontré

y como estaba caliente

ahí el lonche calenté.

 

Una piedra de metate

que pesaba como fierro

y, como bien las pagaban,

´revoltié´ todito el cerro.

 

Junté bastantes piedritas

y uno que otro tepetate,

y la vieja se enojó

porque le vendí el metate.

 

El dinero que junté

yo lo perdí con Castillo,

lo aposté en El Tizonazo

con uno de Canutillo.

 

Otra parte del dinero,

yo me acuerdo como un sueño,

que lo perdí en las carreras

con el cuaco del porreño.”

 

NUESTROS GATOS EN SALAICES

José Guadalupe Gutiérrez Rodríguez. G. 60

"Del baúl de mis recuerdos, para mi esposa, hijos y nietos"

Los gatos del barrio de El Tajo, en Salaices, se paseaban por todas las casas, por la carretera, por las tazoleras, por la Normal, por la acequia, por los corrales… Para alimentarse buscaban  roedores y aves pequeñas e iban a todos esos lugares en busca de ellos porque en la casa no les habían dado suficiente comida.

Los nuestros, dos gatos chiriscos, se iban hasta la casa de Chava Moreno, y más allá, a la de Chepa Molinar. Luego se devolvían y se metían a los terrenos de doña Atilana Barajas, de don Enrique Ortega y de don Miguelito Espinoza. En la casa de mi madrina Rita Moreno no se atrevían a entrar porque el perro Rin Tin Tin era muy bravo y mejor se pasaban a la de don  Miguel Terrazas, pegada a la nuestra.

Entraban a los patios de la que después sería la casa de mis compadres Chente Moreno y Licha Acosta, que en ese tiempo era de Conchita Lugo. Enfrente estaba la casa de Lalo Torres, que después fue del maestro Julián Guerrero y posteriormente de don Rosendo Corral, papá de Marica, la olímpica de básquetbol. También ahí merodeaban.

La casa donde vivía José Beltrán fue construida por Raúl Terrazas; también por ahí se paseaban nuestros felinos. Con rumbo a los mezquites, cerca del hoyo que habían hecho para sacar tierra para adobes, vivía Chenta con sus tres hijos y para el rumbo de la Hacienda vivían mis tíos Eduviges y Nicolás Gutiérrez, además de don Paz Gutiérrez, el velador de la Normal, y su esposa Paula Morales. Hasta allá se iban nuestros gatos.

Los gatos de las casas del Tajo vivían en una franca promiscuidad y se reproducían todos con todas, cometiendo incestos. Cuando llegaba el tiempo de la reproducción, o época de brama, los oía correr y pelear arriba de las azoteas, haciendo demasiado escándalo; eran las peleas entre los machos que se disputaban a las hembras. Entonces aullaban como niños chiquitos y mi papá salía a la calle y les gritaba: “¡Cabrones gatos…!” y les aventaba piedras.

Los más fuertes eran los que preñaban a las hembras y a los dos meses de gestación aparecían por doquier montones de gatitos de todos colores.

Estos animalitos cumplían un papel importante en nuestro barrio, frenando el crecimiento de otras poblaciones como ratas, ratones, ciempiés, alacranes… todo se comían, hasta pájaros y palomas que atrapaban en las tazoleras cuando las aves iban a comer granos; los gatos, rápidos como son, les brincaban y las atrapaban con sus garras filosas como cuchillos.

Al pueblo de Salaices no se iban porque estaba lejos y además porque aquí no les faltaba nada, pues había comida y muchos escondites.

Cuando un perro los perseguía, se trepaban a los árboles, a las bardas o a las azoteas y desde arriba les contestaban con un gruñido. Si en plena carrera el perro los llegaba a alcanzar, se esponjaban y le tiraban manotazos con las garras abiertas, mostrando los dientes y la cola erecta. A veces el perro se asustaba tanto que se devolvía lleno de miedo, tal como ocurrió cierto día a nuestro noble Solovino.

Nuestros gatos eran muy prejuiciosos. Algunas noches mi papá, don Tebano Gutiérrez y Delgado, salía al corral y los metía a la casa para que se comieran los ratones que andaban en la troje; éstos, para no batallar, se subían a la mesa a buscar comida fácil que había quedado de la cena. Se oía la masticadera de maíz en la troje y los gatos ni caso hacían pues ya habían saciado el hambre.

Además de flojos y perjuiciosos, nuestros gatos, a diferencia de Solovino, eran muy malagradecidos. Mientras el perrito meneaba la cola, aun cuando lo regañáramos, los gatos se mostraban agresivos en muchas ocasiones, a pesar de que acabábamos de darles de comer. Desde niños vimos la diferencia de comportamiento entre los gatos y los perros, siendo más nobles los segundos.

Ante esta situación, un día don Teban dijo:

“Mañana voy a la leña y me voy a llevar a esos ca… gatos en un costal para soltarlos en el monte… no sirven para nada…”

Al día siguiente mi hermano Héctor y yo los agarramos y los echamos en el costal, amarrando la boca del mismo con un mecate. Terminó de almorzar don Esteban Gutiérrez, se fumó su cigarro Faros, echó el costal con los gatos a la carreta y emprendió el viaje al monte, más allá del panteón, para traer leña de mezquite y deshacerse de los animales.

Por la tarde regresó con la carrucha llena de leña. Comió con mucha hambre pues había trabajado mucho y mientras lo hacía nos platicó que había soltado a los gatos en el monte; que éstos no se querían salir del costal y cuando por fin lo hicieron, no querían retirarse de la carruchita; les tuvo que lanzar piedras para alejarlos.

El día que los abandonó fue jueves o viernes, porque el sábado vino mi primo Florentino Ruiz Rodríguez a matar el marrano que mi mamá había engordado para esas fechas navideñas. Ese día Florentino pintó una rayita más en la cacha del cuchillo con el que mataba a los cerdos. Pasó el domingo y el lunes y nosotros no paramos de comer carnitas y chicharrones; estábamos de manteles largos.

El martes a mediodía mi mamá nos llamó a comer. Había preparado una rica morcilla con cebollita y chile güerito. Nos sirvió el riquísimo platillo acompañado de tortillas recién hechas y una sabrosa agua de limón. Mientras comíamos, platicábamos sobre las actividades realizadas esa mañana.

Estábamos a media comida cuando se apareció en la ventanita un gato de color negro, todo chirisco, maullando lastimeramente y volteando a ver a todos. Estaba flaco y ojeroso y maullaba de hambre; por el momento no lo reconocimos, pero enseguida apareció otro: era de color amarillo y venía igualmente maltrecho que el pardo.

En ese momento no nos cupo la menor duda: ¡Eran nuestros gatos…!

Tenían un aspecto deplorable: parecía como si los hubieran echado a una de las lavadoras de la Normal y hubieran dado vueltas y vueltas. Pero venían sucios y flacos. Sólo ellos sabían cuántas penurias habían pasado durante esos seis días con sus noches en medio del monte salvaje donde impera la ley del más fuerte.

Ellos, acostumbrados a recibir el alimento en sus hocicos para luego ronronear, echados en un rincón de la casa, no sabían nada de la vida silvestre. Seguramente estuvieron a merced de coyotes, zorrillos, víboras de cascabel y otros animales salvajes.

Para sobrevivir tuvieron que buscar piezas de caza: ratas, ardillas, ardillones, conejos, a los cuales tuvieron que perseguir hasta alcanzarlos, someterlos, matarlos y comerlos. Tal vez, cuando apenas estaban comenzando a engullirlos, llegaron otros mamíferos carniceros más fuertes que ellos y los despojaron de lo que con tanto trabajo habían conseguido.

Sus maullidos eran de hambre pero también, creo, de reclamo a sus amos por haberlos dejado abandonados en una tierra desconocida.

Mi mamá, doña Maclovita Rodríguez, que siempre fue muy compadecida, los llamó y les arrimó una cazuela con frijoles y pedazos de tortilla. Les puso además agua fresca de la destiladera. Con avidez, los gatos devoraron la comida y bebieron el agua. Héctor dejó de comer y se acercó a los gatos para acariciarlos.

¡No lo podíamos creer, pero era cierto… los gatos habían regresado…!

Después de seis días, y tras recorrer muchos kilómetros, los felinos domésticos estaban de nuevo en su casa.

Mi papá seguía diciendo:

“¡Es increíble, no puede ser… no puede ser…!”

Pero luego él mismo contestaba:

¡Por eso dicen que los gatos tienen siete vidas… y es cierto…!

                                    

 

Poemas de Gilberto Alonso Molina Almanza

Originario de Nonoava, Chih.

Generación 1965-71, Salaices-Aguilera

RECUERDOS

Yo guardo entre mis recuerdos

la imagen bella y querida,

que entre libros y cuadernos

formó parte de mi vida.

 

Y aún viven en mi mente

los consejos y regaños

del maestro diligente

que guio mis primeros años.

 

Irradió  luz en mi mente

con paciencia y con cariño

porque aun como docente

tenía corazón de niño.

 

Y aunque el tiempo ya pasó,

y él no figure en la historia,

los ejemplos que me dio

perduran en mi memoria.

♣ 

PROSAÍSMO Y POESÍA

Cuando falta una mujer…

no hay orden en la oficina,

lo mismo es en la cocina,

y no hay nada que comer.

 

La ropa, en el lavadero

se acumula por montones;

y entre el reborujadero,

no hay camisas ni calzones.

 

Y del refrigerador…

ni que poner en la mesa,

ni un refresco de sabor,

ni una lata de cerveza.

 

Hay una gran confusión,

todo cae en el olvido;

y nada tiene sentido

sin su mano y corazón.

 

Si todo anda de cabeza

y causa desesperación,

con diligencia y destreza;

ella pone solución.

 

Y en el ocaso del día,

la luz en sus ojos arde;

y es calor su compañía,

y su risa es poesía

cuando se muere la tarde.

 

Por eso el supremo ser,

de la brisa matutina

tomó la esencia divina

y la convirtió en mujer.

ES UN ALTO EN EL CAMINO

Sin problemas transitamos

los años primaverales;

el verano caminamos

entre flores y breñales.

 

En el otoño se llega

a un punto de reflexión;

la salud se nos doblega,

y se ablanda el corazón.

 

Al alma le vienen penas

que causan llanto y dolor;

que no alivian copas llenas

de amargo y dulce licor.

 

Así da tiempo el destino

para recapacitar;

es un alto en el camino,

para poder continuar.

 

Y ha de llegar el invierno,

inevitable y fatal;

y con él, el sueño eterno

que ponga punto final.

 

  • EL CLARÍN 

Andrés Rentería Duarte. G. 59 

 Originario de Canutillo, Dgo. 

 

Aquí estás, viejo clarín, 

¡cuánto extraño tu cantar! 

Ha pasado mucho tiempo 

que me solían despertar 

aquellas dianas vibrantes, 

envueltas en vientos frescos 

de una alborada danzante. 

 

Agradables notas fueron 

de un glorioso despertar; 

¡sólo tú supiste darlas 

por labios de juventudes 

que, sedientas, anhelaban 

una paz universal! 

 

Los recuerdos a mí vienen 

de un gran Templo del Saber: 

¡Gloriosa Escuela Normal!, 

en Salaices bautizada 

y de orgullo nacional. 

 

Aquellos toques de diana 

estremecieron sus muros, 

lo mismo el toque de “rancho”, 

la entrada y salida a clases, 

“levante” por las mañanas 

y, con fajina, un llamado a trabajar. 

 

Arturo García Salcido 

posó sus labios en ti, 

lo mismo hizo Dagoberto, 

El Campe, Valtierra y otros, 

sin olvidar a Miguel, 

que tocó diana en Madera, 

una alborada profunda 

en lo inmenso de la sierra, 

¡un grito de redención 

del chihuahuense irredento! 

 

Y aquí estás, viejo clarín; 

esparce tus gratas notas, 

invita a los normalistas 

a la lucha diaria y tenaz, 

porque aún existen en México 

rezagos educativos 

de campesinos hambrientos, 

esperando que despierten 

y enarbolen las batallas 

los normalistas sedientos. 

 

Amado y noble clarín, 

con la llamada de tropa 

¡Cortinas te hará vibrar! 

Y, en un toque de avanzada, 

libraremos mil batallas, 

una cruzada sin par.

 

 ♠ 

Escrito en Delicias, Chih., una noche de septiembre de 2010.

 

De los recuerdos más bellos que a mi mente llegan como pasajes diáfanos, están presentes aquellos amaneceres en la Normal Rural de Salaices, Chih.

Muy temprano, a las 5:20 horas, la Banda de Guerra, conformada por alumnos que tocaban las cornetas y las cajas, irrumpía por los pasillos de la Normal para apostarse frente a la explanada y llevar a cabo el toque de "levante" que, más que toque, era un cántico al trabajo, a la unidad y al compañerismo fraternal existente entre alumnos, maestros y trabajadores de la noble institución, que desde ese momento se transformaba en una fábrica de maestros decididos, preparados y tenaces para ir a las diversas  comunidades a transformar, ayudar y proyectar el conocimiento a través de las múltiples ocupaciones que desempeñaba el maestro rural.

Esos amaneceres son inolvidables. Una banda tocando muy tónica y rítmicamente. Los alumnos preparándose para asistir al aula. Un olor a campo fresco de la mañana, con un tajo lleno de álamos verdes que recogían el murmullo de las charlas risueñas de los compañeros estudiantes cuando se refugiaban en su sombra, como un pequeño descanso.

Pasillos, corredores y banquetas agitadas por el andar y correr de los muchachos. Un monumento a la Bandera en el frente, en espera de tener en su asta el Lábaro Patrio. Un olor a desayuno, y la espera de aquel toque de meseros... y un tinaco que se convertía en vigilante mudo y fraterno, que guardaba todas las vivencias que observaba; ahora ya no tiene agua, porque está lleno de recuerdos.

Dos canchas listas para recibir a los deportistas en el momento oportuno, donde se forjaron grandes estrellas del baloncesto, y más allá, pasando la carretera, una pista que daría sus frutos al concebir atletas representantes de la escuela a nivel nacional, en los Juegos con las demás Normales Rurales del país.

En esa cavidad celeste, en ese espacio iluminado por la hermandad sólida entre los que ahí vivíamos, reinaba la satisfacción del deber cumplido en el estudio, el trabajo, en el campo, en la convivencia de compañeros-hermanos, y todo ese engranaje exacto se elevaba a un nivel superior y único, pues en la Sociedad de Alumnos "Corazón y Acero" no existía la división en clases sociales, ni los elitismos grotescos. 

Ahí todos éramos iguales.

Salaices no ha muerto, ni los salaicinos somos una especie en extinción.

Salaices sigue de pie, ahora como vivo ejemplo que demuestra cómo funcionaba una escuela que tenía organización en todos los rubros requeridos para producir maestros eficientes en cualquier comunidad donde se les requería.

Quedan, pues, las añoranzas, los recuerdos.

Quiero visitar a mi Normal en un día como hoy, soleado y tranquilo, pues aún siento el calor benefactor de su regazo, como reciben las madres a sus hijos pródigos.

Profr. Mario Almeida Ontiveros

Publicado en El Heraldo de Chihuahua. Sábado 8 de mayo de 2010. 

 

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